Saltillo: El abuelo de Octavio Paz, un diccionario y la obsesión por enseñar a vivir
La vida del creador del Diccionario del Hogar estuvo marcada por la polémica, la sátira política y una obra tan extensa como contradictoria
Algo me inquietaba. Una ansiedad pequeña pero insistente trepaba por mi pecho, como cuando olvidas cerrar la llave del gas del calentador. Pero no era eso. Di vueltas hasta que finalmente lo recordé: el libro. Ese viejo Diccionario del Hogar que amablemente me habían regalado semanas atrás y que había dejado para después, siempre para después.
Al abrir el libro, las yemas de mis dedos leyeron esos 125 años como si fueran braille: la textura que dejaron los tipos de imprenta hundidos en el papel, las delicadas páginas amarillentas crujían cada vez que pasaba página. El aroma me envolvió, ese olor inconfundible a tinta antigua, a tiempo detenido, que solo tienen los libros viejos.
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Comencé a hojear. Recetas de cocina del siglo pasado. Remedios caseros para males que hoy ya ni recordamos. Fórmulas para fabricar jabones, ungüentos, de casi todo. Instrucciones para cosas que me hicieron detenerme y releer dos veces, mi emoción crecía al revisar detenidamente esta joya del pasado.
Busqué datos sobre el autor y lo que encontré fue como abrir la caja de Pandora. José Ireneo Paz Flores no era un simple compilador de recetas caseras. Era abogado, periodista, historiador. Un hombre que escribió novelas, obras de teatro, leyendas, biografías... Una vida entera dedicada a las letras. Leí algo que me sorprendió: era el abuelo de Octavio Paz, nada menos que el Nobel de Literatura.
¿Cómo era posible que el abuelo de uno de los poetas más importantes de México hubiera escrito este manual doméstico? La pregunta me siguió dando vueltas mientras seguía fascinado hojeando el diccionario.
El Diccionario del Hogar perteneció a don Gumersindo Castilla Martínez, quien fue empleado federal, encargado de la oficina de Correos en Saltillo durante los primeros años del siglo pasado. Seguramente el señor Castilla lo abrió mil veces buscando respuestas: cómo curar un resfriado, cómo quitar una mancha, cómo cultivar el jardín, cómo criar gallinas, cómo fabricar cosas en casa.
En 1901, cuando se publicó este libro, si necesitabas o tenías duda de cómo resolver algo, el Diccionario del Hogar era la solución. Este libro antiguo me hizo pensar en algo. Nuestros padres hicieron su mejor esfuerzo por prepararnos para la vida. Nos enseñaron valores, nos dijeron cómo comportarnos, cómo respetar a los demás.
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Recuerdo a mi madre corregirme: “Así no se dice, se dice tal”, “Abróchate bien las cintas de los zapatos o te vas a caer”. Nos guiaron en tantas cosas. Pero no siempre tuvieron respuestas para todo. La genialidad de José Ireneo Paz Flores: había creado un diccionario con las respuestas a esas miles de interrogantes que surgen siempre en casa. Las que nuestros padres no sabían, las que nadie nos enseñó. Todo está ahí, en esas vetustas páginas.
TRAYECTORIA DE PAZ
Vale la pena conocer más sobre este polifacético personaje. José Ireneo Paz Flores nació en Guadalajara el 3 de julio de 1836. A los 27 años inició como magistrado en el estado de Colima, un año después, fue Secretario General de Gobierno del estado.
Durante la Intervención Francesa, Paz dejó la burocracia para tomar las armas, peleó en los combates que se dieron en la ciudad de Colima. Años después escribiría sus memorias de guerra, “Algunas campañas. Ireneo Paz escribía todo lo que le acontecía y le sucedía. Cuando terminó la guerra contra el Segundo Imperio, se alineó a Porfirio Díaz y secundó el Plan de la Noria, rebelión que sembró las bases para que Porfirio llegara al poder y se mantuviera por más de tres décadas.
EL PERIODISTA
Paz era, ante todo, un periodista apasionado y actuaba con mucha irreverencia, de esos que no se callan nada. Fundó periódicos con nombres sugerentes: El Payaso, El Padre Cobos, La Patria, La Patria Ilustrada. Sus artículos no daban noticias, daban opiniones fuertes, críticas incómodas contra el régimen y a quien se le atravesara en el camino de Paz. Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada no se salvaron de las duras críticas de Ireneo Paz.
