Brecha de ingresos por sexo: a 20 años de que la mujer gane menos que el hombre en México
Las trabajadoras ganan menos por el trabajo doméstico, la imposición de roles de género y la falta de política pública
En los últimos 20 años Inegi ha registrado que los ingresos laborales promedio de hombres y mujeres tienen una diferencia de mil 543.94 pesos a favor de los varones. ¿De qué tamaño es la brecha? ¿A qué se debe que esta diferencia de ingresos persista? ¿Qué consecuencias hay sobre las mujeres ante esta brecha de ingresos? ¿Qué soluciones hay?
Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en el cuarto trimestre de 2025 “los hombres ocupados reportaron un ingreso laboral real mensual de 8 mil 361.18 y las mujeres, de 6 mil 699.07. Los hombres ocupados reportaron un ingreso mayor al de las mujeres por un monto de 1,662.11 pesos” en este periodo.
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En México, 3 millones 233 mil mujeres no tienen ingresos laborales para adquirir una canasta alimentaria, en otras palabras: 13.2% de las mujeres reportadas como trabajadoras en el país durante el cuarto trimestre del 2025 están en situación de pobreza laboral, superando por 268 mil 358 mujeres al 8.4% de los hombres empleados sujetos a la pobreza laboral.
Si comparáramos esta diferencia entre las mujeres y hombres ocupados que no tienen ingresos laborales suficientes para adquirir una canasta alimentaria en México, se llenarían 3 veces el Estadio Azteca de puras mujeres en situación de pobreza laboral.
FACTORES DE LA BRECHA DE INGRESOS: SEGREGACIÓN Y FLEXIBILIDAD
El doctor en economía aplicada del Centro de Investigaciones Socioeconómicas (CISE), David Castro Lugo, en entrevista con VANGUARDIA puntualizó que hay cinco argumentos que han permitido a lo largo del tiempo explicar esta diferencia de ingresos entre hombres y mujeres.
Por un lado, uno de los argumentos era que las mujeres tenían “capacidades diferentes” y que ello resultaba en ingresos más bajos con respecto a los hombres porque “antes se hablaba de que los hombres tenían mayor nivel educativo que las mujeres”, debido al “modelo de un solo proveedor, en el cual las mujeres hacían la actividad reproductiva y el hombre se dedicaba a participar en el mercado laboral”, precisó Castro Lugo.
Este argumento de las “capacidades diferentes” pasó a ser insuficiente para explicar la brecha de ingresos debido a que el aumento de las mujeres al acceso educativo en las últimas décadas ha sido constante, por lo que actualmente esta hipótesis resulta discriminatoria en el análisis de los ingresos de las y los trabajadores en México.
El segundo argumento que se pensó para analizar la brecha de ingresos fue que existía una “segregación laboral” en respuesta a estas “capacidades diferentes”, ocasionando que hubiera menos opciones laborales disponibles para las mujeres en comparación a los hombres porque ellas no podían trabajar en lo que sí se permitía para los hombres (ingenierías, trabajos pesados, etcétera).
Con el paso del tiempo y ampliando las oportunidades educativas y laborales de las mujeres estos argumentos quedaron limitados para analizar por qué las mujeres ganaban menos que los hombres, por lo que se argumentó que las mujeres no podían generar los mismos ingresos que los hombres porque tenían que cumplir con el rol de cuidadoras, por lo que la “flexibilidad laboral” era un factor para esta toma de decisión:
”Las mujeres podrían decir, ‘bueno, pues si yo tengo que estar cuidando a los hijos o tengo que ir por los niños a la escuela, preparar la comida, entonces buscaré un empleo que me quede relativamente cerca de la casa, o solo un horario que tenga por la mañana’”.
Por lo tanto, la toma de decisión por parte de la mujer en aceptar esta “flexibilidad laboral” para sostener los cuidados, que mayoritariamente lo realizan las mujeres según el Sistema Nacional y Progresivo de Cuidados, responde a la sobrevivencia de obtener un trabajo con un horario que le permita mantener el sistema de cuidados y a las condiciones socioeconómicas en las que está participando.
Sobre este tercer argumento, la doctora en economía regional y profesora de la Facultad de Economía de la UAdeC, Hada Saénz, explicó que la diferencia de ingresos por sexo se debe a “la capacidad que tienen las mujeres de asignar horas a trabajar” ya que “los hombres tienen la capacidad de asignar más horas al trabajo”, generando más ingresos.
