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Toby Veck escuchó el tañido de las campanas. Se acercó a la iglesia de prisa, con el curioso andar que le distinguía. Los años le pesaron en el frío que no perdonaba a nadie. Tenía hambre porque era tan pobre que comía poco. Su hija Meg lo alcanzó con un platillo delicioso escondido en su vieja canasta. Quería hablarle a su padre sobre sus planes de boda, cuando llegó su prometido Richard. En eso aparecen otros personajes, señoriales y opulentos, y les recuerdan a nuestros protagonistas que no valen nada: “¿Quién habría de interesarse en un hombre como éste? ¡Menuda estampa!”. Y como siempre me sucede con Charles Dickens, cerré de golpe el libro.

Se trata de la novela (o cuento largo) Las campanas, uno de los títulos que conforman la famosa colección de historias navideñas del narrador británico. La más popular es la del viejo avaro Ebenezer Scrooge y los fantasmas del pasado, presente y futuro. Esta historia, exitosa desde el primer momento, se ha llevado al cine y al teatro innumerables veces y nos hace pensar que aquella citada frase de G. K. Chesterton es cierta: “Dickens es el inventor de la Navidad tal como la conocemos hoy”. Pero también nos contesta la pregunta que el autor pone en boca del señor Filer: “¿Quién habría de interesarse en un hombre como éste?”. Pues Dickens, naturalmente. En sus relatos decembrinos (y en sus obras más célebres) aparecen los pedigüeños, los niños huérfanos, las cocineras, las costureras, los recaderos (como Toby), las jóvenes que se prostituyen por pobreza. La otra cara de la sociedad británica, el lado oscuro del progreso y de la Revolución Industrial.

Algo tiene la prosa de Charles Dickens que sencillamente me altera. Mi primer intento por leerlo fue con Oliver Twist. Apenas llevaba unas páginas y me encontré con un niño que tenía que dormir en los ataúdes de un fabricante y sentí los ojos llorosos. Me detuve. Entendí que habría de leer con calma, a cuentagotas, y cerrar la novela cada que fuera necesario. Lo mismo con Grandes Esperanzas y, por supuesto, con sus cuentos, en especial el que comenté hace unos párrafos; cosa extraña tratándose de un escritor bestseller, tan preocupado por sus lectores. 

Para ser una “historia de duendes”, como se anuncia en la compilación, Las campanas es una pieza densa en la que Dickens se pronuncia con claridad y firmeza sobre la desigualdad. Donde un burgués altanero ve a un hombre holgazán y mal vestido (que “da mala imagen”), nuestro escritor ve a una persona que padece las consecuencias sociales de la explotación, la oligarquía y el privilegio (como también Scrooge representa ese ideal macabro de la acumulación de la riqueza, arquetipo que trabajó con otros personajes como el del señor Tackleton en El grillo). En Las campanas nuevamente se utiliza un elemento fantástico para lograr la reflexión (como en Cuento de Navidad y El Hechizado), en este caso se trata de una especie de duendes o seres mágicos que acusan a Toby de tener pensamientos rencorosos ante la adversidad.

Estos cuentos navideños se publicaron en la década de los cuarenta del siglo XIX. Ahora que cierra el 2020 se cumplen 150 años de la muerte de Charles Dickens. Si bien, algunos lo acusaron de moralizar en sus libros, otros lo elogiaron por poner en primera fila a los que nadie quería ver. Dickens mismo vivió de pequeño los estragos de la miseria. Su padre fue encarcelado y antes se usaba que toda la familia se iba a vivir a la prisión. Siendo un niño trabajó larguísimas jornadas, así que las experiencias lo marcaron para siempre. 

Durante la época victoriana comenzaron a consolidarse los rituales modernos de las fiestas decembrinas y Dickens los retrató en sus novelas: La esperanza, la humildad y la renovación como principales propósitos navideños. Cada fin de año intentamos mejorar un poco, perseguir la empatía y la hermandad, sin saber que todo eso salió de un grupo de historias que una vez, hace muchos años, un hombre imaginó.