Semanario: Atwood
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En este año que ya fenece, específicamente en junio, se entregó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008. Semejante distinción recayó en las manos de una escritora canadiense a la cual -como ella misma lo ha dicho- equívocamente se le ubica casi todo el tiempo como norteamericana. Y nada más alejado de un norteamericano que un canadiense.
La galardonada es Margaret Atwood, tiene 68 años y es autora de una obra literaria prolífica y duradera. En su discurso de recepción del premio, la escritora dijo: "A menudo nosotros resultamos invisibles. Se nos confunde con ciudadanos de Estados Unidos, un país con una historia muy distinta de la nuestra." De sobra es conocido el cuento sobre esta frontera que habitamos en esta parte del mundo: si los gringos consideran a los mexicanos de tercera, los canadienses consideran a los gringos de cuarta, así de sencillo.
Sin duda alguna, uno de los mejores países para vivir, en Canadá florecen las artes al igual que la vida civilizada y plena. Aquí trabajan Margaret Atwood, pero también el escritor y editor Bertrand Bautier, Trevor Ferguson y Claude Beausoleil, por citar sólo a algunos. Paraíso para un exilio florido, a esta parte del mundo y no a otra, han llegado algunos escritores que aquí han creado lo mejor de su obra, es el caso del narrador y espléndido ensayista Alberto Manguel, Stephan Vizcinsky o el caribeño Neil Bissoondath. Tiene razón entonces Atwood en decir que es canadiense y no norteamericana.
"La Humanidad -dijo en su discurso la escritora ante el heredero de la corona española, Felipe de Borbón- muestra su mejor rostro a través de la inventiva y el valor, de la flexibilidad de pensamiento y la generosidad... La escritura de obras de ficción es un arte del tiempo. La ficción cuenta historias, y a través de esas historias nos conocemos a nosotros mismos y a los demás. Un país sin historias sería un país sin espejos."
El discurso de la escritora abordó el fenómeno de la creación literaria, pero también señaló críticamente las aristas y problemáticas actuales por las cuales atraviesa un mundo en decadencia, en el cual el inminente colapso al parecer es cosa de tiempo: "La crisis mundial financiera, pero también climática... (traerá) casi con total seguridad escasez de alimentos, suministros cada vez más menguados de energías fósiles y más pobreza e inestabilidad social."
La escritora canadiense tiene razón en su pieza de oratoria crítica: nadie se preocupó por décadas por el entorno que habitamos, nadie se ha preocupado lo suficiente por el planeta y las consecuencias están a la vista.
Alguna vez le preguntaron al sabio mexicano Octavio Paz, que para qué diablos servían los libros. A lo cual el poeta contestó con una sabiduría que ya la quisiera uno para los días de fiesta: los libros son importantes porque nos otorgan, nos fomentan y nos incrementan nuestra capacidad de amar. Atwood lo dijo así: "(hay que valorar) la capacidad de sentir alegría allí donde amenaza el peligro... es preciso que nos reimaginemos a nosotros mismos. Y no sólo a nosotros mismos, sino a nuestra relación con el planeta." ¡Uf! qué palabras: sentir y no perder nuestra capacidad de alegría allí donde se encuentra agazapada y ya amenaza la bestia y el peligro de la inseguridad.
Felipe de Borbón así saludaría el Premio a la canadiense: "Firme defensora de la libertad de expresión (Atwood) es una fiel aliada de la preservación de la naturaleza. Su conciencia le permite enfrentarse a la injusticia en todos los ámbitos, y la combate con palabra sutil y sugerente."
El periodista Marcos Giralt Torrente, en nota crítica escrita para el diario El País ha escrito que Margaret Atwood, ganadora del Premio Príncipe de Asturias tiene "probablemente el cerebro mejor amueblado de toda la literatura canadiense..." amén de su "concepción realista y comprometida de la literatura que se trasluce en la fuerte vinculación, de raíz crítica, que sus obras guardan con aspectos controvertidos del presente." El crítico de cabecera del influyente diario español, tiene razón. Atwood, aunque se le clasifica como una escritora "feminista", tiene en la identidad nacional canadiense y las relaciones de este país con los poderosos USA y Europa un tema recurrente en su obra narrativa y poética.
Sin olvidar el tema de asuntos medioambientales, la exploración del ser humano, la representación del cuerpo de la mujer en el arte y en fin, nada le es ajeno para la exploración literaria. De entre sus obras traducidas al español destacan: Resurgir (1972), El cuento de la criada (1985), Penélope y las doce criadas (2005), La maldición de Eva (2006) y tal vez su libro más conocido y citado, El asesino ciego (2000). Entre sus escritores de cabecera no duda en preferir a los franceses (Flaubert, Zola, Maupassant) sobre los ingleses, aunque en este catálogo de lecturas, también cita a Miguel de Cervantes, a Mario Vargas Llosa y a Gabriel García Márquez.
No hay motivo para la equivocación: el Premio Príncipe de Asturias no recayó en una norteamericana, sino en una escritora canadiense y se llama Margaret Atwood. Salud a la intelectual.