ESMIRNA BARRERA
Si encontramos el sentido de la vida, de nuestro oficio, tareas y acciones, jamás nos agotaremos de vivir

Uno de los libros que considero de lectura obligada es “El Hombre en Busca de Sentido”, cuyo autor es Viktor Frankl (1905-1997), famoso médico, neurólogo, psiquiatra, maestro y creador de la logoterapia.

Frankl escribió este libro después de haber sido liberado de un campo de concentración y propone que el ser humano es un ser que busca en definitiva el sentido de la vida y que además está siempre orientado a algo que no es él mismo; y dice que esta trascendencia constituye la esencia de la existencia humana. Su propuesta representa un recordatorio permanente del Holocausto, pero también de la fuerza que las personas tenemos cuando hemos encontrado el sentido de nuestra personal existencia. 

Las ideas de Frankl mantienen una notoria vigencia y pueden aportar mucho a nuestras vidas, orientándolas en sentido afirmativo al desarrollo de acciones solidarias en medio de la crisis de las sociedades regidas por el abrumador y deshumanizado sistema capitalista.

REFLEXIONES

Lo anterior viene a colación, pues he terminado de releer el espléndido libro “La Llamada de la Vida”  (Haddon Klingberg, Océano, 2002) que precisamente narra la vida y obra de Viktor Frankl.

De esta lectura se pueden extraer innumerables reflexiones, pero hoy quiero que analicemos un punto que considero fundamental en estos tiempos en donde las personas tendemos a buscar lo fácil, a evitar todo tipo de dolor y a considerar el sufrimiento como algo maligno que incide negativamente en nuestra felicidad.

En un capítulo de este libro el autor describe a Viktor como un escalador consumado, como un alpinista que a veces se cansaba escalado, pero jamás se cansaba de escalar.

Para Frankl este deporte representaba una competencia de vida o muerte con la naturaleza, que requería una concentración intensa a fin de penetrar de lleno en otro mundo, en un mundo diferente. Y así como trepaba las empinadas paredes de las montañas vienesas de igual manera vivía su propia existencia, de ahí su extraordinario legado.

EL ESCALADOR

*Esta desconocida faceta de Frankl me llamó poderosamente la atención, y se me ocurrió pensar en una analogía entre ser un escalador, el significado del sentido y la existencia. Un escalador busca los desafíos porque ha encontrado el sentido de escalar, así vivir la vida es como encumbrar una empinada pared montañosa, asumiendo el reto de ganar, palmo a palmo, escasos centímetros de cuerda para conquistar un nuevo desafío: otros pocos centímetros de roca, otros exiguos segundos de tiempo, pero vale la pena el esfuerzo porque en sí mismo se encuentra la recompensa. Hay gratificación en el emprendimiento pues contiene significados y razones profundas que lo hacen implícitamente valer.

El escalador sabe que al ascender hay dolor, tensión, sufrimiento y sangre, pero también un estado de ánimo fortalecido por cada longitud de cuerda ganada; también la incomparable sensación de felicidad de sentirse en la cumbre aún sin haber arribado a ella; también el saberse poseedor de un espíritu ilimitado, indomable, y de una responsabilidad libremente asumida. El alpinista se adjudica valientemente el esfuerzo y el dolor y luego su logro lo trasciende.

Es interesante apuntar que el escalador no escoge la senda que ofrece menor resistencia, sino la ruta más difícil, la que sabe que puede negociar con la montaña, y paulatinamente incrementa los grados de dificultad en cada ascenso para llevar más lejos los límites de sus posibilidades humanas. Siempre hay un horizonte puesto en su mirada, mismo que se aleja conforme se acerca a esa línea imaginaria. Continuar es lo que hace que su escalada cobre sabor y entusiasmo, es como ir en pos de un arcoíris. El sufrimiento lo soporta porque para él tiene sentido escalar.

