Caminando bajo la lluvia. Planeación que salpica

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Opinión
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Los accidentes peatonales por lluvia son lamentablemente comunes en ciudades como la nuestra y, por lo general, pasan inadvertidos cuando las consecuencias no son graves

El artículo 6 de la Ley General de Movilidad y Seguridad Vial establece que, en materia de movilidad, la prioridad en el uso y disposición de las vías se determina en una escala donde el lugar principal lo ocupan las y los peatones. Bueno, eso es lo que dice la ley.

Pero habría que analizar cómo se traduce esa disposición a una realidad verificable, sobre todo para quienes tienen en los desplazamientos peatonales su principal forma de moverse por la ciudad que habitan, para todo lo que la movilidad resulta necesaria.

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Adicionalmente, caminar es una actividad que enfrenta una infinidad de variables, las cuales generalmente pasan inadvertidas por quienes se mueven por la ciudad en un automóvil particular, pero son notoriamente sensibles para las personas que se desplazan a pie.

Una de estas muy sensibles variables se experimenta al caminar bajo la lluvia. Si bien el concepto raya en lo romántico, pierde toda nota poética cuando sucede en una ciudad que no considera con empatía la experiencia de quien se ve en la necesidad de hacerlo.

Cuando el agua se acumula en desniveles de la carpeta asfáltica próximos a la banqueta, ya sea por mal diseño, por baches o por alcantarillas tapadas, aparecen encharcamientos de distintos tamaños y profundidades, incluso sobre la superficie de la propia banqueta.

Esto provoca distintas formas de riesgo para quien camina. Por ejemplo, el agua de lluvia, que se enturbia con la tierra que arrastra o por mezclarse con aguas negras provenientes de drenajes sanitarios desbordados, hace invisible lo que llega a cubrir al acumularse.

Quien llega a dar un paso en un charco podría enfrentarse a un pequeño desnivel o a una alcantarilla destapada, con consecuencias muy distintas para cada caso. Una rejilla muy abierta puede ser una peligrosa trampa al volverse invisible en una calle encharcada.

Los accidentes peatonales por lluvia son lamentablemente comunes en ciudades como la nuestra y, por lo general, pasan inadvertidos cuando las consecuencias no son graves o cuando, siéndolo, son atendidos por la propia persona accidentada o alguien presente.

Sin embargo, las consecuencias pueden llegar a ser considerables. Una torcedura, un esguince, una luxación o una fractura representan, para quien se desplaza a pie, la pérdida temporal de la posibilidad de moverse y la necesidad de hacerlo de otra forma.

Si consideramos que muchas de las personas más vulnerables económicamente en nuestras ciudades se desplazan a pie, la necesidad de encontrar una alternativa al tránsito peatonal supone un costo adicional muchas veces inaccesible.

Y si a ello se suma que la opción más asequible sería el transporte público, la articulación deficiente entre rutas, la baja frecuencia de paso y la lejanía respecto a los puntos de parada derivarían en llegar incluso a imposibilitar la movilidad urbana de estas personas.

El impacto de lo que se describe no queda sólo en quien se ve impedido de desplazarse por la ciudad, sino que se puede extender a un gran número de personas, dependiendo de lo que motive su necesidad de transitar.

Si se trata de movilidad de cuidados, que es la que corresponde a una persona que se encarga de apoyar a otras más, generalmente sus familiares, el número de afectados es relevante, ya que quien los proveía ahora los requerirá también.

Tratándose de movilidad productiva, ya sea porque una persona se desplaza caminando a su trabajo o porque depende de caminar para su actividad económica, como en el caso de las y los vendedores ambulantes, sus dependientes económicos resentirán el impacto.

Existe otra forma de afectación a las personas peatonas que se traduce en algo menos drástico que una lesión, pero no por ello menos grave, y tiene que ver directamente con la falta de empatía entre quienes se desplazan por la ciudad en coche y a pie.

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Esta se da cuando quien conduce un vehículo, de manera imprudente, pasa cerca de la banqueta sobre un charco sin reducir la velocidad, bañando a quien la va recorriendo a pie. El tema tiene mucho más de fondo de lo que se advierte a simple vista.

La situación refleja una jerarquía artificial y arbitraria, profundamente arraigada en nuestra sociedad, por la que la comodidad del automóvil se entiende por encima de la dignidad de quien camina.

Reconocer mutuamente desde la empatía a todas las personas en su derecho a transitar con seguridad y comodidad por el espacio público abre el camino hacia un futuro posible.

jruizf@henka.com.mx

Abogado por la U.A. de C., especializándose en Derecho Ambiental y Gestión Urbanística. Cuenta con Maestría en Gestión Ambiental por la U.A.N.E. Cursa actualmente estudios de Doctorado con enfoque en Derecho a la Ciudad. Ha colaborado en los Institutos Municipales de Planeación de Torreón y de Saltillo, así como en la Delegación Coahuila de SEMARNAT. Ha representado a México en diversos foros internacionales, entre ellos el SWYL Program y la Tokyo Conference, organizados por el Gobierno de Japón. Se desempeñó como Director Operativo de COPERES y Presidente de la Representación Coahuila de la Asociación Mexicana de Urbanistas. Es catedrático a nivel Licenciatura y Posgrado en instituciones como la Universidad Autónoma de Coahuila y la Universidad Iberoamericana.

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