Un amigo alemán me dijo hace poco que los mexicanos nacemos mentirosos. Ante tal comentario pude tomar una actitud reacia; sin embargo, decidí ampliar mi criterio, ser objetiva y escuchar lo que me contaba. Mi amigo agregó:

- Mira, cuando invito a un mexicano a una carne asada pueden pasar dos cosas: la primera es que me dice que sí inmediatamente, y a la mera hora me quedo con la carne y toda la cena preparada; simplemente no llega. Y la segunda es que llega, pero horas después de lo acordado. ¿Por qué mienten cuando no hay necesidad?; ¿Por qué no pueden decirme simplemente que no van a ir y punto o que van a llegar 3 horas después?.

A todo esto solo pude contestar: “Wolfgang no todos los mexicanos somos así; si yo te digo que voy, voy, y llego a la hora acordada; pero si se trata de ir a casa de una amiga y acepto ir, voy pero no llego a la hora acordada; simplemente porque sé que mi amiga no estará en su casa . Creo que es algo cultural y fruto de la experiencia..umm, tal vez algo que se hereda como una leyenda en el tiempo.

El ejemplo anterior me trae a la mente esta pregunta: ¿por qué los mexicanos mentimos en cosas tan banales y cotidianas?. ¿Será que desde nuestra infancia nuestros padres nos inyectaron esa forma de actuar? ¿ Pinocho o Pedrito el del lobo nos enseñaron a mentir?; Si recuerdo bien, en mi infancia mi madre me enseñó que cuando una amiguita de la escuela me invitara a comer a su casa, debía terminar todo lo que había en el plato, incluso si la comida no me gustara. Recuerdo perfectamente que cuando estaba en primaria no me gustaba nada que proviniera del mar, ya que en mi cabeza no existían términos como crustáceos y moluscos.

Alguna vez la mamá de mi amiguita me sirvió un plato abundante de sopa de mariscos y pescado que, sin haberla probado, para mí era ya repugnante. Su solo olor y aspecto la hacían incomible. Me sentía en una encrucijada. No sabía si simplemente decir “no me gusta” y esperar la reacción de la señora u ocultar la comida. Como es de esperarse, y si eres mexicano muy probablemente te has topado con esta situación no solo en tu niñez sino en la edad adulta con la suegra, has de saber que opté por la segunda opción. Simplemente pedí servilletas suficientes para esconder poco a poco pedazos de los ingredientes de la sopa y dije: “muchas gracias, estuvo muy rica”. En fin, nada errada la estrofa de Arjona “Una mentira que te haga feliz vale más que una verdad que te amargue la vida”.

La verdad es que los humanos mentimos en muchas cosas , para excusarnos, para conseguir lo que queremos, para no perder ciertos derechos, para dar una mejor imagen , para no ofender o hacer sufrir a otras personas con la verdad, para postergar decisiones, por temor al rechazo o al castigo y, en mi caso, simplemente porque quise quedar bien y no supe decir que no a una sopa de mariscos.

El problema con este tipo de mentiras cotidianas y pequeñas, a mi parecer, es que con el tiempo es probable que nos lleven a decir mentiras más grandes, que se erosione la confianza que es la base de las relaciones humanas y, peor aún, que nos adaptemos a la deshonestidad, algo que te impide ver lo malo porque simplemente ya es parte de tu vida y te inmoviliza. 

Hoy, a mis 33 años, sé que vivimos en una realidad basada en la mentira y no solo los mexicanos la utilizamos como forma de vida: muchos de los políticos que predican la honestidad, son corruptos, hablan de transparencia y utilizan la opacidad, y dicen mentiras o verdades a medias; los medios de comunicación dan distintas versiones de los hechos; nuestros amigos, las farmacéuticas, las etiquetas de la comida, las redes sociales, las fotografías, el Facebook, todos nos mienten.

Estamos tan acostumbrados a no decir la verdad que lo único que hemos logrado es un país donde los ciudadanos se han adaptado de tal manera a la deshonestidad, que estamos impedidos de avanzar como sociedad. Empecemos hoy a predicar con el ejemplo y a decirnos la verdad por cruda que sea, y que esa verdad se vuelva parte de nuestros valores para crear un mejor país y exigir así a nuestros gobernantes un país verdadero.

 

María José Muriel Bazaldúa