Rides Saltillo-Monclova, la terminal invisible de los foráneos en Coahuila
En grupos de Facebook se ofrecen viajes entre Saltillo y Monclova desde 200 pesos. Hice el recorrido de ida y vuelta y encontré una red informal de choferes, horarios, paquetes y pasajeros donde el ahorro puede convertirse en incomodidad y riesgo.
Me dijeron que con 500 pesos ibas y venías a Monclova. Hace unos días decidí hacer el viaje. Estas fueron las indicaciones: primero, entrar a un grupo de rides en Facebook; pedir el “aventón”; y subirte donde te indicaran.
Pensé que sería fácil, pero no.
Busqué el grupo en Facebook, lo encontré y pedí unirme. En menos de un minuto estaba dentro. Vi varias publicaciones de personas ofreciendo el servicio de salida a Monclova, Castaños y hasta Piedras Negras. Los precios iban de 200 a 300 pesos. Yo buscaba un espacio, esperando que quienes ya iban para allá, gente común, tuvieran un lugar en su vehículo.
Publiqué un día antes que necesitaba un viaje a Monclova, sin importar el horario. Primero llegó una notificación, luego otra y luego otra. Pronto aparecieron solicitudes de amistad y mensajes privados.
Mi publicación se llenó de ofertas de rides por 250 pesos. Más de 50 comentarios ofrecían el servicio.
La realidad fue que no eran únicamente conductores con un asiento vacío. Había anuncios de IA diseñados con rutas, horarios, días de operación, números de WhatsApp y precios fijos. Uno ofrecía ocho salidas de Monclova a Saltillo y ocho más de Saltillo a Monclova.
En la parte inferior señalaban que eran “confiables”.
Escogí a uno que señaló ser “particular”. Al intentar mandarle un mensaje, ya tenía uno suyo en solicitudes. “Tengo lugares disponibles”, afirmó.
El costo era de 250 pesos. Confirmamos la hora: 10:30 de la mañana en Soriana San Isidro, en la fila siete del estacionamiento.
Por todos esos datos no sentí que fuera una estafa. Las notificaciones seguían llegando y las ignoré.
Al día siguiente una mujer me escribió para confirmar el viaje; después lo hizo el conductor por WhatsApp y también me llamó para saber si ya estaba por llegar. El servicio parecía tener más de una persona encargada de coordinar pasajeros.
LA TERMINAL QUE NO TIENE LETRERO
Toda mi vida he sido saltillense y he ido, si logro recordar, unas 70 veces al Soriana donde me citaron. Y nunca me había percatado de que ahí la gente espera para dar y pedir rides a otros lugares.
Por el tipo de servicio, parece ser un espacio que sólo conocen los foráneos. Aunque también existen otros puntos menos populares como la esquina de José Cárdenas Valdez y Venustiano Carranza, al lado de la Facultad de Ciencias Químicas de la UAdeC.
Volviendo a Soriana. Hombres hablaban en grupos, con lentes, gorras y el celular en la mano. Se reían de la rutina diaria de ser chofer.
Cuando llegué, uno de ellos se me acercó. “Viaje a Monclova, jefe”, me dijo. Le di las gracias, pero le respondí que no. Él entendió que yo ya tenía viaje y se fue decepcionado a sentarse con los demás.
En el camino hacia la fila siete vi vehículos similares, Honda, Suzuki y Toyota de tres filas o “siete plazas”. Las filas dos a cinco tenían camionetas estacionadas y hombres a su alrededor.
La fila siete estaba sola. Caminé hacia allá y en ese momento llegó el conductor, con los mismos lentes oscuros de los demás, como si fueran parte del uniforme. Se bajó y olvidó mi nombre. “Carlos”, le dije. “Ah, sí. Súbete, voy al baño”.
Le tomé una fotografía a las placas antes de entrar. En ese momento llegó otra persona y me confundió con el conductor. Le dije que no era yo y que no tardaba en volver. El hombre regresó a un Camaro para esperar. Dentro de la camioneta todo estaba limpio, sin fotografías, sin aromatizantes y con los vidrios polarizados.
El conductor volvió. El joven del Camaro se acercó y le entregó un paquete. “Es papelería”, le explicó. “Ah, okei, allá lo entrego”. Después, uno de los otros choferes se acercó. Por mi pasado como conductor de DiDi pensé que habría problemas, pero se dieron la mano. El conductor subió y nos fuimos.
En el camino avisó a una mujer que ya iba rumbo a Ramos Arizpe y le pidió que informara a la próxima pasajera. Hablamos un poco. Me contó que tenían alrededor de diez años haciendo ese tipo de recorridos, que el servicio se había popularizado y que ahora todos querían llevar gente a Monclova. Por eso, dijo, sobraban carros.
En una panadería del bulevar de Ramos Arizpe nos esperaba la pasajera. Era una mujer de alrededor de 50 años. Su hija la despidió y le dijo que quizá la visitaría el próximo mes. La mujer subió sin saludar. El chofer nos ofreció una pastilla de menta. Yo la acepté; después de todo ya estaba dentro del automóvil de un desconocido. Ella se negó.
ENTREVISTA OCULTA
Durante la conversación intercalé preguntas sobre el funcionamiento de los viajes. El conductor habló de que a él le iba bien, a diferencia de algunos compañeros de generación, porque había aprendido otros oficios.
Después habló de Altos Hornos de México, de quienes se sintieron estafados por la empresa, de su importancia para Monclova y de los trabajadores que murieron esperando volver a ver la planta en funcionamiento.
Investigando, encontré que la movilidad entre ciudades tiene un trasfondo laboral. En 2024, la Asociación de Administradores en Recursos Humanos Coahuila Sureste estimaba que uno de cada cuatro empleados de la región provenía de otra ciudad.
El dato abarca toda la zona de Saltillo y Ramos Arizpe, pero ayuda a entender la demanda de traslados baratos y frecuentes.
En algún momento el conductor habló de “moches” a las autoridades, de quién supuestamente controlaba esos viajes y de personas detenidas con droga que, según él, no sabían que transportaban. Como cualquier plática de viaje, no había cómo comprobarlo.
La conversación cambió cuando una camioneta del Instituto Nacional de Migración nos rebasó y, más adelante, encendió las intermitentes.
Una persona desde el vehículo oficial nos hizo señales con una lámpara de mano. Nos detuvimos. Los agentes pidieron que bajáramos las ventanillas y preguntaron quiénes éramos. El chofer respondió, sin miedo, que éramos pasajeros y que nos llevaba a Monclova. Me observaron los ojos y después nos dejaron ir, no sin antes señalar que condujéramos con cuidado.
La camioneta oficial volvió a rebasarnos. El conductor dijo que no había problema y aseguró que transportar pasajeros era una actividad tranquila. Después afirmó que algunos operadores habían llevado migrantes por dinero, cobrando cantidades elevadas y pagando sobornos a distintas autoridades. Que de ganar veinte mil pesos por migrante, pasaron hasta poner dinero por ello y por eso ya no les salía.
Monclova se fue acercando.
El calor se veía sobre el pavimento y las naves industriales pasaban a un lado de la carretera. La pasajera bajó en lo que alguna vez fue el epicentro del COVID-19, y yo un poco más adelante. Entregué los 250 pesos y busqué dónde quedarme un rato.
Escribí algunas líneas y esperé.
REGRESO A LA CAPITAL
La tarde se fue y dieron las cinco. Busqué un lugar de regreso en el grupo de rides de Monclova. Escribí que necesitaba viajar a Saltillo saliendo desde Monclova. Me llovieron los mensajes y las ofertas. Muchos se confundieron y pensaron que buscaba salir de Saltillo; como si no les importara qué se buscara, sino ser el primero en ofrecerlo.
Aparté un lugar con una mujer que ofrecía salir a las 5:30, pero ningún DiDi quiso llevarme a la plaza de los Bomberos, donde me recogerían. Cancelé. Después encontré salidas a las siete, pero me dijeron que ya se habían llenado. Ocurrió dos veces más. Al final reservé un lugar para las ocho, la última salida de muchos, y me confirmaron desde otro teléfono.
Me tocó esperar bajo los árboles de Bomberos. Vi cómo el monumento a Francisco I. Madero hacía queso rallado con el sol del atardecer. Cuando encendieron las luces de la plaza, el chofer me llamó para avisar que ya venía. Le expliqué que apagaría el celular porque se estaba descargando la batería.
Llegó poco después. El vehículo tenía un número trece pegado a un costado y una calcomanía de Familia Seguridad Monclova en el parabrisas.
Me saludó y subí. Una mujer descansaba con el asiento reclinado hacia adelante y un hombre viajaba atrás. Esta vez fui la tercera persona que recogían. A las 8:10 nos pusimos en marcha.
En el camino llamó una mujer y le pidió que regresara porque alguien enviaría un paquete desde Aurrerá. El conductor se enojó, pero volvió cuando ya casi alcanzaba la salida de Monclova. Recibió el paquete. La mujer llamó otra vez para preguntar si había espacio para alguien más. Él respondió que primero tenía que ver cómo venían acomodados los pasajeros.
Subió a otra persona en una esquina del bulevar y luego llegó a una gasolinera para llenar el tanque. En el OXXO de la misma estación esperaban más pasajeros. Una mujer con su hijo de 10 años subió en medio y me recorrió hacia la ventana. Otro hombre buscaba lugar. El chofer pidió permiso y todos los de atrás aceptaron.
El olor a perfume y tierra se mezcló con el aire acondicionado. En el camino se sentía cómo los amortiguadores no podían con la carga. Todavía faltaba una persona más, que subió en la salida de Castaños. El servicio se adaptaba a pasajeros y paquetes mientras el espacio dentro del vehículo se hacía cada vez menor.
En el vehículo ya éramos 8 adultos y un niño de 10 años.Casi 9 personas, alrededor de 720 kilos, más las maletas y un tanque lleno de 45 litros.
Con todo esto, el carro parecía tener los amortiguadores fundidos cuando pasábamos los vados de la carretera, los sentía en los pocos glúteos que tengo y que estaban más enfocados en ir mordiendo el asiento al ver rebasar al conductor a 100 por hora en raya continua.
El niño pudo dormirse, los pasajeros de atrás también, y la mujer de adelante parecía ser la app de rides en Monclova, estaba bien muerta.
delYo, como exchofer, comencé a reconocer los síntomas de un conductor cansado. Primero fueron los chicles para mantener la mandíbula ocupada. Después se frotó los ojos una y otra vez. La cabeza le tambaleaba y las manos descansaban demasiado sobre el volante.
PAGAR POR LLEGAR
El chofer seguía atento, pero sobrevivía de la esperanza de descansar cuando llegara a Saltillo, y la única esperanza que yo tenía era al menos llegar. Me distraje con la mujer recargada en mi hombro, con el niño y con las nubes iluminadas por rayos a lo lejos sobre el desierto norestense. Una luna llena y amarilla alumbraba la carretera.
No quería molestar a la mujer; tampoco había hacia dónde moverme. Con suerte el niño despertó para preguntar el cliché de las infancias en un viaje: “¿Ya merito llegamos?”. A los tres nos dolía la espalda por la incomodidad, pero agradecí que hablara porque su voz también mantuvo despierto al conductor.
Llegamos a Ramos Arizpe sin otra detención, salvo el retén de la entrada. “Pasaje”, dijo el conductor. “Pásele”, le respondieron. Ahí dejamos a la mujer del asiento delantero y yo ocupé su lugar. La fila del medio pudo descansar un poco. Más adelante bajó otro pasajero cerca de Costco.
El camino se hizo cada vez más corto hasta llegar otra vez al Soriana San Isidro, ese monumento a la nostalgia ochentera que se vuelve tétrico de noche.
Durante el regreso no pude platicar con el chofer, pero sí pude pagarle. “Ya quedaron sus 300”, le dije. Eran cincuenta más por sacarme de Monclova.
En total, el viaje redondo me salió en 550 pesos en un vehículo en el que yo no estaba asegurado si ocurría algún percance, ni menos ir cómodo. Muy diferente a irte en camión que sale en 1,200 pesos.
Ahí ya sólo es escoger entre seguridad o economía, no ambas; comodidad o urgencia, no las dos. Bajé mareado del vehículo y ahora sólo me faltaba escoger entre pedir un Didi o un taxi y volví a los dilemas de los rides a Monclova, al menos esta vez no pagaría 300 pesos para que me regresaran a casa, ¿o ese es otro tema?