PAZ DE POCA PAZ
En 1880, un pleito con el periodista Santiago Sierra Méndez escaló hasta lo trágico. Intercambiaron insultos en sus publicaciones: Paz desde su periódico La Patria, Sierra desde el suyo, La Libertad. Todo por diferencias políticas en tiempos de elecciones. El asunto terminó en Tlalnepantla, en un duelo a muerte. Paz mató a Santiago Sierra Méndez, hermano de Justo Sierra, uno de los intelectuales más importantes del país.
Paz no huyó ni se escondió, enfrentó las consecuencias, que al parecer no las hubo, por tratarse de un duelo pactado.
PAZ SOBRE PAZ
Paz Flores mantuvo siempre un temperamento eruptivo, apasionado, sin frenos. Su nieto Octavio Paz recordaría décadas después que su abuelo nunca dejó de sentir orgullo por sus actos, por defender sus ideas. Ireneo Paz era un hombre de convicciones, según palabras del nieto ganador del Nobel.
EL CREADOR DE LAS CALAVERAS
Paz trabajó con José Guadalupe Posada, el genio de la famosa garbancera. Posada ilustraba lo que Paz escribía, y juntos crearon sátira política, caricaturas que herían, textos que dejaban marca. El poderoso dúo era letal: Paz ponía las palabras afiladas, Posada ponía las imágenes difíciles de olvidar.
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Atacaron a políticos, a figuras públicas, a quien se les pusiera enfrente, hasta que el régimen de Porfirio Díaz decidió que era mejor tener a Paz dentro que afuera.
“Ese gallo quiere maíz”. Le dieron una curul en el Congreso de la Unión, representó a Jalisco durante más de veinte años, y curiosamente, el gallo dejó de cacarear críticas. El periodista incómodo que había atacado al régimen ahora escribía biografías alabando a don Porfirio. Publicó Datos biográficos del general de división C. Porfirio Díaz y Los hombres prominentes de México.
Según el historiador Mauricio Tenorio Trillo, los llamados “hombres prominentes” que aspiraban a figurar en el libro de Paz, debían pagar cincuenta pesos por el privilegio. No eran biografías como tal: eran exagerados escritos erigidos a la vanidad del régimen porfiriano. Un modelo de negocio perfectamente planeado. Cincuenta pesos, una fortuna para la época, pero poco para políticos acostumbrados a invertir en su propia imagen.
Convencidos, ayer como hoy, de que la posteridad se puede comprar y que están dispuestos a pagar, claro, casi nunca de su propio bolsillo.
ALGO DIFERENTE
¿Por qué este aguerrido periodista, novelista y político se puso a compilar recetas y todo tipo de remedios? Tal vez porque lo creyó necesario para hacer más práctica la vida.
El Diccionario del Hogar fue anunciado como “el libro más conveniente e indispensable para las damas, pues contiene lo que necesitan saber para el cuidado de la casa”. Lo presentó como “el primero de su especie publicado a nivel mundial”.
Esta obra monumental reúne recetas de cocina y repostería, lecciones de dietética y nutrición, remedios caseros para la salud, consejos para administrar el dinero, instrucciones de costura y bordado, guías de jardinería y agricultura.
El Diccionario enseñaba a resolver los problemas del día a día, a hacer que la vida simplemente funcionara. Hoy las opiniones y sugerencias nos llegan de todas partes, y enfrentamos una pregunta que ellos no tenían: ¿a quién creerle, a quién hacerle caso? La respuesta más sabia sigue siendo la misma: pregúntale a tu madre, si es que aún tienes.
PAZ DESCANSA EN PAZ
Debido a una hemorragia cerebral murió en la villa de Mixcoac a las ocho y media de la noche del martes 4 de noviembre de 1924. Al momento de su muerte tenía 88 años, era ya el decano del periodismo mexicano. Murió pobre, después de una vida novelesca. Al final, toda esa actividad frenética, todos esos libros publicados, no le dejaron fortuna.
A menos que haya hecho lo que hizo el famoso personaje de la política que dijo alguna vez: “La mitad de mi fortuna se me fue en parrandas, vinos y mujeres”. Su interlocutor preguntó: “¿Y la otra mitad?”. A lo que respondió: “Ah, esa sí la malgasté a lo pe...”.
