Las familias del poder en la villa de Santiago del Saltillo y pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala
Los protocolos del Archivo Municipal de Saltillo guardan una contabilidad implacable del poder: quién compró qué, cuánto pagó y qué hipotecó para sobrevivir. En esas páginas están los Lobo Guerrero, los Sánchez Navarro, los Urdiñola
La historia de Saltillo no puede comprenderse sin rastrear a las familias que, por más de dos siglos, controlaron tierras, aguas, comercios y puestos de gobierno. Fueron estirpes criollas y peninsulares que construyeron fortunas a través de la ganadería, la agricultura, el crédito y las alianzas matrimoniales. Muchas de sus casas, haciendas y capillas todavía marcan el paisaje de la ciudad.
LOS URDIÑOLA Y EL MARQUESADO DE SAN MIGUEL DE AGUAYO
El linaje fundador del gran latifundio fue el del capitán Francisco de Urdiñola, que en 1578 comenzó a acumular propiedades en la región. Su patrimonio incluyó las haciendas de Patos, en lo que hoy es el municipio de General Cepeda y otras propiedades más en Parras, Santa Elena, Buenavista, San Juan de la Vaquería y Bonanza, Zacatecas. En su momento de mayor expansión, este conjunto de tierras llegó a sumar cerca de seis millones de hectáreas. Los herederos de Urdiñola construyeron casas señoriales tanto en Saltillo como en Parras, que funcionaban como centros de administración de sus enormes hatos de ganado ovino. De ese patrimonio surgió, con el tiempo, el Marquesado de San Miguel de Aguayo, cuyas tierras serían eventualmente absorbidas por otros linajes, entre ellos los Sánchez Navarro.
LOS PRIMEROS POBLADORES: JUAN NAVARRO Y PEDRO FLORES
A principios del siglo XVII, mientras el latifundio de los Urdiñola se consolidaba en la región, otros vecinos construían fortunas más modestas, pero igualmente relevantes para la vida cotidiana de la villa. Juan Navarro fundó la hacienda de Santa Ana y estableció el primer molino de trigo al norte del asentamiento, infraestructura indispensable para el abasto de la villa. En ese mismo periodo, don Pedro Flores, conocido como “el viejo”, consolidó las haciendas de Capellanía y Mesillas localizadas en el municipio de Ramos Arizpe, de igual manera se convirtió en uno de los terratenientes más poderosos de la primera mitad del siglo XVII. Su familia, con ramificaciones en los Ábrego y los Valdés, mantuvo su influencia durante varias generaciones.
LOS LOBO GUERRERO: COMERCIANTES, PRESTAMISTAS Y REGIDORES
El linaje de los Lobo Guerrero arranca con Juan Lobo Guerrero, nacido hacia 1579, poblador de Saltillo casado con María de las Casas. Aunque recibió tierras en San Francisco de las Cañas, en lo que es hoy Mina, Nuevo León, fue en Saltillo donde la familia echó raíces definitivas, dedicada al comercio, la agricultura y la administración municipal.
El punto más alto de la fortuna familiar llegó con don José Melchor Lobo Guerrero, regidor alférez real y comerciante de primera línea. Su inventario post mortem, levantado en 1783, ascendía a 81,884 pesos, cifra que casi doblaba la de otros vecinos prominentes como Juan Landín. Poseía una casona en la Calle Real, la actual calle Hidalgo. Hacia finales del mismo siglo, otro miembro de la familia Lobo Guerrero Elizondo, mandó construir una nueva y costosa vivienda, también sobre la Calle Real, con un fondo que llegaba hasta la calle del Cerrito, hoy la calle Bravo. Ese inmueble es el que actualmente alberga la Casa de la Cultura.
En 1772, Melchor Lobo Guerrero adquirió una pieza de tienda frente a la plaza principal por 582 pesos. En 1782, María Gertrudis Lobo Guerrero donó a su hijo José Lorenzo una casa en la Calle Real con nueve piezas de adobe y 42 varas de frente, poco más de 35 metros. Dos años después compró otra casa en la calle de San Francisco, hoy Allende, por 200 pesos, y en 1803 vendió una propiedad de 30 varas de frente sobre la misma calle a Salvador Cayetano Yáñez por 500 pesos. En 1799, María Gertrudis y Juana Teodora Lobo Guerrero hipotecaron 16 días de agua junto con sus tierras de labor de la Hacienda de San Juan Bautista, después llamada hacienda de los González.
