Un animal ciego buscando su nombre: extrañar lo que no tiene forma
Inquietudes sobre esa sensación difusa de extrañar algo que no podemos nombrar: una persona, una ciudad, una vida no vivida, un futuro cancelado o una parte de nosotros que se desprende sin hacer ruido
Algo me falta. O alguien. Quizá un lugar. Tal vez un pensamiento, una emoción, una versión de mí que se quedó atorada en alguna parte y no tuvo la cortesía de avisarme. Es como si ese algo se me hubiera desprendido del ser y ahora estuviera en proceso de borrado, de desenraizamiento, de lenta evaporación. Una cosa invisible que no cae al suelo ni deja mancha ni hace ruido, pero igual se va.
El conflicto no es que se vaya, sino que nosotros nos quedamos conscientes de lo incompleto.
La sensación es difusa. Neblinosa. Miope. Ni siquiera puedo nombrarla. Se siente como un animal ciego en medio del pecho buscando su nombre.
Pienso mucho en esto últimamente mientras contemplo el arroyo Ceballos. En diferentes momentos, en distintas partes de la ciudad, he vivido cerca de este largo brazo hídrico de Saltillo. Estuvo en toda mi niñez, adolescencia y juventud. Después estuvo cerca cuando el COVID me poseyó.
Este arroy es, desde hace tres años, mi primera vista del mundo exterior cuando abro la puerta, cuando paso tiempo en el jardín de la terraza o miro por la ventana de mi estudio.
El arroyo Ceballos nace en la Sierra de Zapalinamé, a mil 540 metros sobre el nivel del mar, y se extiende por 18 kilómetros hasta unirse, ya muy al norte, con el Arroyo del Pueblo, antes de entrar a Ramos Arizpe. Me han dicho que ya unificados estos cuerpos, junto con otras aguas, pasan cerca de la planta DEACERO. Pero no me consta. A pesar de ver los mapas, no me consta, porque necesito verlo.
Tampoco lo he recorrido todo. Pero sí bajé a su cuerpo y anduve en él, sobre rocas y montículos de tierra. Trepé sus laderas. Cacé insectos. Vi serpientes. Encontré objetos que parecían brujería. Había malandros haciendo negocios. Parejas a media ropa teniendo sexo. Una persona sobreviviendo por varias semanas en una formación cavernosa. Cadáveres de animales. Lo vi incendiarse varias veces. Verde siempre, aun sin una creciente notable.
Innumerables balones de fútbol, pelotas de béisbol terminaron adentro del pedazo del arroyo que yo consideraba tan mío como el de cualquiera que viviera cerca. Qué estúpido pensarlo así cuando en realidad fuimos todos quienes llegamos y nos asentamos cerca suyo.
Varias veces tuve que salir corriendo antes de que la corriente llegara desbocada por las lluvias invisibles del sur y me llevara. Después de alguna tormenta, los vecinos de la colonia nos reuníamos en el terreno alto para ver qué tan lleno iba. Aunque cuando en efecto iba lleno, se le escuchaba rugir desde varias cuadras.
En 2009, un auto salió proyectado hacia el cauce al impactar con la cuneta yendo a toda velocidad. La conductora estaba ebria. Llegaron bomberos, protección civil y una grúa terminó jalando el vehículo con una cadena.
En algún momento entre 2010 y 2015, no lo recuerdo bien, un concesionario de la Comisión Federal de Electricidad privatizó unos 150 metros del acceso a ese arroyo colocando una maya. Mis padres y mi hermano recuerdan que fue alrededor de 2012.
Adentro hacían trabajos de reparación. Había material de construcción y algunos postes de luz en la tierra. Un letrero decía que era propiedad de la CFE. Los trabajadores se molestaban si te asomabas a espiar.
Lo que no tenemos claro es en qué fecha ese terreno privado fue cedido por un concesionario de la comisión a una organización religiosa que terminó sumando algunos metros más.
El arroyo no desapareció. Sigue ahí. No se fue del mapa, ni del cauce, ni de la ciudad. Lo que cambió fue el acceso. La forma de mirarlo. La posibilidad de bajar. El niño que se metía en su cuerpo sin pedir permiso. La ciudad que todavía tenía huecos por donde uno podía extraviarse tantito sin que todo estuviera cercado, administrado, vigilado, privatizado o convertido en propiedad de alguien más.
Quizá por eso me inquieta tanto. Porque no sé si extraño el arroyo o si el arroyo se volvió la entrada a otra pérdida más honda. O si esta es una forma del arroyo de reclamarme a mí por ser suyo sin darme cuenta.
Pero me rendí. No intenté bajar otra vez. No le lloré. No me despedí porque seguí considerando que ahí estaba. No investigué ni protesté ni derribé bardas por su privatización. Y solo hasta ahora que lo escribo, me enoja y me avergüenza.
Le conté parte de esto a mi psicoanalista. Toda la rareza de extrañar eso no nombrable y que el arroyo tenía algo que ver.