LA PARADOJA DEL NOBEL
En 1990, su nieto Octavio Paz recibió el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo. El reconocimiento fue por su “escritura apasionada y de amplios horizontes, caracterizada por la inteligencia sensorial y la integridad humanística”. El 10 de diciembre de ese año, el rey de Suecia le entregó la máxima distinción literaria mundial. El primer y único mexicano en lograrlo.
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El abuelo escribió historia, novelas, teatro, compiló recetas y remedios caseros, mientras el nieto escribió El laberinto de la soledad y Piedra de sol.
EL LIBRO DE DON GUMERSINDO
Don Gumersindo Castilla Martínez compró este libro, o alguien se lo regaló. Lo valoró, tal vez lo consultó mil veces. Buscó recetas tal vez para una cena especial. Leyó por curiosidad qué decía sobre Saltillo, “hermosa ciudad capital del Estado de Coahuila con buenas fincas, con 42,727 habitantes”. Hoy Saltillo tiene casi un millón. El dato recogido por Paz nos recuerda cuántos éramos en esos años.
Don Gumersindo cuidó el libro hasta su muerte. Este volumen pasó de mano en mano en la familia Castilla, generación tras generación. Había servido para muchas cosas, por años fue útil, el libro guarda la memoria de cómo vivían nuestros antepasados, cómo se resolvían esas pequeñas cosas que la vida nos pone a veces como obstáculos.
UNA MÁQUINA DEL TIEMPO
La historia es justo eso, una máquina para viajar en el tiempo. El ejemplar de mil 626 páginas en dos tomos llegó a mis manos gracias a Irma Aurora Martínez Castilla, Mima para su familia, quien me donó el libro que perteneció a su abuelo Gumersindo.
Ese gesto me permitió conocer no solo un diccionario, sino mucho de la historia de un México que ya no existe pero que sigue vivo en estas páginas amarillentas, que huelen a años idos y a otras cosas que no sé nombrar porque pertenecen a un mundo anterior al mío.
LO QUE HEMOS PERDIDO
Hoy nadie o muy pocos consultan un diccionario y me atrevo a decir que pocos abren un libro para leerlo. Muchos echan mano de la Internet, se googlea todo: “cómo quitar una mancha”, “receta fácil de pollo”, “remedios para el dolor de cabeza”. En segundos tenemos mil respuestas.
Las nuevas generaciones tienen acceso ilimitado a la información, pero nuestros abuelos poseían algo que hemos ido perdiendo: el respeto por el conocimiento práctico, por las cosas simples que hacen funcionar la vida cotidiana, la paciencia de aprender poco a poco, una cosa a la vez.
Hace unos días, platicando con una amiga que acaba de estrenarse como abuela, me contó que emocionada fue a conocer a su nieto. En el encuentro empezó a darle consejos simples, naturales, salidos con la mejor intención de aportar algo a su hija primeriza: cómo cargarlo, cómo darle el chupón, qué hacer cuando lloraba.
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Uno a uno los consejos fueron rechazados por la hija. “No, eso no, porque leí que no es así”. “Así no se hace”. Cayendo un poco en la desesperación, mi amiga le reclamó: “¿Qué me vas a decir a mí que tuve cinco hijos?”. “No, mamá, discúlpame, pero eso no es así”. Mi amiga encogió los hombros y triste asumió una realidad: su hija no aceptaba los consejos. Pensó para sí: “Al rato que se te tupa vas a hablarme, ya verás”.
AGRADECIMIENTO
Gracias, Mima, por confiarme este tesoro. Por entender que algunos libros no son solo papel y tinta, sino puentes entre generaciones. Por permitirme tocar con mis propias manos lo que don Gumersindo tocó hace más de un siglo. Por regalarme no solo un diccionario, sino una ventana al pasado y una lección para el presente: que el conocimiento que realmente importa es el que se hereda con cariño y se comparte con generosidad.
Este libro ahora reposa en mis manos, pero su espíritu seguirá viajando en el tiempo, recordándonos que las respuestas más valiosas no siempre están en Google, sino en las páginas amarillentas que alguien amó lo suficiente como para conservar toda una vida.
saltillo1900@gmail.com