Reconocen a nivel nacional el campus de Universidad Carolina
El entorno en una escuela es el ‘tercer maestro’. En entrevista con VANGUARDIA, Esteban Garza Fishburn explica cómo la arquitectura de la Universidad Carolina busca convertir cada espacio del campus en una oportunidad para convivir, explorar, crear y aprender.
Una escuela no se limita a lo que ocurre dentro de sus salones. La forma en que está construida, los espacios que ofrece para convivir y hasta aquello que invita a hacer fuera del aula también pueden formar parte de la experiencia de aprender.
En semanas recientes, la arquitectura de la Universidad Carolina ha vuelto a colocar al campus en la conversación nacional. Una publicación de Milenio lo presentó como uno de los campus universitarios más inspiradores del país, destacando la integración de sus espacios con el entorno natural y una concepción de la arquitectura como parte de la experiencia educativa. La atención no es nueva: en 2021, Wallpaper Magazine incluyó a la universidad en una selección de proyectos de arquitectura educativa considerados inspiradores, mientras que la revista italiana Domus destacó la manera en que sus edificios dialogan con el paisaje y conservan los árboles existentes.
Detrás de esa propuesta existe una idea que ha acompañado el desarrollo del campus, ubicado en el Centro de Saltillo: que los estudiantes no solo lleguen a la universidad a tomar clases, sino que quieran permanecer en ella.
Para Esteban Garza Fishburn, rector de la Universidad Carolina, el primer objetivo de un espacio educativo es precisamente que a los estudiantes les guste estar en su escuela. A partir de ahí, explica en entrevista con VANGUARDIA, pueden generarse condiciones para convivir, dialogar, crear y aprender.
Esta visión se acerca al concepto del “tercer maestro”, asociado al pedagogo italiano Loris Malaguzzi, que plantea que el entorno también participa en el desarrollo de los estudiantes después de las interacciones con adultos y compañeros.
Pero ¿qué hay detrás de un campus diseñado para inspirar?
UN CAMPUS QUE CRECIÓ DESDE LO QUE YA EXISTÍA
La historia del espacio comenzó mucho antes que la universidad. La relación de la familia Garza Fishburn con esta propiedad se remonta a sus abuelos, Rosemary Carolyn Olson y Edwin Robert Fishburn, quienes llegaron a Saltillo con una fuerte vocación social y comenzaron apoyando desde su casa a jóvenes que llegaban a la ciudad para estudiar.
Con ese propósito adquirieron la propiedad donde hoy se encuentra Universidad Carolina. Ahí funcionó el Centro Estudiantil Restaumex, que ofrecía hospedaje, alimentación, becas y capacitación en distintos oficios.
Entre las construcciones que permanecen se encuentra una casona blanca de estilo californiano, edificada a finales del siglo XIX. El inmueble funcionó como consulado británico y posteriormente como casa de gobierno de Coahuila, llegando a recibir a gobernadores y presidentes de México. En 2014, con el inicio del proyecto de Universidad Carolina, el edificio recibió también a sus primeros estudiantes.
Esa historia terminó influyendo en una de las principales decisiones arquitectónicas del nuevo campus: construir sin borrar lo que ya estaba ahí.
Durante el desarrollo de la universidad se buscó conservar tanto las construcciones con valor histórico como los árboles existentes. Los nuevos edificios se distribuyeron alrededor de ellos y algunas áreas que anteriormente habían sido utilizadas para cultivo ayudaron a definir la disposición del campus, que actualmente ocupa alrededor de seis hectáreas y conserva más de 500 árboles.
DISEÑAR ALREDEDOR DE LOS ÁRBOLES
La decisión de partir de lo existente también marcó el trabajo de los arquitectos que participaron en distintas etapas del proyecto. Javier Leal planteó un campus donde el aula pudiera extenderse hacia el bosque; Chente Tapia, una arquitectura capaz de crecer junto con la universidad; Alejandro Madero, un proyecto que comenzara por comprender el lugar antes de intervenirlo; y Manuel Martínez, una visión en la que los árboles existentes también formaran parte de las decisiones de diseño: tenían derecho a permanecer ahí.
El resultado es un campus donde ladrillo, acero y concreto conviven con la vegetación, y donde los materiales también buscan construir una identidad propia.
Garza Fishburn explica que la arquitectura industrial que conoció durante sus años de estudio en Harvard fue una de sus referencias. A ella se sumó la relación histórica del ladrillo con Saltillo, un material que terminó convirtiéndose en parte de la identidad visual de la Universidad Carolina.
Su experiencia en Harvard también le dejó otra impresión: la capacidad de los espacios para generar sentido de pertenencia. Recuerda cómo la arquitectura y los edificios cargados de historia podían hacer sentir a los estudiantes parte de algo más grande, una idea que buscó trasladar a la Universidad Carolina desde una identidad propia y vinculada con Saltillo.
MÁS ALLÁ DEL SALÓN DE CLASES
La idea de que el aprendizaje también ocurre fuera del aula se refleja en algunos de los espacios que Universidad Carolina ha incorporado conforme el campus ha crecido. Uno de los más recientes es el Ágora Carolina, cuya primera etapa incluyó un auditorio y cuyo nombre retoma el concepto del ágora griega como un lugar para reunirse, dialogar y debatir.
Desde su apertura, el espacio ha recibido conferencias y encuentros con emprendedores, artistas, deportistas y otros agentes de cambio. En el mismo complejo se encuentra el FabLab, un laboratorio donde los estudiantes pueden llevar ideas a la práctica y desarrollar prototipos mediante herramientas de fabricación digital.
Para Esteban Garza Fishburn, estos espacios responden también a una transformación en lo que significa asistir a una universidad. Si buena parte de la información está disponible desde cualquier dispositivo, considera que el campus debe ofrecer experiencias que difícilmente pueden reproducirse de manera individual frente a una pantalla.
El reto, explica, ya no está únicamente en transmitir conocimiento, sino en generar condiciones para desarrollar habilidades como trabajar en equipo, comunicarse, resolver problemas, liderar y crear. Y es ahí donde, desde su perspectiva, el espacio físico sigue teniendo un papel relevante.
UN CAMPUS QUE SIGUE CRECIENDO
La Universidad Carolina comenzó con alrededor de 300 estudiantes y actualmente supera los 6 mil. En poco más de una década, el campus ha incorporado salones, laboratorios, canchas y espacios de encuentro, mientras prepara nuevas etapas del Ágora Carolina que contemplan un centro estudiantil, una biblioteca y más espacios académicos y comunitarios.
El crecimiento, sin embargo, mantiene la misma premisa que ha acompañado el desarrollo del campus: que la arquitectura no se limite a resolver dónde tomar una clase, sino que contribuya a crear un lugar donde los estudiantes quieran estar.
Aunque un edificio no sustituye a un maestro y un campus atractivo no garantiza por sí mismo una mejor educación, el lugar donde una persona pasa buena parte de su juventud sí puede influir en cómo convive, cuánto tiempo quiere permanecer ahí y qué tan libre se siente para preguntar, crear o imaginar algo distinto.