Me cuestioné si lo que extraño es todo eso que evoca la imagen de ese cuerpo de agua. Y aunque por el acompañamiento previo y las cosas que hemos trabajado en los últimos años, las reflexiones se iluminaron hacia otros temas que no son relevantes para este texto, continúa esa especie de zozobra en donde no alcanzo a identificar un “antes” perfectamente enmarcado contra el cual comparar esto.
Hay apenas una sospecha. Una fisura. Una pregunta caminando a oscuras que se repite: ¿Qué estoy extrañando cuando no sé qué extraño?
La lengua, que a veces parece una casa inmensa y a veces un cuarto demasiado chico, ofrece sus herramientas. Extrañar. Añorar. Echar de menos. Nostalgia. Melancolía. Saudade. Morriña. Sehnsucht. Toska. Hiraeth. Anemoia. Solastalgia. Palabras hermosas, raras, extranjeras o apenas nuestras. Palabras como frascos donde generaciones enteras metieron sus fantasmas para que no se les desbordaran.
Pero ninguna alcanza del todo.
Escarbo en la etimología. Extrañar viene de extraño. De lo ajeno. De lo que está afuera. Ahí, creo, hay una crueldad escondida: cuando extrañas algo, no solo reconoces que falta; también aceptas que se volvió extraño. Que aquello que fue íntimo ahora está del otro lado. Que lo familiar migró. Que una parte de tu mundo se salió de ti y ahora te mira desde la banqueta como si nunca hubiera dormido contigo.
Como un arroyo privatizado.
Extrañar me parece un verbo más raro de lo que aparenta. En el uso cotidiano pide un objeto. Extraño a mi madre. Extraño a mis amigos. Extraño mi ciudad. Extraño una época. Extraño la nieve. Extraño una canción. Extraño la casa donde crecí.
La gramática quiere orden. Pero el cuerpo no siempre trabaja con sintaxis. A veces solo dice: falta. Y uno, ciego animal verbal, se queda tratando de descifrar eso.
Freud se acercó a ese abismo en 1917, en “Duelo y melancolía”, cuando separó el duelo de la melancolía con una diferencia terrible: en el duelo, el sujeto sabe qué perdió; en la melancolía, la pérdida se sustrae de la conciencia.
El mundo puede hacerse pobre y vacío, sí, pero también puede empobrecerse el propio yo. No porque uno quiera dramatizar, sino porque algo perdido se puede hundir tan hondo que ya no aparece como objeto, sino que se diluye en las entrañas, haciéndose indivisible de la persona.
No me interesa usar a Freud como médico de mi desconcierto. No quiero decir: esto que siento es melancolía clínica, ni volver patología lo que quizá sea una forma de lucidez. Pero hay algo en esa hipótesis que me persigue: la posibilidad de haber perdido algo sin poder llevarlo a la parte enunciable de la conciencia.
Haber perdido algo y, por lo tanto, no poder llorarlo bien. Haber perdido algo que, por no tener nombre, se disfraza de culpa, cansancio, irritación, desgano o deseo de desaparecer de todas las conversaciones.
Quizá por eso, ciertas mañanas, uno despierta como si durante la noche hubiera sido abandonado por una parte de sí mismo. Revisa el celular. Contesta mensajes. Se prepara café. Abre la computadora. Lee noticias. Finge esa moderada competencia funcional que sostiene al mundo. Pero adentro hay un cuarto vacío que antes no estaba. O sí estaba, pero uno no lo había visto.
Y no, este no es un llamado para los desposeídos. No es un clamor en busca de empatía, ni de un sentimiento universal o lástima. Es solo un trazo inexacto y personal. Una maldición que cargar en silencio y solo.
Quizá por eso también el arroyo me persigue. Porque no sé si lo perdí. No exactamente. No del todo. No como se pierde una persona, una casa, un objeto, un animal. El arroyo sigue ahí, pero ya no es el mismo en mí. O yo ya no soy el mismo frente a él. Y a veces pienso que esas son las pérdidas más raras: las cosas que no se van, pero dejan de pertenecernos.
No sé qué falta. Y si no sé qué perdí, no sé dónde buscarlo. Si no sé qué extraño, cualquier cosa puede convertirse en sospecha: una canción ligeramente conocida, una calle, una fotografía mal tomada, el olor del polvo después de una lluvia pobre, una frase escuchada a medias, una luz dormilona que atraviesa la ventana una tarde de domingo, una prenda de ropa arrugada en el fondo del clóset, el silencio raro después de una fiesta, el rostro de alguien que no conozco pero que dispara una vida posible.
Quizá todo extrañar sin objeto sea una investigación sin escena del crimen. Nos condena así a caminar entre pistas falsas.
La nostalgia, entonces, ofrece una trampa. Dice: lo que buscas está atrás. Regresa. Vuelve al barrio. Vuelve a la infancia. Vuelve al primer amor. Vuelve a la ciudad antes de que la ciudad se volviera otra cosa. Vuelve a la música que escuchabas cuando todavía creías que la vida se abriría como una carretera limpia. Vuelve, vuelve, vuelve.
