‘No vas a sanar de la noche a la mañana’, pero una misa en Saltillo a cielo abierto puede ser el comienzo
Entre oraciones y testimonios, la fe congrega a cientos en El Chapulín
La luz se fue primero. Durante unos segundos, la Concha Acústica del parque ‘El Chapulín’ quedó en penumbra, apenas sostenida por la voz en el micrófono, que pedía orden, silencio, respeto. Afuera, el ruido del tráfico de un viernes cualquiera seguía su curso; adentro, más de mil personas comenzaban a sumergirse en una experiencia: una misa de sanación donde, según muchos, los milagros no siempre se ven... pero se sienten.
Eran poco después de las ocho de la noche cuando el último día de ejercicios espirituales encabezados por el padre Chuy Pedro comenzó, aun con gente entrando, buscando un lugar, acomodando sillas propias o incluso almohadas para resistir la larga jornada.
No había espacio. Ni en las bancas improvisadas, ni en las escalinatas. No había dudas. Solo paciencia y fe.
Al fondo, un altar con un Cristo rodeado de velas encabezaba el escenario. La música —más presente que en días anteriores— comenzó a envolver el ambiente. Tres intérpretes acompañaban la noche: teclado, guitarra y voz. Y mientras el espacio se llenaba, también lo hacían las historias. Porque esa noche, nadie estaba ahí por casualidad.
SANAR LO QUE NO SE VE
“Sentí mucha paz, mucha tranquilidad... mucha sanidad”, afirmó una mujer que, como la mayoría, había hecho un espacio en su rutina para acudir, aunque fuera solo ese día.
Otros no llegaron por decisión propia. Al menos cuatro asistentes señalaron que una gran parte acudía como requisito para que sus hijos pudieran recibir sacramentos como la primera comunión; pero incluso a ellos, el ambiente de paz terminaba por alcanzarlos.
“Es parte de la religión... pero sí sentimos tranquilidad”, comentó un padre de familia.
Y luego estaban los que cargaban algo más: divorcios recientes, ansiedad, depresión, duelo... personas que también han buscado ayuda profesional. Otros, en cambio, encontraban en la misa su único refugio.
“Pasé por depresión, fui con psiquiatra y psicólogo... y venir aquí me ha ayudado a reforzar mi fe”, compartió una mujer que se reconoció saliendo, poco a poco, de esa “noche oscura del alma” de la que habló el sacerdote durante los denominados ejercicios espirituales 2026, cuyos asistentes calificaron como una suerte de “terapia”.
EL SILENCIO TAMBIÉN HABLA
A las 20:35 horas, la atmósfera se transformó: las velas comenzaron a encenderse. Uno a uno, el fuego se fue compartiendo entre desconocidos. Personas de pie extendían sus manos acercándose a la flama. En segundos, la oscuridad del parque se transformó en una constelación tenue que iluminaba la noche.
NADIE HABLABA, SOLO LA MÚSICA... Y EL VIENTO
Algunas velas se apagaban, pero siempre había alguien cerca para volver a encenderlas. Una metáfora de la vida. Una mujer lloraba abrazada a un hombre. Otra, sentada, permanecía inmóvil con la mirada perdida. Un señor se cubría el rostro, visiblemente afectado. Una madre sostenía a su bebé, que permanecía en silencio, atento. Nadie interrumpía. Nadie observaba con juicio. Cada quien estaba inmerso en su fe, en su proceso.
EL CAMINO DE LA SANACIÓN
Durante la homilía, el padre Chuy Pedro habló de la “noche oscura del alma”: ese momento en el que la vida pierde el sentido, donde las certezas se derrumban y uno se enfrenta a sí mismo.
“No van a salir de aquí sanados de la noche a la mañana”, advirtió.
El proceso, dijo, comienza afuera; pero esa noche era clave para entenderlo, para sentirlo. Para enfrentarlo.
Y en medio de ese silencio prolongado —que llegó a extenderse por más de media hora— algunos oraban, otros solo miraban más allá, a la oscuridad, de frente. Había quienes cerraban los ojos. Otros seguían con la mirada cada paso del sacerdote, que caminaba entre las filas.
Cuando pasaba cerca, varias personas levantaban la mano. Como quien va a adquirir algo; como si, por un instante, ese contacto intangible fuera suficiente.
ENTRE FE Y NECESIDAD
No todos buscaban lo mismo. Había quienes acudían por tradición; otros, por convicción. Algunos por obligación, y muchos por necesidad.
“Yo no sabía que tenía cosas que sanar... y aquí lo entendí”, confesó una mujer que asistió los cinco días (del 23 al 27 de marzo). Un hombre lo resumió así: “Venimos a buscar paz en el espíritu, pero también es importante la ayuda profesional”.
La línea entre lo espiritual y lo emocional se desdibuja, y en ese espacio abierto, bajo la noche, la salud mental es el milagro que muchos buscan.
UN PROCESO QUE NO TERMINA
A las 22:30 horas, la ceremonia terminó. No con silencio, sino con aplausos de pie. Cientos de personas, muchas con lágrimas aún sobre las mejillas, cerraron el último día de ejercicios espirituales con una sensación difícil de explicar, pero fácil de reconocer entre ellos: paz.
Afuera, la ciudad seguía igual. El tráfico. El ruido. La prisa. Adentro —en medio del parque— algo había cambiado. Para algunos, fue un momento espiritual. Para otros, una pausa necesaria. Y para muchos, el inicio —o continuación— de un proceso que no termina ahí.
Porque, como dijo uno de los asistentes, la sanación no siempre es inmediata. A veces, empieza en silencio, a la luz de una vela. Incluso si llegamos a ese momento forzados.