Los hijos pródigos de San Esteban: Don Andrés del Saltillo... charlas con don Martín de la Cruz

Los hijos pródigos de San Esteban: Don Andrés del Saltillo... charlas con don Martín de la Cruz

+ Seguir en Seguir en Google

El diario del nieto de don Martín de la Cruz documenta, a partir de testimonios directos, las historias y recuerdos que su abuelo le compartió durante años, conformando un valioso registro sobre la memoria histórica de San Esteban de la Nueva Tlaxcala

Saltillo
/ 7 febrero 2026
COMPARTIR

Las siguientes páginas corresponden al diario personal del nieto de don Martín de la Cruz, quien documentó las historias y memorias que su abuelo le compartió a lo largo de los años.

Siempre traté de registrar las charlas que tuve con mi abuelo lo más fielmente posible. Empecé a escribir desde niño, y cuando fui adolescente, las conversaciones se hicieron más profundas. Se me volvió costumbre anotar cada detalle que el abuelo contaba. Escuchar hablar a mi abuelo Martín de la Cruz era una verdadera lección de historia. Cuánto aprendí de él: siempre fue una fuente infinita de conocimiento sobre la vida del pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala y sobre tantas otras cosas que le tocó vivir.

Mi abuelo siempre sintió orgullo de su origen. El haber nacido en el antiguo pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala lo pregonaba como algo especial, así como el hecho de que toda nuestra familia es de origen tlaxcalteca.

TE PUEDE INTERESAR: Saltillo: El abuelo de Octavio Paz, un diccionario y la obsesión por enseñar a vivir

Mi abuelo Martín vivió en el barrio de la Candelaria, muy cerca del templo de Los Pilares. Su casa estaba en un estrecho callejón que en algún tiempo llamaron de las Siete Vueltas. Tenía techos altos de carrizo y un patio central con una pila donde brotaba un pequeño manantial. La huerta estaba al fondo, casi pegada al Arroyo del Pueblo, donde cultivaba con esmero algunos árboles frutales. Los membrillos, perones y ciruelos que de niño comí miles de veces no los he vuelto a encontrar; esos sabores de mi infancia me quedaron marcados para siempre.

1 de febrero de 1882

Habían pasado ocho días desde nuestra última conversación. El domingo anterior me quedé hasta tarde escuchándolo, perdido en sus historias. Cuando llegué esa tarde a la casa, encontré al abuelo inquieto en el zaguán, sentado entre sus helechos colgantes y las resplandecientes piñanonas que tanto cuidaba. Su mirada me buscó de inmediato.

—¿Por qué te demoraste? —me preguntó, y en su voz había algo más que impaciencia: había urgencia, como si las historias que guardaba no pudieran esperar más.

—Ay, abuelo, discúlpeme. Vine tan rápido como pude.

El abuelo me miró con esa expresión que conocía bien: mitad reproche, mitad alivio. Me hizo una seña para que pasara.

—Ven, siéntate, chamaco. Tenemos mucho de qué hablar.

Me acomodé en la silla frente a él, sacando mi libreta.

—¿Qué es lo que querías saber sobre el antiguo Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala?

—Muchas cosas, abuelo.

Se quedó callado un momento, como si estuviera decidiendo por dónde empezar. Luego asintió despacio.

—Si mi memoria no me falla, te voy a contar quiénes eran tus antepasados, quiénes fuimos y por qué estamos aquí. Déjame contarte de los hijos pródigos de este pueblo...

—Mira, muchacho, desde que los nuestros llegaron aquí en 1591, siempre fuimos gente de honor. Esto que te voy a contar ha pasado de generación en generación en la familia. Te voy a platicar de un personaje muy importante: don Andrés del Saltillo, un tlaxcalteca que nació aquí mero, cuando el pueblo todavía se llamaba San Esteban de la Nueva Tlaxcala.

—¿Del Saltillo? ¿Ese apellido existe, abuelo?

—Pues fíjate que sí, m’ijo. Se lo puso él solito. Mira, en ese tiempo muchos de los nuestros no tenían apellido como los españoles. Entre los tlaxcaltecas no se usaba eso, ¿me entiendes? Pero don Andrés era escribano, hombre de importancia, indio principal del pueblo. Necesitaba un nombre que se oyera recio. Entonces se puso “del Saltillo”, así nomás.

