A penas ayer se comentó en este espacio que el hecho de que se encuentre próxima la posibilidad de una vacuna contra el coronavirus SARS-CoV-2 no debe llevarnos a relajar las medidas de prevención ni a considerar que ya no importa lo que hagamos porque “estamos a salvo”. Ayer mismo, el Gobierno de Nuevo León estableció medidas que dejan clara la gravedad de la situación.

“Ya no queremos más muertos, ya no podemos con tanto dolor y sufrimiento de nuestros pacientes y sus familias… así que ahora tenemos que tomar acciones contundentes, no tenemos otra opción, no hay que bajar la guardia, hay que tomar acciones estrictas, duras, que duelen, pero es necesario para salvar muchas vidas”, afirmó el secretario de Salud de la vecina entidad, Manuel de la O.

Al señalar esto dio a conocer la decisión de la administración estatal de ordenar la suspensión total de actividades, durante los fines de semana, de prácticamente todos los establecimientos comerciales, así como de plazas y parques públicos, clubes deportivos, museos, teatros, casinos, cines, circos, exposiciones, congresos, salones de eventos y ligas deportivas, entre otros.

Adicionalmente se anunció el establecimiento de la “ley seca” durante los tres siguientes fines de semana y a los restaurantes solamente se les permitirá vender comida para llevar. ¿La razón? los índices de nuevos contagios, pruebas positivas, promedio de defunciones, así como ocupación de camas y camas de terapia intensiva se encuentran en “riesgo máximo”.

Un comparativo realizado por VANGUARDIA muestra que dos de esos indicadores -contagios y decesos- se encuentran en circunstancias similares en Coahuila pues, de acuerdo con las cifras del último mes, en nuestro territorio los contagios crecieron alrededor de 24 por ciento, mientras que el número de víctimas fatales creció más de 40 por ciento.

Más allá de las decisiones que aquí se tomen en las próximas horas, particularmente luego de que hoy se conozca la situación del semáforo epidemiológico a nivel nacional, es preciso insistir en que la estadística demuestra con toda claridad que no deben relajarse las medidas de prevención.

Las múltiples historias que hemos conocido en estos meses nos hablan de cómo el desarrollo de síntomas graves, a partir del contagio, puede ser un proceso vertiginoso cuyas consecuencias sean fatales, particularmente para quienes integran los grupos de mayor riesgo.

Sin desestimar lo positivo que es encontrarnos cerca de la disponibilidad de una vacuna, lo cierto es que resulta altamente probable que pasen semanas, incluso meses, antes de que a muchos de nosotros puedan aplicársenos las dosis necesarias para obtener inmunidad. Eso, sin contar con que la eficacia real de las vacunas, es decir, si producen inmunidad permanente o solamente temporal, la conoceremos acaso en el curso de los próximos años.

Por todo ello, lo más sensato y responsable es no dejar que el entusiasmo se desborde y eso nos lleve a relajar o, peor aún, a abandonar los protocolos que hemos mantenido hasta ahora, pues eso es, por lo pronto, lo único que garantiza nuestra salud y seguridad personales.