Mirador 17/08/2026

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Opinión
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En aquellos años, la gente creía, según las enseñanzas de la Iglesia, que al morir un cristiano afrontaba de inmediato su ‘juicio particular’

Cuando murió don Ignacio de la Peña y Peña, patriarca de la hacienda de Ábrego, su viuda detuvo a las mujeres que iban a amortajar el cadáver para la sepultura.

–No lo toquen –les ordenó–. Todavía está caliente. Eso significa que se halla en la presencia del Justo Juez esperando su premio o su castigo.

En aquellos años, la gente creía, según las enseñanzas de la Iglesia, que al morir un cristiano afrontaba de inmediato su “juicio particular”. Ante el Señor debatían el ángel de la guarda del difunto y Lucifer. El demonio enumeraba las culpas del muerto; el ángel actuaba como su abogado defensor. Al final de los alegatos, el Supremo Juez dictaba la sentencia: infierno, purgatorio o paraíso. La frialdad del cuerpo era señal de que el juicio había terminado ya. Entonces sí el cadáver podía ser amortajado y puesto en el ataúd.

¡Cuántas cosas creían nuestros abuelos!

Tiempos pasados eran ésos, claro.

Tiempos pasados serán también los nuestros.

¡Hasta mañana!...

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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