—¿Y podían hacer eso? ¿Ponerse el apellido que quisieran?

—Bueno, no cualquiera, pero los principales, los que sabían leer y escribir, los que tenían autoridad, sí podían. Era como para ganarse el respeto, ¿ves? Porque si te llamabas “del Saltillo” sonabas importante, como esos funcionarios españoles que se ponían nombres de pueblos de España: Burgos, Segovia, y vaya usté a saber cuántos más. Don Andrés era hijo de los primeros tlaxcaltecas que llegaron. Su padre no tenía apellido, pero él sí quiso tenerlo, y escogió bien: agarró el nombre de la villa española.

$!El registro da cuenta del fallecimiento de Juana Francisca, mujer tlaxcalteca y esposa de don Andrés del Saltillo, quien murió hacia 1651, a una edad aproximada de cincuenta años, tras recibir los auxilios espirituales correspondientes.

—Entonces no era apellido de familia...

—No, chamaco. Era apellido de autoridad, de que pertenecía al lugar. Su forma de decir: “Yo soy Andrés, el de Saltillo.” Y te digo una cosa: con ese nombre se hizo respetar, tanto entre los nuestros como entre los españoles.

—¿Y qué hacía, abuelo?

—Era escribano del Pueblo de San Esteban. ¿Sabes lo que eso era? Pues que, si alguien quería hacer su testamento, o reclamar un cacho de tierra, o quejarse de algo con las autoridades, tenía que ir con él. Él era el que ponía las palabras en el papel, el que las hacía valer. Todo lo escribía en náhuatl, en nuestra lengua, pero de tal modo que hasta los españoles lo respetaban.

—¿En náhuatl?

—Así mero. En los primeros años del siglo 17, todos los testamentos de la gente de San Esteban los hizo don Andrés en nuestra lengua, y otros más en español. Ahí decían a quién le heredaban sus tierras, sus casas, sus animalitos. Don Andrés se encargaba de que todo quedara bien asentado, porque él sabía que esos papeles iban a durar más que las personas.

El abuelo se levantó despacito de su silla y se metió a la casa. Lo oí revolviendo entre sus cosas. Cuando salió, traía en las manos un papel amarillento que cargaba como si fuera de cristal. Se volvió a sentar y lo fue abriendo poquito a poco sobre sus piernas.

—Mira esto, muchacho. Acércate, este es uno de esos testamentos que te digo. Fíjate en la letra, mira cómo está escrito. Esto lo hizo don Andrés del Saltillo con su propia mano.

Me acerqué. La tinta se veía café oscuro, casi negra. Las letras tenían trazos muy finos que iban de arriba abajo y de lado a lado. Traté de leer, pero me di por vencido: no entendí nada. El abuelo pasaba el dedo por encima de los renglones, despacito, como entendiendo cada palabra, cada frase.

—¿Por qué no se le entiende nada, abuelo?

El abuelo esbozó una ligera sonrisa.

—Está escrito con una letra muy antigua que se llama procesal encadenada, m’ijo. Era la que usaban los escribanos de ese tiempo, toda enredada, pegadita una letra con otra. Por eso muchos le decían la “escritura endemoniada”. Además, esto está en náhuatl, no en español.

Volvió a doblar el documento con el mismo cuidado con que lo había abierto y lo guardó.

—Entonces don Andrés era importante para el pueblo...

—Importantísimo, muchacho. Con los años su influencia fue creciendo. Para 1627, don Andrés ya no era solo escribano. ¿Sabes qué era? Gobernador del Pueblo de San Esteban. Sí, señor, el mero principal. Hay un mandato de ese año donde él ordena, junto con otros oficiales, que todos lleven árboles al patio de la cárcel del pueblo. Y al que no lo hiciera, multa. Así, con autoridad.

—¿Cuál era la multa, abuelo?

—Pues fíjate: quien no atendiera la orden tenía que pagar con cerdos o borregos. Así se hacía en ese tiempo, con animales.

