Orgullo. En comunidades de la India, hubo celebraciones por el triunfo de Harris: su madre es originaria de ese país, mientras que su padre tiene pasado de Jamaica, una fusión de herencias.AP
Esta es la historia de la segunda a bordo del nuevo gobierno de EU, una vida de luchar a contracorriente con su talento y capacidad

LISA LERER Y SIDNEY EMBER

Harris, hija de madre india y padre jamaicano, es la mujer que ha llegado más alto en el liderazgo del país.

Desde su infancia, a Kamala Harris se le enseñó que el camino hacia la justicia racial era largo.

Durante la campaña, Harris solía hablar de quienes la habían precedido, de sus padres, inmigrantes atraídos por la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, y de los antepasados que habían allanado el camino.

Cuando subió al escenario en Texas días antes de las elecciones, Harris habló de ser singular en su papel, pero no solitaria.

“Sí, hermana, a veces podemos ser las únicas que se parecen a nosotras caminando en esa habitación”, dijo a una audiencia mayoritariamente negra en Forth Worth. “Pero lo que todos sabemos es que nunca caminamos solas en esas habitaciones, estamos todas juntas en esa habitación”.

Con su ascenso a la vicepresidencia, Harris se convertirá en la primera mujer y la primera mujer de color en ocupar ese cargo, un hito para una nación convulsionada, que lidia con una historia dañina de injusticia racial que, una vez más, quedó expuesta en unas elecciones divisivas. Harris, de 56 años, encarna el futuro de un país que se vuelve más racialmente diverso, incluso si la persona elegida por los votantes para liderar el binomio es un hombre blanco de 77 años.

SU HISTORIA PERSONAL

Sin embargo, lo que la distinguió fue su biografía personal: hija de padre jamaicano y madre india, estuvo inmersa en temas de justicia racial desde sus primeros años en Oakland y Berkeley, California, y escribió en sus memorias de los recuerdos de los cantos, gritos y “mares de piernas que se movían” en las protestas. Recordó haber escuchado a Shirley Chisholm, la primera mujer negra en organizar una campaña nacional para la presidencia, hablar en 1971 en un centro cultural negro de Berkely que frecuentaba cuando era niña. “¡Háblame de fuerza!”, escribió.

Después de varios años en Montreal, Harris asistió a la Universidad Howard, una universidad históricamente negra y una de las más prestigiosas del país, y luego trabajó como fiscal en casos de violencia doméstica y explotación infantil. Habla con facilidad y a menudo de la muerte de su madre y de su marido blanco y judío, Douglas Emhoff, que hará historia por derecho propio al convertirse en el primer segundo caballero; y de sus hijastros, que la llaman Momala.

Fue una historia que trató de contar en la campaña electoral durante las primarias demócratas con un éxito desigual. Al iniciar su candidatura con homenajes a Chisholm, Harris atrajo a una multitud en Oakland que sus asesores calcularon en más de 20 mil personas, una tremenda muestra de fuerza que la estableció inmediatamente como una de las principales candidatas en la campaña. Sin embargo, al competir por la nominación contra el campo de candidatos más diverso de la historia, no logró captar una oleada de apoyo y se retiró semanas antes de que se emitieran los votos.

Parte de su desafío, especialmente con el ala progresista del partido a la que buscaba conquistar, fue la dificultad que tenía para conciliar sus anteriores cargos como fiscala general de California con las tendencias actuales de su partido. Luchó por definir su agenda política, vacilando sobre la atención sanitaria e incluso su propio ataque al historial de Biden en materia de raza, quizás el ataque más duro que él enfrentó durante la campaña de las primarias.

“La política tiene que ser relevante”, dijo Harris en una entrevista con The New York Times en julio de 2019. “Ese es mi principio rector: ¿es relevante? No, ‘¿es un bello soneto?’”.

Pero también es esta falta de rigidez ideológica lo que la hace muy adecuada para la vicepresidencia, un papel que exige moderar los puntos de vista personales en deferencia al jefe.

Mientras luchaba por atraer a las mismas mujeres y votantes negros que esperaba que conectaran con su historia personal durante su candidatura en las primarias, continuó haciendo un esfuerzo concertado como compañera de fórmula de Biden para llegar a las personas de color, algunas de las cuales dijeron sentirse representadas en la política nacional por primera vez.