LO MÁS FÁCIL

Sin embargo, siendo honestos, muchas veces buscamos el camino más fácil, el camino sin obstáculos ni retos, creyendo que esto nos traerá mayor felicidad… por ejemplo, en el ámbito universitario, las rutas que muchos jóvenes (por fortuna también abundan las excepciones) pretenden escalar no son, necesariamente, las que ofrecen los mayores desafíos, las que templan el espíritu, sino más bien al contrario: desean menos exámenes, mínimas lecturas y entre menos material de estudio, mejor. Muchos de ellos quieren más tiempo libre y menos clases; más placer evitando el “sufrimiento”; más bienestar, pero menos trabajo; más libertad, pero sin responsabilidad. Quieren horizontes que se puedan arribar con mucha facilidad. Desean precisamente lo contrario de lo que busca deliberadamente el alpinista.

Y si así lo desean es porque los hemos endiosado con la cultura del “no sufrimiento”, con la adoración a la personalidad y la imagen, con la búsqueda del éxito social y económico. Nos han comprado la idea que vivir es exclusivamente contar con la salud óptima, “el cuerpo ideal”. Los hemos narcotizado al darles fórmulas y pasos que conducen a la “felicidad total”, hemos olvidado decirles que, al no contar con un objetivo vital, personal, trascendente, eterno, tarde que temprano esa búsqueda basada en el individualismo conduce a las personas a un fatal precipicio: pérdida del sentido comunitario, depresiones y obsesiones, crisis matrimoniales y familiares, aburrimiento, promiscuidad, soledad, avaricia, adiciones, el suicidio e innumerables formas de violencia.

Claro, siempre respeto muchísimo a las personas que logran grandes hazañas sin ningún tipo de esfuerzo, lo único que espero es encontrarlas.

LA SALSA DE LA VIDA

Sin embargo, concuerdo con Frankl en que los seres humanos no buscamos fundamentalmente satisfacer todas las necesidades para evitar la tensión (estrés) y alcanzar el placer, y en que es el sufrimiento una parte normal de la experiencia humana al que se le puede dar sentido. Estoy de acuerdo que la tensión y el dolor no sólo son saludables, sino representan la salsa de la vida.

Viktor hace saber al mundo que la búsqueda permanente del placer ha contagiado a millones de jóvenes con una enfermedad que denomina “la vacuidad de la vida”. Así, biológicamente laxos, hemos inventado deportes, diversiones y programas de televisión para compensar tal carencia. Según Frankl el vacío existencial surge, paradójicamente, cuando la vida de las personas parece estar en su mejor momento, cuando apenas hay tensión o sufrimiento y el placer abunda por doquier.

Frankl apremia a desarrollar nuestra voluntad personal de sentido para no caer en el despeñadero del culto a la personalidad y a lo que muchos libros de autoayuda proclaman, mediante fórmulas mágicas, para alcanzar placer, fama, poder, gloria, dinero y salud.

Nos insta a ser libres y responsables de nuestra existencia, nos desafía a que triunfe el espíritu en el amor, en el servicio e incluso en el sufrimiento. Nos reta a asumir el peso y los riesgos de la vida con valentía, resolución y propósito, sin engaños.

EL SENTIDO

Si encontramos el sentido de la vida, de nuestro oficio, tareas y acciones, si descubrimos algo o a “alguien” por lo cual merezca la pena vivir, entonces, con toda seguridad, jamás nos agotaremos de vivir, en ningún momento nos aburriremos, nunca dejaremos de escalar hacia nuevos horizontes.

Encontrar el sentido convierte a la persona en un alpinista que trasciende a su dolor, al haber comprendido que ha encontrado en qué poner sus personales anhelos y devociones y que, si bien no puede librarse de su genética o del medio ambiente, siempre será libre para jugar las cartas que la providencia le ha repartido, justamente porque es independiente de escoger su ruta de ascenso.

Sencillamente porque ha tomado la decisión de hacer de su llamada de vida una vocación permanente que le permita ser una persona con voluntad y determinación inquebrantable que se autorrealiza todos los días al cumplir con su sentido de existencia.

Y sobre todo porque ha descubierto que es un ser humano que tiene la opción de construir su propia realidad.