Saltillo: ¿Por qué los hombres nos peleamos tanto en el futbol amateur?
Los futbolistas profesionales tienen la excusa de tener miles de dólares en juego. Pero nosotros, ¿por qué nos peleamos si tan solo se trata de un juego? ¿Es para demostrar nuestra hombría? ¿Es algo intrínseco al futbol o al deporte de contacto? o ¿simplemente es una catarsis para liberar el estrés laboral que nos consume en la vida diaria?
Juego futbol tres días a la semana en su forma más común a nivel amateur: Futbol 7 (la misma dinámica, solo que con siete jugadores). Participo en tres equipos distintos en Saltillo, en tres canchas diferentes, y en contextos —incluso niveles socioeconómicos— distintos.
En las canchas donde juego me he topado con una constante que no deja de rondarme la cabeza: con una frecuencia difícil de ignorar, el partido que estoy jugando —o el de alguna cancha contigua— termina en peleas entre equipos. Riñas que, muchas veces, escalan hasta los golpes.
En una ocasión, al llegar a mi partido de los jueves, una patrulla de la Policía Estatal ya se encontraba en las canchas Do Brasil sobre el Periférico Luis Echeverría para atender un reporte de riña.
En otro partido, un compañero de mi equipo de los miércoles recibió un puñetazo en el ojo por parte de un jugador rival, luego de una jugada que, a juicio de todos —incluido el árbitro—, había sido meramente deportiva.
En el Foro VK, nos retiramos luego de que el portero del equipo rival también le dio un puñetazo a un jugador de mi equipo.
Yo mismo recibí un golpe que terminó en sangre saliendo de mi oreja derecha hace cinco años, en las canchas del deportivo CTM, cuando intentaba separar a mis amigos de una pelea que se salió de control.
Del equipo de los lunes, en el Biblioparque Sur, nos hemos mantenido más alejados de conflictos que terminan en golpes. Pero es una realidad que también ahí ha habido empujones e insultos.
No pretendo victimizarme, ni escandalizarme, ni poner el grito en el cielo. Yo mismo me he visto involucrado en estas situaciones.
También confieso que he soltado insultos de todos colores a mis rivales. Pobres árbitros. He aprovechado con creces que es una de las pocas profesiones a las que socialmente se les puede gritar en público sin consecuencia.
Platicando con amigos que participan en la Primera División Amateur —la famosa PDA, que para muchos representa el máximo nivel amateur en la ciudad—, todos coinciden con mi percepción.
La violencia física en el futbol no es exclusiva del nivel amateur. En el profesional también está presente. Es casi legendaria la vez que, en 1997, Toros Neza se peleó hasta con palos con la Selección de Jamaica. Pero hay tantos ejemplos en México y el mundo que sería inútil intentar enumerarlos todos.
Claro, al menos ellos tienen la excusa de que hay miles de dólares en juego.
Pero nosotros, ¿por qué nos peleamos si tan solo se trata de un juego? ¿Es para demostrar nuestra hombría? ¿Es algo intrínseco al futbol o al deporte de contacto? o ¿simplemente es una catarsis para liberar el estrés laboral que nos consume en la vida diaria?
‘SE QUIEREN CREER LOS ALFAS’
Para entender mejor este fenómeno, hablé con tres árbitros y con una psicóloga. Cada uno me ofreció una perspectiva distinta que, en conjunto, ayuda a explicar por qué la violencia es una constante en el futbol amateur.
Ángel García, árbitro con trayectoria de 16 años, también pita en el ‘Biblio’ Sur y, según cuenta, se topa con conflictos entre los equipos en buena parte de sus partidos.
Aclara, eso sí, que solo uno al mes llega a los golpes. Para él, muchas de las peleas se dan simplemente “por gusto”.
Y coincido. Jugar en el nivel amateur no solo significa que no somos futbolistas famosos, sino que también tenemos una vida fuera del campo: trabajo, familia, compromisos. No deberíamos llegar a la oficina con un ojo morado o la nariz rota.
El profe Ángel García me compartió el caso más grave que recuerda en cuanto a violencia en el futbol saltillense: en el campo conocido como ‘el rectángulo’, un árbitro fue asesinado a golpes.
La conversación me llevó con José Alfredo Huitrón, árbitro con 12 años de experiencia, quien cree que la responsabilidad muchas veces recae en los silbantes.
Huitrón calcula que uno de sus partidos a la semana termina en pelea. Aun así, insiste en que todo depende de cómo el árbitro conduzca el partido: los roces y las patadas son parte del juego, pero su manejo puede marcar la diferencia.
“LAS TARJETAS NO SON SUFICIENTES”
José Rodríguez, con dos décadas de experiencia como árbitro, cree que muchas de las peleas tienen su raíz en el estrés acumulado fuera de la cancha. Desde su punto de vista, la violencia se ha vuelto más visible y más difícil de contener desde la pandemia.
También señaló que el trabajo arbitral es cada vez más complicado: no cuentan con tecnología como en el futbol profesional, y eso los expone a insultos, amenazas e incluso agresiones físicas.
Reconoce que hay ocasiones en las que simplemente no se puede contener la violencia.
Tanto Rodríguez como Huitrón coincidieron en que este no es un fenómeno exclusivo del futbol varonil, aunque sí es mucho más frecuente en comparación con el femenil.
HOMBRES CON CULTURA DE VIOLENCIA
Para aterrizar aún más las dudas sobre la violencia en el futbol amateur, platiqué con Karla Patricia Valdés, académica de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC).
Me explicó que los hombres no somos violentos por naturaleza, pero sí hemos sido educados para serlo. La socialización masculina, dijo, favorece ciertas conductas que aumentan la probabilidad de que recurramos a la violencia como forma de respuesta.
Por último, la psicóloga me explicó que el futbol —y el deporte en general— sí puede ser una vía para canalizar el estrés, siempre y cuando se acompañe de un manejo consciente de las emociones.
Lo cierto es que, como jugadores, mientras no reconozcamos que hay un problema —y que somos parte fundamental de él—, difícilmente esto va a cambiar.
Creo que en el futbol amateur hay una oportunidad desperdiciada: en vez de ver al rival como enemigo, podríamos construir otro tipo de dinámicas.
No se trata de ser los mejores amigos, pero sí de crear un sentido de comunidad. Yo sigo creyendo que otro futbol es posible.