Mercedes Murguía ofreció un recorrido por su exposición. / Foto: Héctor García/VANGUARDIA.
La artista inauguró esta exposición individual en la galería del Pabellón 2 de la institución, donde presenta una serie de bodegones compuestos por imágenes de valor doméstico, estético y personal

El bodegón puede llegar a ser un género pictórico frío e impersonal. La necesidad de darle prioridad a la composición lo convirtió en un ejercicio formativo de cabecera para los nuevos artistas desde hace un par de siglos y por lo mismo suele verse reducido a la mera ejecución formal.

Si a esto le sumamos la competencia con el arte contemporáneo y los experimentos que con él se han dado, producto de estas mismas corrientes de creación, son pocas las ocasiones que en la actualidad tenemos de ver piezas del género hechas por autores vivos y cuya propuesta, dentro de los márgenes tradicionales, resulte significativa.

Mercedes Murguía es una de las mujeres artistas coahuilenses de mayor trayectoria en el estado. Ha explorado desde la pintura de caballete hasta el mural, como cuando realizó junto a Elena Huerta la obra que se aprecia en los muros de Centro Cultural Vito Alessio Robles y ahora, en su más reciente exposición, otorga de nuevo calidez al bodegón.

“Lo añejo y lo cotidiano” es una muestra pictórica donde 9 bodegones de gran formato son los protagonistas y se inauguró el pasado viernes 15 de enero en la galería del Pabellón 2 del Museo del Desierto —con breve asistencia atendiendo las medidas sanitarias—, en colaboración con la Coordinación de Difusión y Patrimonio Cultural de la UAdeC, con una curaduría realizada por Antonio Herrera.

Las piezas comparten una estructura similar: cada una representa un anaquel de madera de tres niveles en el que se amontonan distintos objetos, composiciones que la maestra organizó de manera que en cada cuadro existiera una relación temática entre las distintas cosas retratadas.

Durante el evento la autora mencionó que eligió esta disposición porque, a diferencia del bodegón tradicional —con los objetos ubicados desde el centro y gran espacio vacío alrededor— ella quiso plasmar esa sensación de acumulación que hemos visto y vivido en muchos hogares mexicanos, donde el valor sentimental evita el desecho y con los años la colección se vuelve más grande.

“Cada cosa, cada objeto, ha estado en mi familia”, mencionó sobre las piezas que plasmó en sus cuadros, “muchas cosas las he pedido prestadas a mi familia, otras la he heredado […] Son cosas que tenemos pero no les damos la importancia. Muchas personas a veces lo tiran, pero en cambio, pintado, te dice otra cosa, es un lenguaje precioso”.

Sobre la estructura de tres niveles comentó que “me gusta mucho porque puedes poner muchísima cantidad de objetos. He hecho muchos bodegones, que tienen el acomodo perfecto de composición; pues sí, pero no te dicen lo que yo quería decir, yo quería decir más”.

“Vas a las cocinas de las abuelas, encuentras alacenas viejas o tablitas o lo que sea donde tienen sus recuerdos y el jarrito de no sé qué y cafetera de no sé qué. Aquí está todo así”, agregó.

Recuerdos, figuras religiosas, cazuelas y utensilios, alimentos, instrumentos musicales y otros objetos de distintas épocas y contextos reunidos en una exposición que estará en el Museo del Desierto durante todo enero y febrero.