Fotos: Internet.

Conocí a Clara Wieck en una enciclopedia publicada por la editorial Océano. Mi mamá, hace ya un par de décadas, me compró tres tomos: El mundo del cine, El mundo del arte y El mundo de la música. En este último encontré un retrato oval de la joven a los 15 años. Posa tranquila junto a su piano. El pie de foto explica que fue una de las mayores “virtuosas pianistas de su tiempo”. En la otra página aparece una pintura donde tres muchachas miran de frente. El texto dice: “dentro de los cánones sociales de la burguesía, la práctica del piano se consideraba como una de las disciplinas que toda joven de buena familia debía dominar”. Paso por los capítulos del libro: Bach, Haendel, Vivaldi, Mozart, Beethoven, Haydn, Schubert, Chopin, Liszt, Berlioz, Rossini, Donizetti, Bellini. No, no hay chicas en la lista.

Clara ni ninguna otra virtuosa tienen un apartado propio. Ella está en el de Robert Schumann, su marido. Nos cuentan que “fue un fiel sostén para el carácter desequilibrado” de él. Cuando el músico se lesionó la mano, Clara interpretó la obra de Schumann en las presentaciones. Aunque también compuso conciertos y piezas para piano, no es común que formen parte de los repertorios. Tampoco aparece su trabajo en el disco del libro (donde puedes escuchar la música de los “más destacados de la historia”). Lo mismo pasa con Fanny Hensel, a la que se le dedica una sola línea en la biografía de su hermano Félix Mendelssohn. Ambos fueron niños sobresalientes y Félix siempre valoró las actitudes de Fanny, quien incluso le corrigió obras. Lamentablemente, al casarse (como era mujer) tuvo que dedicarse a sus ocupaciones domésticas. 

Algunas investigadoras, como Anna Beer, han trabajado en una exhaustiva labor de rescate. En su libro “Armonías y suaves cantos. Las mujeres olvidadas de la música clásica”, presenta las vidas de ocho artistas. Desde los epígrafes, regala anécdotas tremendas. Maddalena Casulana fue, hasta donde sabemos, la primera mujer que publicó su propia música en 1568 alegando que “tales dones pueden ser igualmente comunes entre las mujeres”. Luego presenta el comentario de un hombre que escuchó el canto de las monjas en 1594. Sorprendido, afirma que se trata de “ángeles”, de seres fuera de este mundo, un acontecimiento sobrenatural. Porque, claro, no es posible que las mujeres, con su humanidad y defectos, logren semejante audacia artística. Más adelante, en 1850, vemos a Fanny Hensel criticada por la publicación de su obra. “Tienen la certeza de que, al tratarse de una mujer, la música carece de «una idea individual y poderosa», de «interioridad», del «vigoroso sentimiento que nace de una convicción profunda»”, destaca Beer.

La autora, antes de presentar las biografías, relata los avatares de quienes se han animado a estudiar a las compositoras. También muestra la lucha de ellas para vencer los prejuicios, el silencio, la marginación. Lo mismo pasa en las otras disciplinas artísticas; aunque la visibilidad es mayor en algunas, falta camino por hacer. Que la música de Barbara Strozzi, Lili Boulanger, Francesca Caccini y todas las que faltan, resuene en alto. No sólo como “una curiosidad” en los conciertos, sino como la presencia de las mujeres en la historia de la cultura.