—¿Solo fue gobernador?

—No, muchacho, ese hombre fue de todo. Fue alcalde, maestro de escuela, maestro de capilla, intérprete de esos que llamaban nahuatlato. Pero lo que más me impresiona es que fue maestro de escuela. Y fíjate bien: no solo les enseñaba a los nuestros, no. También les daba clases a hijos de españoles. ¿Te imaginas? Un indio principal enseñándoles a leer y escribir a los hijos de los españoles.

—¿Tuvo alumnos buenos?

—¡Buenos! Tuvo alumnos que llegaron muy lejos. Uno se llamaba Francisco Flores, ese muchacho después se hizo fraile carmelita. Otro era Joseph Guajardo, que llegó a ser licenciado, cura y vicario del Nuevo Reino de León. Esos muchachos aprendieron sus primeras letras con don Andrés del Saltillo, en el Pueblo de San Esteban. Qué orgullo para él, ¿no?, ver que sus alumnos llegaban tan lejos.

—¿Y siguió de gobernador mucho tiempo?

—Fue gobernador en varios periodos. El último fue en 1652, hay papeles donde aparece gobernando todavía. Para entonces ya era un hombre viejo, pero seguía metido en los asuntos del pueblo. Daba tierras, confirmaba donaciones, ordenaba que se midieran los linderos.

—¿Y cuándo murió, abuelo?

—Don Andrés murió ya bien entrado en años, en 1671. Como nunca tuvo hijos con doña Juana Francisca, quien murió 10 de enero de 1651, sus bienes pasaron a sus hermanos: Ventura Juan Valverde, Francisco Andrés, Isabel Juana y Elena Francisca.

—¿Y eso qué significa?

—Pues, muchacho, que don Andrés del Saltillo no murió pobre. Que juntó bienes suficientes como para dejarles herencia a sus hermanos. Todo lo consiguió sirviendo al pueblo durante más de cincuenta años. Con su pluma, con su autoridad, con su enseñanza. Aunque no tuvo hijos de sangre, sus alumnos llevaron su enseñanza a otros lugares. Esa fue su verdadera descendencia.

$!Diario donde se guardan las historias de don Martín de la Cruz

—Abuelo, ¿y usted cómo supo todo eso de don Andrés?

—Pues mira, muchacho, cuando yo era joven, más o menos de tu edad, mi abuelo me contó estas mismas historias. Me habló de don Andrés del Saltillo, de cómo había servido al Pueblo de San Esteban, de cómo había llegado a ser gobernador. Y me dijo algo que se me quedó grabado: “Martín, el que sabe escribir casi nunca pasa hambre, y el que escribe para su pueblo nunca es olvidado”.

—¿Por eso usted se hizo escribano?

—Por eso mismo. Cuando oí hablar de don Andrés del Saltillo, de cómo había defendido a su gente, ordenado las tierras, guardado la memoria del pueblo, yo dije: eso quiero hacer yo. Quiero ser útil a mi pueblo, como lo fue él. Así fue como me dediqué a aprender el oficio.

El abuelo se quedó callado un momento, mirando hacia la huerta. Comprendí que esa historia no era solo sobre don Andrés del Saltillo. Era también sobre él, sobre por qué había escogido ese camino. No quise que el momento se pusiera muy solemne, así que le pregunté otra cosa:

—¿Abuelo, había barrios varios en San Esteban?

—Sí, San Esteban se dividía en cinco barrios, cada uno con su santo patrono, cada uno con su carácter propio. Los papeles que escribió don Andrés cuentan quién vivía dónde, qué tenían y qué heredaban. Son varios los barrios, pero eso te lo cuento después. Ahora ya es tiempo que te vayas a tu casa antes de que se haga más tarde.

—¡Ay, abuelo! Justo cuando me empezaba a gustar más la plática.

El abuelo sonrió con esa mirada que solo tienen quienes saben que la mejor historia es la que nunca termina del todo, para que quien lo escucha regrese por más.

Ese era mi abuelo Martín de la Cruz.

Juan María de la Cruz Valverde

Saltillo, Coahuila, 1882

saltillo1900@gmail.com

TEMAS
Localizaciones

Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM