Familia recuerda a don Antonio, voceador de VANGUARDIA por 41 años en Saltillo
Durante más de cuatro décadas recorrió calles de la ciudad construyendo una relación cercana con vecinos y lectores que lo saludaban cada mañana
Durante más de cuatro décadas, don Antonio Hernández González recorrió las calles de Saltillo con periódicos bajo el brazo y una sonrisa para quienes lo encontraban cada mañana. Esta semana, a los 81 años, falleció el voceador que por 41 años fue distribuidor exclusivo de VANGUARDIA y El Extra, dejando una huella entre clientes, vecinos y su familia.
Originario de Saltillo y nacido el 30 de abril de 1945, don Antonio fue padre de seis hijos —cuatro mujeres y dos hombres— además de abuelo de 17 nietos y 17 bisnietos. Su historia como voceador comenzó después de haber trabajado como agente de tránsito, cuando un accidente lo obligó a cambiar de oficio.
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Según recuerda su familia, fue entonces cuando conoció a un reconocido vendedor de periódicos apodado “Toño la Bola”, quien lo animó a probar suerte en el oficio y le entregó sus primeros ejemplares para vender.
“Al principio le daba vergüenza vender periódico”, recordó su hija durante una entrevista. “De hecho, mi mamá fue quien vendió los primeros periódicos. Pero luego ya se acostumbró y empezó a agarrarle cariño al trabajo”.
Durante 41 años, la jornada de don Antonio comenzaba antes del amanecer. Se levantaba alrededor de las cuatro de la mañana para recoger los periódicos y salir a su punto de venta, donde atendía a clientes habituales.
Después de la venta matutina, regresaba a casa para ayudar en un pequeño puesto familiar que atendía junto a su esposa.
“Le gustaba mucho tratar con la gente. Siempre atendía con buena actitud, con respeto. Sus clientes lo querían mucho”, contó su hija.
Con el paso de los años, más que un vendedor de periódicos, se convirtió en un rostro familiar para muchas personas que lo veían a diario. Incluso había clientes que, sin comprar periódico, se detenían a saludarlo o a llevarle café.
“Había gente que le decía: ‘Tenga su domingo’. Otros solo se paraban a platicar con él. Lo apreciaban mucho”, relató su familia.
UN HOMBRE DE PRINCIPIOS
Más allá de su trabajo, quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre de valores firmes. Una de las enseñanzas más repetidas dentro de su familia era la honestidad.
Su hija recuerda una ocasión en que encontraron un objeto en la calle que parecía valioso. Cuando intentaron recogerlo, don Antonio se negó.
“Nos dijo que lo dejáramos ahí, porque a lo mejor alguien iba a regresar por él. Nunca quiso que agarráramos algo que no fuera nuestro”.
Ese mismo principio lo defendía incluso frente a comentarios de otras personas. En una ocasión, un cliente insinuó que don Antonio podría haberse enriquecido si hubiera aprovechado oportunidades en trabajos anteriores.
“Yo le dije que prefería tener un papá honrado”, recordó su hija. “Nunca nadie nos dijo que él fuera un ratero. Todo lo que tuvo fue por su trabajo”.
SERVICIAL CON TODOS
Su familia asegura que una de las cualidades que más lo distinguían era su disposición para ayudar a los demás. Si veía a alguien cargando bolsas del mandado, se detenía para ofrecer un aventón. Si alguien pasaba vendiendo mercancía por la colonia, lo invitaba a sentarse y a comer.
“Siempre decía: ‘Si vamos a hacer el favor, hay que hacerlo completo’”, relató su hija.
Esa actitud también la transmitió a sus hijos y nietos. “Nos enseñó a ofrecer un taco, un vaso de agua, a ayudar a la gente. Eso fue lo que más nos inculcó”.
FE, FAMILIA Y TRADICIONES
Además del trabajo, don Antonio era profundamente devoto de la Virgen de Guadalupe y participaba en danzas tradicionales. Durante años formó parte de un grupo de danzantes donde incluso era conocido como “el viejo de la danza”.
La familia también compartía otras aficiones, como asistir a funciones de lucha libre en Saltillo. Entre sus luchadores favoritos estaban Dr. Wagner y El Perro Aguayo. “Le gustaba mucho la lucha. Íbamos seguido cuando los muchachos estaban chicos”, recordó su familia.
Para su familia, la mayor herencia que dejó don Antonio no fue material, sino los valores que transmitió. “Nos enseñó a estar unidos, a trabajar y a ser honestos”, dijo su hija.
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Por eso, más allá de los años vendiendo periódicos en Saltillo, esperan que sea recordado por su forma de tratar a los demás. “Nos gustaría que la gente lo recordara como lo conocieron: muy amable, siempre de buen humor”.
Por 41 años, don Antonio Hernández fue parte del paisaje cotidiano de la ciudad. Hoy, su ausencia deja un vacío entre quienes lo saludaban cada mañana, pero también una historia de trabajo, familia y dignidad que perdurará entre quienes lo conocieron.