Christoph Lichtenberg fue un físico alemán que vivió en la segunda mitad de los años 1700. Pese a ser un estudioso de las ciencias, parecía tener un agudo sentido del humor, por lo que también fue conocido por sus sátiras y burlas, así como por una colección de frases y observaciones simples sobre diversos temas cotidianos que lo convirtieron, después de su muerte, en un famoso autor de aforismos.

Un aforismo es una expresión corta, coherente y concisa que surge de la experiencia del autor para describir un problema, asunto o pensamiento sobre temas diversos. Generalmente esa frase corta refleja una verdad que es difícil de cuestionar. Algunos de los aforismos más famosos incluyen frases como: “El tiempo perdido nunca se vuelve a encontrar” (Benjamín Franklin); o “Mientras los necios deciden, los inteligentes deliberan” (Plutarco). Se podría decir que los autores de aforismos del pasado, pudieran ser estrellas en Twitter del 2020 y Lichtenberg pudiera tener millones de seguidores en su cuenta. Entre sus más famosos aforismos se encuentran: “No puedo decir si las cosas mejorarán si cambiamos; pero lo que puedo decir es que debemos cambiar si queremos que las cosas mejoren”; “No hay nada mejor para lograr paz mental que no tener opinión alguna”; “No juzgues a un hombre por sus opiniones, sino por lo que sus opiniones hicieron de él”. Sin embargo, tiempos como estos de la 4T, en los que a unos sobornos se les llama corrupción y a otros se les quiere hacer ver como financiamiento de la transformación, me hacen pensar que si Lichtenberg viviera y estuviera enterado de lo que pasa en México (hoy y desde hace varias décadas) se cansaría de publicar en su cuenta de Twitter su famosa frase “Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”. Antes de Lichtenberg, unos 100 años antes, el cardenal jesuita francés, Jean-Francois-Paul de Gondi, había dicho que “una nación no siente el extremo de la miseria hasta que sus gobernantes han perdido toda vergüenza, porque es en ese momento en que los súbditos se despojan de todo respeto”.

Estos dos personajes que vivieron cientos de años atrás nos deben hacer recordar que muchos gobiernos, reinos, dictaduras, feudos y democracias han caído a manos de ciudadanos, vasallos, súbditos y votantes cuando los gobernantes pierden contacto con la realidad y se olvidan de a quién se deben. Es especialmente claro en el caso de una democracia como la mexicana en donde personajes del calibre del presidente López Obrador deberían estar atentos al destino que sufrieron gobernantes del pasado cuando decidieron despojarse de la poca vergüenza que les quedaba. No importa de qué tamaño sea el sueño de transformación que estén buscando vender, harían bien en recordar otra frase célebre atribuida a Napoleón Bonaparte: “Nada va bien en un sistema político en el que las palabras contradicen los hechos”. De nada sirve que AMLO suba al podio todos los días a hablar de transformación, de congruencia, de legalidad o de lucha contra la corrupción, si en el momento en que su boca calla, sus acciones nos gritan.

Confiar en que los de antes son peores que ellos, no le será suficiente. Al mismo tiempo, esos opositores que, con sus errores y omisiones le pusieron la mesa a AMLO, no deben pensar que el yo-yo político les regresará por simple inercia. Los ciudadanos estamos cansados y es en crisis como la actual que los moldes políticos tradicionales se quiebran. Deben recordar las palabras de Lincoln: “Se puede engañar a parte del pueblo parte del tiempo, pero no se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo”. No nos será suficiente que se peleen por semanas acerca de cuál es el límite, en millones de pesos, mal habidos donde se pinta la línea de la corrupción. Es tiempo que gobierno y oposición (si es que existe) se den cuenta de que hoy, más que nunca, el pueblo está verdaderamente cansado de tanta pinche transa que sabemos no es exclusiva de un bando y que “los políticos corruptos hacen que el otro diez por ciento se vea mal” (Henry Kissinger).