El Charro Negro de General Cepeda: historias de terror y leyendas de Coahuila
¿Qué vio aquella mujer para que un jinete común dejara de parecer humano antes de desaparecer?
En General Cepeda, una mujer regresaba del trabajo por la calle Moctezuma, entre Hidalgo y Francisco I. Madero. Eran cerca de las diez. A los lados del camino quedaban huertas y unas cuantas casas habitadas. Vio acercarse un caballo y siguió andando, atenta a las piedras. Todavía era común encontrarse con jinetes a esas horas.
Los cascos se oían cada vez más cerca. Ella se apartó para dejarlo pasar. Alzó la vista con el saludo preparado y encontró unas patas demasiado largas. Siguió mirando hacia arriba. El vientre del animal le quedaba a la altura de la cabeza.
Se detuvo.
Tuvo que levantar la barbilla hasta sentir tirante el cuello para alcanzar a ver al jinete. Llevaba traje negro con botonadura de plata, sombrero ancho y la cabeza inclinada. La luna iluminaba los adornos del pantalón. Ella buscó su cara debajo del ala, esperando encontrar unos ojos que también la estuvieran mirando.
”Buenas noches”.
El hombre pasó sin contestar. La mujer permaneció junto a la orilla. Había recogido los brazos contra el cuerpo y mantenía los dedos apretados sobre la tela de su ropa. Desde tan abajo veía moverse el vientre del caballo. Esperó a que terminara de pasar, cuidando de no poner un pie cerca de las patas. El jinete se mecía erguido sobre la montura, con la cabeza baja.
Cuando pudo volver al centro del camino, avanzó unos pasos. Le faltaba una cuadra para llegar a casa. Pensó en la puerta, en lo poco que tardaría en alcanzarla, pero necesitaba mirar otra vez. Quería verlo alejarse; comprobar hasta dónde llegaba su altura junto a las casas.
Se volvió. La calle estaba vacía hasta donde alcanzaba la luz de la luna.
Se quedó buscando el caballo entre las sombras de las huertas. Acababa de pasar junto a ella. Todavía tenía el cuello dolorido de haber levantado tanto la cara. Para llegar a su casa debía darse vuelta y caminar con aquel tramo vacío detrás. Echó a correr.
Se detuvo.
Tuvo que levantar la barbilla hasta sentir tirante el cuello para alcanzar a ver al jinete. Llevaba traje negro con botonadura de plata, sombrero ancho y la cabeza inclinada. La luna iluminaba los adornos del pantalón. Ella buscó su cara debajo del ala, esperando encontrar unos ojos que también la estuvieran mirando.
”Buenas noches”.
El hombre pasó sin contestar. La mujer permaneció junto a la orilla. Había recogido los brazos contra el cuerpo y mantenía los dedos apretados sobre la tela de su ropa. Desde tan abajo veía moverse el vientre del caballo. Esperó a que terminara de pasar, cuidando de no poner un pie cerca de las patas. El jinete se mecía erguido sobre la montura, con la cabeza baja.
Cuando pudo volver al centro del camino, avanzó unos pasos. Le faltaba una cuadra para llegar a casa. Pensó en la puerta, en lo poco que tardaría en alcanzarla, pero necesitaba mirar otra vez. Quería verlo alejarse; comprobar hasta dónde llegaba su altura junto a las casas.
Se volvió. La calle estaba vacía hasta donde alcanzaba la luz de la luna.
Se quedó buscando el caballo entre las sombras de las huertas. Acababa de pasar junto a ella. Todavía tenía el cuello dolorido de haber levantado tanto la cara. Para llegar a su casa debía darse vuelta y caminar con aquel tramo vacío detrás. Echó a correr.
¿En dónde se dice que ocurrió esta historia?
General Cepeda, Coahuila. Calle Moctezuma entre Hidalgo y Madero
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