Estos cuasidelirios me han hecho pensar si extraño la ciudad. Ciertamente, cada vez habito más un Saltillo que me es ajeno. En parte por el trabajo, en parte por el uso del auto, en parte por mi búsqueda de comodidad y mi tendencia hacia el aislamiento.
A cambio, he leído más que nunca en los últimos años. Y mientras agradezco eso, también sé que me hace habitar una suerte de umbral. Leo más y camino menos. Pienso más y converso menos. Escribo más y me expongo menos. Me hice, sin demasiada resistencia, una criatura de interiores. Un hombre reducido a mirar el arroyo desde la ventana.
¿Es esta sensación una llamada a caminar nuevamente, sin rumbo, por la capital? ¿A platicar con extraños? ¿A incomodar al mundo? ¿A volver al arroyo aunque ya no se pueda entrar por donde antes se entraba?
No sé. No siempre hay regreso. Y cuando lo hay, casi nunca sirve.
Svetlana Boym distinguió entre nostalgia restaurativa y nostalgia reflexiva. La primera quiere reconstruir la casa perdida como si fuera verdad absoluta; la segunda habita la ambivalencia, la contradicción, el deseo mismo de regreso sin convertirlo en mandato. La restaurativa quiere levantar templos. La reflexiva sabe que a veces la ruina dice más que la réplica.
Me interesa esa diferencia porque no quiero escribir un ensayo para idealizar lo perdido. No quiero decir que antes todo era mejor. Esa frase, además de falsa, suele ser políticamente peligrosa y literariamente floja.
Antes también había miedo, enfermedad, violencia, pobreza, abusos, soledad, silencios obligatorios. Tal vez lo olvidamos porque nada de eso se preserva en las fotografías. ¿Quién tiene ganas de abrirse el cuerpo y mostrarlo todo hoy en día? La memoria tiene vocación de maquillista. Retoca. Suaviza. Quita bolsas bajo los ojos. Cambia la luz. Selecciona una canción adecuada. Todo lo cubre si se lo permites.
Y no. Lo que me ocurre no es querer volver a nadie ni a algo ni a ningún lugar.
Parece ser peor. Extraño algo que quizá nunca estuvo completo.
Eso vuelve el asunto más estrábico. Porque una parte del extrañar así, sin objeto ni destinatario, implica no mirar hacia atrás, sino hacia adelante.
Ernst Bloch, en su filosofía de la esperanza, pensó el mundo como algo inconcluso, atravesado por el todavía-no. No vivimos solo entre lo que fue y lo que es, sino entre lo que podría ser y no ha llegado. El deseo no siempre persigue una pérdida; a veces persigue una posibilidad.
La psicología también se acercó a ese territorio con la palabra alemana Sehnsucht, difícil de traducir sin mutilarla. Susanne Scheibe, Alexandra Freund y Paul Baltes la estudiaron como life longings: anhelos intensos por estados o realizaciones alternativas de vida.
En su trabajo de 2007 la describen con seis características centrales: ideal utópico, sensación de incompletitud, foco simultáneo en pasado, presente y futuro, emociones ambivalentes, reflexión sobre la vida y riqueza simbólica. Trabajaron con datos de 299 adultos de 19 a 81 años y encontraron que estos anhelos podían orientar el desarrollo y ayudar a manejar la incompletitud, aunque cuando eran frecuentes e intensos se asociaban con menor bienestar.
Es decir, no extrañamos solo lo que perdimos; también extrañamos lo que no alcanzamos a ser.
La persona que pudimos amar si hubiéramos sido menos cobardes. La obra que pudimos escribir si hubiéramos tenido más disciplina o más suerte o menos miedo. La ciudad que pudimos construir si no hubiéramos confundido progreso con cemento, movilidad con autos, futuro con fraccionamientos cerrados. La familia que pudo sanar. El cuerpo que pudo no enfermar. La amistad que pudo sobrevivir. La versión de nosotros que, en otro pliegue del tiempo, hizo lo correcto.
¿Se puede extrañar una vida no vivida?
Creo que sí.
Y creo que muchas veces eso es lo que nos duele sin nombre. No una pérdida concreta, sino el rumor de todas las cosas descartadas.
Hay quien dice que vivir es elegir. Puede ser. Pero también es ir dejando cadáveres posibles a la orilla del camino. A cada decisión le corresponde un cementerio. Uno que no siempre está a la vista y cuando se le llega a mirar de reojo... bueno. Sería insoportable. Pero a veces, sin aviso, algo abre la reja y escapa y nos araña la piel.
Entonces extrañas al hijo que no tuviste. El país del que te fuiste. El país del que no te fuiste. La carrera abandonada. La casa que no compraste. El viaje que no hiciste. La conversación donde debiste pedir perdón. La juventud que desperdiciaste creyendo que era infinita. La persona que eras antes de saber ciertas cosas. O peor: la persona que nunca alcanzaste a ser antes de que la realidad te subyugara.