José León Lobo Guerrero, como vicario general y juez de testamentos, actuó repetidamente como acreedor hipotecario. Se registran hipotecas a su favor sobre casas en la calle de Santiago, hoy General Cepeda, la calle de los Huizaches, Morelos y el Callejón de Landín, Juárez. En 1833, Melchora Lobo recibió en hipoteca una casa frente a la parroquia para garantizar un préstamo de mil pesos; al año siguiente compró una casa en la esquina de la calle Principal y el Callejón de Bracho, en la esquina de Hidalgo y callejón Cinco de Mayo, por 3,500 pesos. El cargo de Regidor Alférez Real, posición comprable y heredable, aseguró a los Lobo Guerrero un peso sostenido en las decisiones políticas de la villa durante varias generaciones.
LOS SÁNCHEZ NAVARRO: EL LATIFUNDIO MÁS GRANDE
En 1765 se inició formalmente el que sería el mayor latifundio de México. Los Sánchez Navarro consolidaron un imperio territorial que se extendía desde Múzquiz hasta Mazapil, absorbiendo gran parte de las antiguas tierras del Marquesado de Aguayo. Entre sus propiedades rurales destacaba la hacienda de Santa Ana, heredada de Melchora Navarro. En Saltillo, su residencia principal ocupaba la esquina de las calles Aldama e Hidalgo, hoy el Centro Cultural Vito Alessio Robles y en 1846 sirvió de alojamiento al gobernador militar estadounidense John Washington.
LOS PEREYRA: UNA “TIENDA RICA” Y CUARENTA PIEZAS EN LA CALLE REAL
La familia Pereyra, de origen gallego, alcanzó una notable prosperidad comercial y política hacia finales del siglo XVIII. Don Francisco José Pereyra Albariño poseía una de las fincas más grandes del centro de la villa, situada en la calle Hidalgo, que en su mejor momento llegó a tener cuarenta piezas. Los Pereyra eran también dueños de una “tienda rica” y de la concesión del abasto de carne, actividad con la que competían directamente con el Marquesado de Aguayo. La invasión estadounidense de 1846 deterioró gravemente la casona; el inmueble que la sucedió en ese predio es actualmente un restaurante llamado Villa de Santiago.
LOS LANDÍN: HACIENDA, CAPILLA Y UNA FORTUNA QUE SE FRAGMENTÓ
Don Juan Landín, también de origen gallego, construyó una hacienda con capilla propia en las afueras de la villa. En el centro poseía una casa en la esquina de las actuales calles de Allende y Juárez. Sus descendientes cayeron en la pobreza a principios del siglo XIX y se vieron obligados a fragmentar y vender la propiedad para subsistir.
LOS CARRILLO Y SANDI: EL MAYOR CAPITAL LÍQUIDO DE LA VILLA
Los Carrillo y Sandi procedían de los Altos de Jalisco y se establecieron en Saltillo como comerciantes y prestamistas. Don Teodoro Carrillo poseía, a principios del siglo XIX, el mayor capital líquido de la villa, estimado en 138,000 pesos. Su residencia principal, la Casa Carrillo, funcionó posteriormente como el Hotel Tomasichi 1886, luego de la Plaza y es hoy la sede de la Facultad de Historia de la UAdeC.
LOS ARIZPE: GOBERNADORES, CASONAS Y COMPRAS ESTRATÉGICAS
La familia Arizpe consolidó su posición mediante alianzas matrimoniales con los Lobo Guerrero y los Pereyra. Don José Ignacio de Arizpe Cárdenas, gobernador de Coahuila, adquirió la antigua casona de los Lobo Guerrero en la calle Hidalgo y en 1859 compró también la Casa Pereyra para alojar miembros de su numerosa familia. Con esas dos adquisiciones concentró en pocas manzanas un patrimonio urbano acumulado durante más de un siglo por sus familias políticas.
OTRAS PRESENCIAS FUNDADORAS
Santos Rojo poseía la Hacienda de San Juan Bautista, que pasaría más tarde a la familia González y un solar urbano inmediatamente al norte de la parroquia. El tejido urbano del Saltillo colonial fue, en buena medida, obra de estas familias. Sus casonas definieron la traza del centro; sus haciendas organizaron el territorio circundante; sus préstamos y concesiones movieron la economía local. Muchos de esos inmuebles sobreviven hoy con usos distintos, museos, facultades, restaurantes.
EL PUEBLO DE SAN ESTEBAN DE LA NUEVA TLAXCALA: UNA ÉLITE INDÍGENA CON TIERRAS
Mientras las familias criollas y peninsulares acumulaban propiedades en la villa española, a escasos metros existía otro orden de poder. El Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, fundado en 1591 junto a la villa de Santiago del Saltillo, albergó desde sus primeros años una élite indígena con propiedades privadas, negocios y clero propio. La Corona había otorgado a los tlaxcaltecas el estatus de hidalgos y colonizadores, lo que les permitió no solo administrar tierras comunales sino consolidar patrimonios personales documentados en testamentos, muchos de ellos redactados originalmente en náhuatl.
LA FUNDACIÓN Y EL REPARTO INICIAL
Al establecerse el pueblo, Francisco de Urdiñola entregó a los jefes tlaxcaltecas 36 caballerías de tierra, aproximadamente 1,540 hectáreas, para sus casas y labores. Buenaventura de Paz, nieto del célebre Xicoténcatl, y Joaquín Velasco recibieron mercedes de grandes extensiones al oriente de la villa española, desde la Ciénaga Grande y la acequia de Juan Navarro hasta lo que hoy corresponde al municipio de Arteaga.
Entre las propiedades repartidas ese primer año destacó la Hacienda de San Isidro de las Palomas: cuatro caballerías de tierra y un sitio de ganado mayor. Las viudas de los primeros concesionarios no contaron con recursos para explotarla y en 1609 la vendieron a Mateo de Tenorio.
LA ÉLITE TLAXCALTECA EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII
Bernabé González, indio tlaxcalteca originario del pueblo, fue el principal fundador de San Miguel de Aguayo, hoy Bustamante, Nuevo León, en 1686 y descubridor de yacimientos mineros en Boca de Leones. En 1707, Esteban González compró a los herederos de Pedro Martínez un molino de fundición en el Real de San Pedro de Boca de Leones por 200 pesos de oro común.
En el ámbito urbano y religioso, Esteban de la Cruz y su esposa María Catarina Ramos fundaron un patrimonio centrado en su casa y huerta de “Miraflores”, ubicada bajo el Ojo de Agua de San Lorenzo, para que su hijo, el clérigo Juan Rodríguez de la Cruz, contara con rentas suficientes para ordenarse sacerdote.
LA TRAZA URBANA Y EL MERCADO INMOBILIARIO
En 1704 se midieron los terrenos del pueblo y se halló una superficie de 5,876 varas castellanas, con 147 solares que incluían casa, corral y huerta. La superficie sería de alrededor de 150 hectáreas, equivalente a unas 210 canchas de fútbol. Ese fue el escenario de un mercado inmobiliario activo, especialmente en las primeras décadas del siglo XIX.
En 1814, los hermanos José Dionisio Pascual, José Vicente Ferrer y Marcelo Corona de la Cruz vendieron al bachiller Miguel María Lobo Guerrero un solar en la calle de Jesús María, hoy calle Obregón sur, por 170 pesos. En 1816, Ana María Francisca García, vecina del Barrio de la Purísima Concepción, vendió una casa en la calle de los Huizaches, hoy Morelos, a José Ramón Narro por 280 pesos. En 1823, Juan Melchor de los Reyes traspasó a Francisco Narro un cuarto con cocina sobre la Plaza Principal de San Esteban por 150 pesos.
EL DESMANTELAMIENTO DEL RÉGIMEN COMUNAL (1827–1835)
La independencia de México transformó el marco legal en el que San Esteban había defendido sus tierras durante más de dos siglos. Las leyes de 1827 suprimieron los privilegios coloniales de las comunidades indígenas, incluyendo la exención de impuestos sobre la propiedad que los tlaxcaltecas habían disfrutado desde su fundación. El Ayuntamiento de Saltillo inició entonces un proceso sistemático de conversión de las propiedades comunales en predios particulares.
Los documentos del Archivo Municipal de Saltillo registran con detalle los mecanismos de ese proceso: terrenos comunales y predios por los que circulaban las antiguas acequias fueron declarados “baldíos” por las nuevas autoridades y adjudicados a particulares con influencia política y económica. Los títulos virreinales que el pueblo había defendido en los tribunales durante generaciones fueron desestimados o ignorados. Para 1835, el régimen de propiedad comunal que había sido el fundamento jurídico de San Esteban de la Nueva Tlaxcala había dejado de existir.