“Las mujeres todavía llegan al hogar a realizar las actividades de cuidado (...) por ejemplo, llegan a casa y tienen que preparar la comida, limpiar, cuidar niños, cuidar a alguna persona con discapacidad. Entonces, esto hace que las mujeres tengan menor disponibilidad de asignar tiempo a horas extras. Esa es básicamente la cuestión”, detalló la doctora Saénz.
FACTORES CULTURALES Y EL PATRIARCADO
El doctor Castro Lugo señaló que desde una perspectiva de la economía feminista se podría analizar que esta brecha de ingresos por sexo obedece al sistema patriarcal dominante “es decir, quién pone las reglas es un sistema cultural en el cual quien establece las reglas y quien decide son los hombres, y en ese sentido las mujeres pueden estar en desventaja. Es una cuestión cultural”.
Este sistema cultural determinaría los roles y las responsabilidades sociales que las mujeres y los hombres deben tomar, definiendo que las mujeres se dediquen al trabajo doméstico (rol de cuidadora), al ámbito privado, y al hogar, y los varones a actividades con rigor lógico, objetivo, en el mercado laboral y en la esfera pública.
Castro Lugo precisaba que al cuestionar en una planta “¿Por qué hay menos [mujeres] en el sector automotriz o aquí en la región? (...) algunos casos me decían, ‘Por qué no queremos meternos en problemas’. Es decir, un operario o un técnico puede ser mucho más reacio a recibir órdenes de una mujer que de un hombre”, así como la discriminación por parte de los contratistas para no contratar mujeres o de pagarles menos.
IMPACTOS DE BRECHA DE INGRESOS EN LOS HOGARES
La doctora Saénz abundó que esta brecha de ingresos termina por impactar a los hogares jefaturados por mujeres ya que las mujeres no pueden acceder a más ingresos por la falta de espacios seguros para las y los hijos como guarderías, provocando que la mujer no pueda insertarse en los mercados laborales formales.
“[Cuando] hay pobreza alimentaria, es decir, que no se alcanza a cubrir el costo de la canasta [alimentaria] pues obviamente estos niños van a tener una alimentación poco balanceada con menor cantidad de nutrientes. En un momento dado incluso no puedan ir a estudiar sino que se tengan que integrar al mercado laboral también desde cada vez más niños. Entonces todo eso obviamente afecta”.
A su vez, Saénz señaló que las mujeres terminan en trabajos informales porque en ellos pueden tener cierta flexibilidad para seguir ocupándose del trabajo no remunerado de los cuidados, pero poniéndose en riesgo al aceptar condiciones laborales aún más desfavorables.
MARCOS LEGALES Y POLÍTICAS PÚBLICAS CONTRA BRECHA DE INGRESOS
Sin embargo, el doctor Castro Lugo insistió en que la diferencia salarial en México ha sido reducida del 20 al 12% en los últimos 10 años, ya que la diferencia observable se encuentra en el ingreso por hora.
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Pero el papel de los gobiernos en garantizar marcos legales contra la discriminación, continuados por políticas públicas que protejan a las mujeres para “igualar la cancha”, es crucial, así como la creación de infraestructura como guarderías o sistemas de seguridad para adultos mayores que rebajen la carga de cuidados sobre las mujeres, precisó Castro Lugo. La doctora Saénz también mencionó que la creación de guarderías puede promover que las madres tengan más accesibilidad para integrarse al mercado laboral.
Otra posibilidad para reducir esta brecha, señaló Castro Lugo, se encuentra en el cambio tecnológico, pues puede influir en reducir la brecha de ingresos por sexo ya que se está “disminuyendo el esfuerzo físico humano, entonces hombres o mujeres ya pueden adaptarse” para las mismas labores, permitiendo “una mayor participación de mujeres en esos sectores” y con la posibilidad de aumentar sus ingresos.
En 2005, la brecha promedio de ingresos trimestrales entre hombres y mujeres era de mil 967 pesos; para 2025, la cifra apenas descendió a mil 680 pesos. Ha tomado dos décadas reducir esta diferencia en 287 pesos. La inclusión laboral femenina requiere algo más que ajustes económicos: exige un cambio cultural profundo que erradique la idea de que sumar mujeres a la economía nacional es “meterse en problemas”.