Uno también puede extrañar la ciudad que no fue. El arroyo que pudo ser parque sin volverse postal barata. La ribera que pudo ser espacio común. El barrio que pudo mirar al agua sin encerrarla tras bardas. La infancia que pudo seguir bajando sin pedir permiso. El Saltillo que pudo crecer sin volverse tan enemigo de sus propios cuerpos: el de agua, el de piedra, el de árboles, el de peatones, el de memoria.
Quizá por eso esta falta no tiene forma. Porque no es una sola cosa. Es una suma. Una corriente subterránea. El ruido de muchas pérdidas pequeñas arrastrando piedras en la noche.
Los portugueses le pusieron una palabra muy cerca de esto: saudade. Se suele explicar como una añoranza dulce y dolorosa por algo ausente, pero cualquier definición se queda corta y un poco turística. Hay aproximaciones poéticas mucho mejores y más esclarecedoras que esta.
La saudade no es solo extrañar a alguien que se fue. Es sentir la presencia de una ausencia. Un hueco que no está vacío, sino lleno de aquello que no está. Los gallegos tienen morriña. Los rumanos, dor. Los galeses, hiraeth. Los rusos, toska. John Koenig inventó anemoia para nombrar la nostalgia por un tiempo que nunca se vivió.
Cada palabra parece decir lo mismo desde otro cuarto.
Me conmueve que las lenguas hagan eso: construir pequeñas habitaciones para dolores específicos. Como si cada cultura hubiera detectado una humedad distinta en las paredes del alma y hubiera dicho: esto también necesita nombre.
Pero incluso esas palabras, tan bellas, tan útiles, tan prestadas, no resuelven del todo la sensación. Más bien la acompañan. La vuelven conversable. Le ponen una silla. La invitan a quedarse sin destruir la casa.
Pauline Boss llamó pérdida ambigua a esas pérdidas sin cierre, sin certeza, sin cadáver simbólico suficiente. Una persona puede estar físicamente ausente pero psicológicamente presente, como ocurre con desaparecidos, migrantes, presos, cuerpos no encontrados; o físicamente presente pero psicológicamente ausente, como ocurre en ciertos deterioros cognitivos o enfermedades que cambian la relación con alguien amado.
Thomas Attig, por su parte, trabajó el duelo no reconocido, ese dolor al que otros le niegan legitimidad. No tienes derecho a sufrir tanto. No era para tanto. Ya supéralo. Ni que fuera tu familiar. Ni que hubiera sido tu pareja oficial. Ni que un animal contara. Ni que una casa contara. Ni que una ciudad contara. Ni que una versión de ti mismo contara. Attig entiende esa negación como una falla ética y social: quitarle a alguien el derecho a duelar es también quitarle una parte de su humanidad.
Esta idea me parece central porque hay extrañamientos que no encuentran público. No se anuncian. No tienen velorio. No convocan abrazos. No reciben flores. Nadie lleva comida a tu casa porque estás de luto por una posibilidad. Nadie te da tres días de permiso laboral porque ya no reconoces la ciudad donde naciste. Nadie te pregunta cómo sigues después de que murió el futuro que imaginabas a los veinte años.
Nadie te dice: lamento mucho que hayan cercado el arroyo de tu infancia.
Y sin embargo, ahí está.
Hay pérdidas que no parecen pérdidas porque el mundo sigue funcionando. Abren los supermercados. Los carros avanzan. Los semáforos cambian aunque a veces no sirvan para nada. La gente sube historias. El algoritmo recomienda canciones. Alguien se casa. Alguien vende una casa vieja. Alguien tira un edificio. Alguien dice que así es el progreso. Alguien insiste en que no pasa nada.
Pero sí pasa. Pasa que un lugar puede irse sin moverse.
Glenn Albrecht propuso el término solastalgia para nombrar la angustia producida por el cambio ambiental que afecta a personas mientras siguen conectadas con su entorno. A diferencia de la nostalgia, no exige distancia física: no extrañas una casa porque te fuiste, sino porque la casa dejó de ser casa mientras tú seguías adentro.
Pienso en Saltillo. No como postal ni como orgullo municipal ni como esa cantaleta insoportable de “la ciudad donde todos se conocen”. Pienso en Saltillo como un animal que cambia de piel demasiado rápido. Una ciudad que se presume a sí misma mientras se vuelve menos caminable, más caliente, más cara, más dura, más hostil. Una ciudad que a veces parece practicar una forma de autodesprecio: derribar lo que la vuelve única, encerrar lo que queda, vender el horizonte por metro cuadrado.
Saltillo, una ciudad que mata edificios, ignora peatones, pierde frío, pierde agua, pierde clima, pierde memoria y luego se toma fotografías junto a su propio cadáver.
Quizá parte de lo que extraño, aunque no lo sepa decir, es una ciudad que todavía no terminaba de irse. O quizá una ciudad que me está invitando a irme.
Me pregunto si el arroyo no es también eso: una herida urbana que aprendí a mirar como si fuera paisaje. Una cicatriz abierta en la tierra, usada para dividir colonias, recibir basura, esconder miedos, alimentar incendios, conducir agua furiosa cuando llueve donde uno no ve. Un cuerpo atravesando la ciudad sin que la ciudad sepa muy bien qué hacer con él.
Tal vez me reconozco demasiado en eso.
Naomi Eisenberger, Matthew Lieberman y Kipling Williams mostraron en un estudio de resonancia magnética de 2003 que la exclusión social activaba regiones asociadas con la experiencia afectiva del dolor físico, como la corteza cingulada anterior. No significa que un rechazo sea idéntico a romperse una pierna, pero sí que el cuerpo no separa tan limpiamente lo emocional de lo físico como nos gustaría creer.
Esto me importa porque solemos tratar el extrañar como una metáfora. Me duele tu ausencia, decimos. Me parte. Me pesa. Me arde. Me falta el aire. Y tal vez la lengua común sabe más que nuestras ganas de sonar razonables. Tal vez no son adornos. Tal vez el cuerpo realmente organiza la pérdida.
Sara Ahmed ayuda a complejizarlo todavía más: las emociones no son simplemente cosas privadas guardadas dentro de un individuo; se forman en contacto con objetos, cuerpos, historias, normas. Los cuerpos toman forma por los contactos que tienen con otros, dice Ahmed, y las emociones producen superficies, límites, orientaciones.
Entonces, el extrañar no ocurre solo dentro de mí. No es mi pequeño drama personal encerrado en una caja torácica. Extrañar también es una forma de relación con el mundo. Una orientación. Una manera de inclinarse hacia lo ausente, hacia lo perdido, hacia lo posible, hacia lo que no termina de aparecer.
Por eso vuelvo al arroyo. Porque me orienta. No me explica, pero me orienta. Me dice: mira aquí. Mira esta agua que casi nunca ves. Mira esta barranca que fue juego, peligro, ruta, frontera, escondite, sonido. Mira este lugar que no se fue, pero se volvió extraño. Mira cómo algo puede seguir estando y aun así perderse. Mira cómo una parte de ti todavía intenta bajar.
Roland Barthes escribió La cámara lúcida después de la muerte de su madre y entendió que toda fotografía contiene una noticia fúnebre: la foto, incluso la más feliz, ya viene cargada con su propio duelo.
Hace unos días, mi hermano le regaló a mi papá un portarretratos en donde estamos con él de niños en tres fotografías diferentes. Son fotos de hace más de 30 años. En una aparecemos todavía con esa torpeza limpia de los niños que no saben que están siendo archivados para el futuro. En otra, mi papá nos carga o nos rodea o está cerca, ya no importa la precisión porque la memoria, como dije, también maquilla. Hay juguetes. Sonrisas. Complicidad.
En todas hay algo insoportablemente vivo. Y claro que me dio gusto verlas, pero pensé irremediablemente en la muerte de mi viejo.
No es la primera vez. Llevo varios meses pensando mucho en eso también. A varios amigos les ocurre igual. Supongo que estamos en esa etapa en donde la muerte de los padres deja de ser algo lejano, temido y ominoso, para convertirse en una promesa que empieza a tomarte fuerte de la mano. Una amiga me ha dicho que ha tenido pesadillas con eso y no sabe bien cómo enfrentarlo ni cómo hablarlo.
Hay una violencia discreta en mirar una foto familiar y descubrir que el tiempo no está detrás, sino adentro de la imagen. Que todos los cuerpos retratados avanzan hacia algo. Que el padre de la foto y el padre de ahora son el mismo hombre, pero al mismo tiempo no. Una forma contemporánea de releer a Heráclito. Que los niños de esa imagen ya no existen, aunque las caras son parecidas, y las posturas las mismas, pero ahora tenemos algunas canas y el miedo sabe hablarnos por nuestros nombres.
Quizá también extraño eso.
No la infancia, porque la infancia tampoco fue un jardín intacto. Sino la ignorancia bendita de no saber todavía cuántas cosas se iban a perder. La posibilidad de estar en una fotografía sin escuchar, desde el futuro, el galope bajo de la muerte.
Releí en la segunda mitad de mayo “El extranjero” de Albert Camus. Y su potente arranque volvió justo al ver esas fotos. “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer”.
Mucho se ha dicho que esa frase tanto exalta el absurdo de forma estética como revela la indiferencia de Meursault (el protagonista de la novela) y enmarca su incapacidad para sentir lo que debía sentir frente a la muerte de su madre.
Lo que a mí más me incomoda es que la noticia llega como telegrama difícil de fechar. Un trámite impersonal.
¿Cómo me enteraré yo de esto cuando ocurra? ¿Será mi madre quien llame? ¿Mi hermano? ¿Alguien en un hospital? Será por videollamada. Un audio. Un mensaje. Alguien de la familia se adelantará y lo subirá a redes. Recibiré un correo electrónico. ¿Habrá escrito mi padre una carta? ¿Estaré a su lado? ¿Le sostendré de la mano? ¿Podrá verme a los ojos diciéndole todo?
Fue papá quien por primera vez me hizo pensar en su propia muerte. Una tarde viscosa de 1996. Quizá era el 97. Llegábamos, junto con mi madre, a una tienda de pisos, azulejos y material para construcción que estaba en Venustiano Carranza. Antes de entrar, él me preguntó casual: ¿qué vas a hacer cuando tu mami y yo nos muramos?
Es uno de los primeros recuerdos del miedo que tengo. El más real y alejado de los monstruos imaginarios. Recuerdo vacío extendiéndose desde el estómago y helando mi cuerpo. Seguí avanzando como si nada, agarrado de su mano. Y fingí no escuchar. Incluso cambié el tema a sabe qué cosa irrelevante.
Mi madre debió ver mi cara desencajada y lo reprendió en voz alta: para eso faltaba mucho. Así, mi desesperanza momentánea terminó disolviéndose en la rutina.
Todavía sobre libros y las figuras de crianza, recientemente mi esposa me llevó a Sanborns a comprar libros. Entre otros títulos más recientes, elegí uno que no he leído. “Carta al padre” de Franz Kafka. Es la edición Debolsillo de Penguin Random House.
Y ya con algunos de estos pantanosos pensamientos en la cabeza, no he podido pasar de las primeras líneas: “Queridísimo padre: No hace mucho me preguntaste por qué afirmo tenerte miedo. Como de costumbre, no supe qué responderte, en parte precisamente a causa de ese miedo que te tengo y en parte porque para explicarlo necesitaría tener presentes más factores de los que no soy capaz de manejar al mismo tiempo cuando hablo”.
Hasta ahora, ese arranque ni siquiera se acerca a la relación que tengo con mi viejo, que es más bien de amor, cercanía y mucha presencia. Nada que se acerque al miedo o al terror. Pero no he podido avanzar. Llevo semanas releyendo esa frase.
En la última sesión con mi psicoanalista, me preguntó: ¿Por qué la paternidad te parece algo tan arrollador? Y así como en el libro, tampoco he podido responder.
Y entonces está el arte. Me he alejado mucho de toda la escena artística que me era tan propia. Estoy pensando en volver. Volveré. He escrito mucho también y no he hecho nada con esas letras. ¿Qué necesito?
Una mirada menos idealista, y quizá con algo más de conciencia de clase, empuja la pregunta hacia otro sitio: las condiciones materiales, los privilegios, la mirada en el espejo.
Porque sería cómodo, demasiado cómodo, volver todo esto un problema de sensibilidad, de temperamento, de vocación herida, de crisis personal o de neurosis literaria. Sería incluso una forma refinada de evasión: quedarme en el animal ciego, en el arroyo, en la ciudad perdida, en la infancia clausurada, en el padre que algún día morirá, en la escritura que no encuentra cauce.
Todo eso está ahí, sí. Pero también hay una lectura más áspera, menos disponible para la metáfora.
Pienso en el periodismo, claro. Que me ha dado forma los últimos 17 años. Y no pienso en él como institución heroica ni como ruina noble, sino como oficio atravesado por una crisis que ya dejó de ser únicamente económica o tecnológica para volverse existencial. Al menos para mí.
Las transformaciones que atraviesa la industria periodística —cambios acelerados en los modelos de negocio, en las lógicas de producción, en la relación con las audiencias, la decadencia del impreso y en el rol mismo del contenido dentro del ecosistema digital— no solo han modificado el oficio, sino que lo han desplazado hacia una lógica donde el valor parece residir menos en lo que se dice y más en su capacidad de circular, de apartentar y de mentirse a sí.
En ese sentido, muchas veces tengo la impresión de que el periodismo contemporáneo ya no produce tanto significado como sí simulaciones de significado: contenido que aparenta profundidad, pero que en realidad opera dentro de una lógica de repetición y consumo inmediato.
Un periodismo que desprecia la realidad, desprecia las fuentes, desprecia a sus lectores y no encuentra su comunicación con la posverdad.
Durante años se nos dijo que el problema era adaptarse: entender las plataformas, producir más rápido, leer las métricas, dominar nuevos formatos, hablarles mejor a las audiencias, aceptar que el mundo había cambiado. Todo eso es cierto. Pero también es insuficiente. Porque en algún punto la adaptación empezó a parecerse demasiado a la domesticación.
El olfato, el instinto, el talento, las piezas que incomodan a quienes tienen que incomodar, la investigación lenta, la crónica paciente, la frase que no quiere salir corriendo, la mirada que se toma en serio su derecho a demorarse, todo eso fue quedando subordinado a otras fuerzas: el SEO, los algoritmos, la ansiedad por aparecer en rankings, la optimización de lo inmediato, el mal uso de la inteligencia artificial, la repetición disfrazada de estrategia, los malditos egos.
No porque esas herramientas sean, por sí mismas, el enemigo. El problema nunca es tan simple ni así de visible. El problema es cuando dejan de ser medios para ampliar la mirada y se convierten en formas de administrarla, reducirla, volverla dócil.
Al final, esas cosas nos llevan por cualquier camino a la subordinación irreivindible de los poderes hegemónicos. Todos. Llámense como se llamen. Seamos quienes seamos.