SOPORTAR LOS ATAQUES

Muchos presenciaron —y rechazaron— los persistentes ataques racistas y sexistas de los conservadores. El presidente Donald Trump se ha negado a pronunciar su nombre correctamente y, tras el debate vicepresidencial, la ridiculizó al calificarla como un “monstruo”.

Para algunos de sus partidarios, la virulencia que Harris tuvo que soportar fue otro aspecto de su experiencia que le pareció familiar.

“Sé en lo que me metí como la única afroestadounidense en la mesa”, dijo Clara Faulkner, alcaldesa interina de Forest Hill, Texas, mientras esperaba a que Harris se dirigiera a una multitud socialmente distanciada en Fort Worth. “Es solo ver cómo los caminos del señor son inescrutables”.

Si bien algunos miembros de la clase política dominante manifestaron su indignación por los insultos, los amigos de Harris sabían que su pragmatismo se extendía a su comprensión de cómo el mundo político trata a las mujeres de color.

El senador Cory Booker, colega y amigo de Harris que la conoce desde hace décadas, dijo en una entrevista que parte de su cautela era una forma de autoprotección en un mundo que no siempre ha acogido a una mujer negra que rompe barreras.

Después de esperar días por los resultados, los demócratas se regocijaron por una victoria que ofreció un punto brillante en una elección que generó pérdidas para muchos de sus candidatos, incluyendo varias mujeres de alto perfil.

La derrota de los demócratas en contiendas electorales menores moderó un poco el ambiente de celebración, así como la sensación nostálgica entre algunos activistas y líderes de que esta histórica primera vez aún deja a las mujeres en segundo lugar, más cerca que nunca del Despacho Oval, claro, pero no en él.

¿ASPIRANTE A LA PRESIDENCIA?

El fin de una presidencia que inspiró oleadas de oposición de las mujeres, muchas de ellas comprometidas políticamente por primera vez, ha dejado intacto el “techo de cristal más alto y duro”. Los votantes de las primarias demócratas, incluyendo un número significativo de mujeres, se unieron al apoyo a Biden y evitaron a las mujeres y a la gente de color en la carrera porque creían que Biden sería el más capaz de vencer a Trump. Marcados por la derrota de Hillary Clinton hace cuatro años, muchos creían que el país no estaba preparado para una mujer.

La presencia de Harris en la boleta siempre estará ligada a la promesa explícita de Biden de seleccionar una compañera de fórmula en un reconocimiento de que el futuro del partido probablemente no se parezca a él.

Ahora, Harris se encuentra en la posición más clara de heredera de la Casa Blanca. Quizás más que cualquier otro vicepresidente en la memoria reciente, será examinada cuidadosamente por sus ambiciones, un nivel de atención que quizás sea inevitable para la No. 2 del No. 1 de mayor edad en la historia.

Según Booker, Biden entiende eso. “Realmente nos está llevando a las próximas elecciones”, afirmó.

La representante Pramila Jayapal, demócrata por Washington, una figura en ascenso del ala izquierda del partido, dijo que el progreso de Harris era un profundo motivo de orgullo entre los sudasiáticos, que expandía la imaginación de cuán alto podían llegar en la vida pública estadounidense. Jayapal ha hablado con orgullo de su propia conexión con la nueva vicepresidenta, escribiendo un artículo de opinión en Los Angeles Times en agosto en el que describe su historia familiar entrelazada en el sur de la India.

La pequeña hermandad de mujeres negras en la política federal también ve a Harris como una mentora y una aliada, y alaba su defensa de temas como la mortalidad materna negra y la legislación contra los linchamientos que normalmente no han recibido la atención merecida.

Para otros, ese momento ha tardado mucho en llegar. Opal Lee, de 94 años, pagó un impuesto electoral cuando fue a votar por primera vez, eligiendo entre votar por el candidato demócrata o comprar comida para sus cuatro hijos pequeños. Décadas más tarde, Lee, exmaestra y activista de Fort Worth, Texas, celebró en la toma de posesión del presidente Barack Obama.

A pesar de los riesgos de salud por la pandemia del coronavirus, Lee no tiene intención de perderse la toma de posesión de Biden y Harris en enero.

“Quiero poder contarles a mis tataranietos cómo se sintió ver a una mujer ser vicepresidenta”, dijo. “Solo tengo que ir”. c. 2020 The New York Times Company