La discreta brecha entre la pericia al conducir y las condiciones de manejo. Parte I.
Una frase recurrente entre quienes vienen de otras ciudades a residir a Saltillo -sobre todo en temporada de lluvias- es “los de aquí no saben manejar”, misma con la que culminan acuciosos análisis críticos sobre los accidentes provocados por pavimento mojado.
Esto se replica en varias ciudades del norte de nuestro país, con condiciones similares a la nuestra, donde también se expresan comentarios de quienes cambian su residencia a alguna de ellas. Hay, por supuesto, mucho más de fondo que un simple tema de impericia.
El referido fenómeno es, más bien, la manifestación perceptible de los no tan perceptibles factores que impactan en la forma en que construimos y gestionamos las ciudades. Si bien hay distintos aspectos que lo detonan, hay otros que no siempre resultan tan claros.
A continuación abordaremos algunos de ellos. Tal vez conviene empezar por el que incide directamente en la desaceleración del vehículo. La rapidez con la que se disminuye la velocidad es determinante para la posibilidad de evitar un accidente automovilístico.
Esto depende de un buen sistema de frenado, llantas en buen estado, con una banda de rodadura (o dibujo, como se le conoce más comúnmente) bien definida, además de una superficie de rodamiento que aporte un grado de adherencia que permita frenar.
Las condiciones de la superficie de rodamiento, es decir, la cubierta asfáltica que reviste las vialidades, no son las mismas en todas las ciudades; van variando a partir de aspectos como los materiales con que está hecha, su mantenimiento y las condiciones climáticas.
Suponiendo que se siguen puntualmente las normas mínimas de calidad de materiales, así como las que corresponden a su adecuado mantenimiento, el clima es un factor que no tenemos manera de controlar y que incide directamente en tales condiciones.
En este sentido, es necesario tener en cuenta que las lluvias en áreas semidesérticas son escasas, irregulares y muchas veces torrenciales. Si esto se suma al arrastre de arena y demás material particulado por el viento, el pavimento enfrenta una situación particular.
En seco, la superficie asfáltica es virtualmente pulida por la fricción de la arena depositada en ella y el paso de las llantas, resultando en un efecto abrasivo. Además, las pequeñas fugas de aceite de los vehículos dejan una capa de grasa que se acumula con el tiempo.
Sin lluvias frecuentes, las calles no se “lavan”, pero cuando llueve, la superficie de rodamiento -“pulida” y con grasa- se vuelve aún más resbaladiza, reduciendo la eficacia del frenado, aumentando la distancia que requiere un auto para detenerse por completo.
Evidentemente, en estas condiciones, la posibilidad de accidentes aumenta de forma considerable. La Dirección General de Tráfico de España estima que se requieren 10 metros, para frenar por completo, en condiciones normales, a una velocidad de 50 km/h.
A 90 km/h se requieren 32 metros; a 120 km/h se requieren 57 metros. Evidentemente, estas distancias refieren la ausencia de obstáculos frente al vehículo. Se debe considerar también la distancia correspondiente al tiempo de reacción de quien conduce al frenar.
Es decir, el tiempo entre que advierte algo en el camino y el momento en que logra accionar el freno. Si sumamos este tiempo, a 50 km/h la distancia aumenta a 24 metros, a 90 km/h la distancia aumenta a 57 metros y a 120 km/h suman en total hasta 90 metros.
Con lluvia y pavimento resbaloso, estas distancias pueden aumentar al doble, reduciendo sensiblemente la posibilidad de que quien maneja un automóvil logre evitar impactarse con otro vehículo u objeto o, peor aún, atropellar a alguien que se encuentre en el camino.
El tema guarda una complejidad considerable; por lo que continuaremos abordando algunos de los factores restantes en una siguiente oportunidad en este espacio.
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