Pero más allá de entender este panorama, he comenzado a percibir una distancia cada vez mayor entre lo que la industria demanda y aquello en lo que creo, en lo que me interesa construir, en lo que soy.
Entiendo que este es un trabajo y que, como en otras industrias, los factores son siempre apremiantes. Pero la instrumentalización de las pasiones en pos de aliviar dichos problemas me genera, en estos días más que nunca, un asco profundo.
Pero me estoy yendo otra vez a lo inmaterial. Me corrijo.
Intentaré decirlo de una forma menos elegante: ninguna vocación se sostiene eternamente sobre incertidumbre, sueldos irregulares, prestaciones inexistentes o incompletas, seguridad social frágil, trámites imposibles, recibos dudosos, promesas administrativas, cansancio normalizado y esa pedagogía silenciosa que enseña a los trabajadores a agradecer la oportunidad mientras aprenden a vivir sin garantías.
La precariedad no siempre llega gritando.
No encuentro hoy un lugar claro entre el periodismo que considero valioso y el periodismo que soy capaz de hacer. Y eso me avergüenza un poco, porque soy también una prueba de privilegios que puedo nombrar: he tenido espacios, libertades, maestros, afectos, lecturas, viajes, reputación, oportunidades que otros no han tenido.
Pero incluso desde ahí, o quizá precisamente por eso, las condiciones que observo de cerca y de lejos amenazan con algo más profundo que el simple cansancio.
No lo digo como acusación contra un lugar preciso. Sería injusto y también demasiado fácil. Hay casas editoras que pueden ser nobles en una zona y violentas en otra. Pueden dar libertad para escribir y, al mismo tiempo, fallar en lo que sostiene materialmente esa libertad. Pueden formar, abrir puertas, cuidar ciertas intuiciones, permitir hallazgos, y aun así reproducir condiciones que vuelven incierto el porvenir de quienes trabajan ahí. Las contradicciones no cancelan la gratitud, pero la gratitud tampoco debería servir para clausurar la crítica.
El periodismo, en su forma industrial, se parece cada vez más a una maquila informativa que se esfuerza en desquiciarte. Produce piezas, empaqueta atención, ordena flujos, mide rendimientos.
Como cualquier otra expresión del capital, tiende a beneficiarse a sí mismo, a perpetuar las condiciones que lo generan, a volver reemplazables a quienes lo sostienen.
El trabajador de la información vende tiempo, nervio, lenguaje, sensibilidad, criterio. Vende incluso su capacidad de indignarse. Y cuando esa capacidad se agota, se le pide entusiasmo. Cuando el entusiasmo falla, se le pide compromiso. Cuando el compromiso ya no alcanza, se le recuerda que afuera hay alguien dispuesto a hacer lo mismo por menos.
Hay algo obsceno en eso. No por excepcional, sino por común. Porque la industria no necesita decirlo con crueldad para hacerlo funcionar.
Basta con organizar la vida de tal manera que cada quien termine explotándose solo, administrando su propio deterioro, confundiendo responsabilidad con autoabandono, creyendo que el problema es individual cuando muchas veces es estructural.
Entonces uno se pregunta por qué está cansado, por qué escribe menos, por qué ya no camina, por qué ya no conversa, por qué el cuerpo se vuelve una oficina pequeña llena de pendientes viejos. Y quizá una parte de la respuesta es brutalmente sencilla: porque el trabajo se comió zonas de la vida que no le correspondían.
Y así como lo advirtió Mark Fisher, en verdad parece más fácil pensar en el fin del mundo, que en cualquier otra alternativa.
Quizá lo que extraño es parte de eso: una relación menos rota con el oficio. No un periodismo puro, porque eso nunca existió. No una redacción romántica llena de humo, café y épica. No una edad de oro que probablemente fue injusta, masculina, jerárquica, precaria y ciega para mí mismo.
Extraño, más bien, una promesa: la de que escribir podía ser una forma de intervenir el mundo y no solo de alimentar su circulación nerviosa. La de que pensar podía tener un lugar dentro del trabajo y no ocurrir siempre después, a escondidas, cuando el cuerpo ya está molido. La de que una vocación no tendría que defenderse todos los días de las condiciones que la exprimen.
En fin.
A veces sospecho que esta falta no pide regreso, sino movimiento. No volver al mismo lugar, porque el mismo lugar ya no existe. No recuperar al niño que bajaba al arroyo, porque ese niño hizo lo que pudo y se fue. No restaurar una ciudad que también era injusta, desigual, violenta, contradictoria. Sino mover algo. Reabrir un cauce. Desazolvar por dentro. Dejar que vuelva a correr lo que se quedó estancado.
Haciendo memoria inexacta de mis últimas lecturas, Marcel Proust necesitó una magdalena para que el pasado lo asaltara con violencia dulce. Virginia Woolf llenó un día cualquiera de fantasmas interiores. W. G. Sebald escribió como quien camina entre ruinas que no siempre están a la vista. Anne Carson convirtió el duelo en algo sublime. Cristina Rivera Garza buscó a Liliana contra el crimen de su ausencia. Sara Uribe hizo hablar a los muertos de Antígona González para impedir que el lenguaje oficial terminara de matarlos.
Puedo estar equivocado al citarlos, porque lo hago justo desde la fútil confianza en lo que recuerdo. No quiero hacerlo de otra forma.
Lo que sí me consta es que la literatura sabe esto desde siempre: recordar no es recuperar. Es más, pareciera que hacerlo es volver a perder con más detalle.
El problema del extrañar sin objeto es que no hay anécdota para repetir noventa y nueve veces. No hay una escena central. No hay una carta, una llamada, una despedida. No hay mesa donde poner flores. No hay cuerpo que vestir. No hay expediente que abrir. No hay siquiera una fotografía segura.
A veces pienso que internet multiplicó esta sensación. No la inventó, por supuesto. Sería absurdo culpar al Wi-Fi de la metafísica humana. Pero sí la volvió más visible, más cotidiana, más pegajosa.
Uno puede pasar horas mirando imágenes de épocas que no vivió, casas abandonadas donde nunca estuvo, centros comerciales vacíos de otro país, videos de ciudades grabadas en VHS, habitaciones renderizadas como sueños de baja resolución, canciones japonesas de los ochenta descubiertas por algoritmos, fotografías familiares de desconocidos vendidas en mercados digitales.
Extrañamos estéticas de mundos que quizá jamás existieron salvo como decoración de nuestra insatisfacción.
Extrañamos lugares donde nunca bajamos, arroyos que nunca fueron nuestros, casas que jamás habitamos, canciones que parecen recordar por nosotros.
No me sorprende que esto se vaya escurriendo como sin orden. En serio me siento como un animal ciego buscando su nombre.
Y a decir verdad, pareciera que ese animal ya me ha dicho un par de cosas. Me ha empujado y arrinconado al nombre de las cosas. A la etiqueta de lo inefable. No es entonces, ridículamente, que no lo sepa, sino que no puedo pronunciarlo.
Judith Butler ha escrito sobre la melancolía de las identificaciones rechazadas, sobre las pérdidas que no pueden reconocerse porque el orden social no permite admitir lo que se amó, lo que se deseó, lo que se incorporó. Ann Cvetkovich entendió la depresión también como sentimiento público, no solo como enfermedad privada.
Esas últimas ideas empujan en la misma dirección: lo íntimo no es tan íntimo. Lo que creemos nuestro puede ser también histórico, cultural, político, heredado. Hay angustias que parecen individuales porque nos ocurren dentro del cuerpo, pero fueron fabricadas por el mundo. O por la falta de mundo. O por los mundos que nos negaron.
Estoy caminando en círculos. Lo sé. Pero quizá algunas búsquedas solo avanzan así: rodeando lo que todavía no se deja tocar.
Algo me falta. O alguien. Quizá un lugar. También puede ser que no me falte nada concreto. Quizá la falta sea la condición misma de estar vivo.
No como frase bonita y prefabricada, sino como una verdad incómoda. Somos criaturas incompletas. Animales de hueco. Conciencias que se descubren separadas del mundo y pasan la vida intentando suturar esa separación con amor, trabajo, arte, fe, dinero, sexo, territorio, familia, militancia, reconocimiento, memoria, comida, canciones, perros, viajes, libros, alcohol, rutinas, ciudades, pantallas.
Tal vez por eso escribir sirve. No porque arregle algo, sino porque permite quedarse cerca de la herida sin convertirla inmediatamente en producto o moraleja. Escribir no llena la falta. La bordea. Le da vueltas. La mira desde distintos ángulos. Le prende una veladora con nada más que la fe. Hace de la angustia una mesa de trabajo.
¿Y si lo que hace falta es conversar con esa cosa muerta o no nacida o todavía viva pero lejana? Conversar con la ausencia antes de exigirle documentos. Conversar con el animal ciego en el pecho y decirle: no sé quién eres, pero te siento. No sé qué buscas, pero ya te oí. No sé de dónde vienes, pero aquí estamos. Los dos. A oscuras.
No quiero romantizarlo demasiado. Es tan inútil como absurdo y peligroso. Dar solo vueltas puede inmovilizar. O puede ser usado como coartada.
Aunque dije al principio que vendría aquí sin buscar algo de respuesta, esa era una mentira. Una a medias. Porque si bien no era mi objetivo principal, tampoco me hubiera molestado encontrarla.
Sigo más bien, muy apenas, con un método precario: mirar qué hace esa falta conmigo. Si me vuelve más cruel, más inmóvil, más soberbio, más encerrado. O si, por el contrario, me vuelve un poco más libre.
Quizá solo deba seguir adelante y dejar que el arroyo haga lo suyo: que crezca de golpe, que me arrastre con furia repentina, que me reclame como algo suyo, que diga lo que tenga que decir con su voz grave, o que me deje acercarme al borde y mirarlo pasar de caudal voraz a murmullo.