Herencia sefardita en Saltillo: las huellas los judíos el norte de México | Historias de Saltillo

Herencia sefardita en Saltillo: las huellas los judíos el norte de México | Historias de Saltillo

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¿Existe una herencia judía en Saltillo? Documentos registran pobladores portugueses, familias sefarditas, migrantes judíos polacos y comunidades religiosas contemporáneas. Sin embargo, no existe una continuidad directa: se trata de huellas dispersas que se entrelazan con la historia indígena, tlaxcalteca, católica, colonial y migrante de la ciudad.

Historias de Saltillo
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Si buscamos una antigua sinagoga escondida bajo el Centro Histórico de Saltillo, probablemente no la encontraremos. Tampoco encontraremos un barrio judío colonial, un cementerio o una comunidad que pueda seguirse intacta, generación tras generación, desde el siglo XVI hasta nuestros días.

Y, sin embargo, algo extraño ocurre cuando uno comienza a buscar judíos en la historia de Saltillo: aparecen por todas partes.

Aparecen entre los portugueses que participaron en los primeros años de la villa, alrededor de Luis de Carvajal y su familia, en la figura de Alberto del Canto, en apellidos que llevan cuatro siglos repitiéndose por el noreste, en viejas historias familiares, en propiedades, matrimonios, testamentos y días de agua, incluso en unas extrañas protecciones de hierro que todavía parecen dibujar menorás sobre algunas ventanas del Centro Histórico.

El problema comienza cuando uno se acerca, porque muchas de esas certezas comienzan a deshacerse.

$!La búsqueda de una posible herencia sefardita en Saltillo conduce a símbolos, apellidos, rutas y memorias que parecen conectarse a primera vista; al acercarse, sin embargo, las certezas se fragmentan y obligan a distinguir entre huella histórica, coincidencia e interpretación.

Previo a seguir el rastro de la diáspora judía, les recuerdo, lectores y lectoras, que cualquier comentario sobre este artículo, la sección o incluso propuestas de temas, espero leerles por correo: cgaytan@vanguardia.com.mx. Estoy muy agradecido y entusiasmado por los comentarios que ya me han hecho llegar. Ahora sí. Continuémos.

Ser portugués no significaba ser judío. Tener un apellido relacionado con familias conversas tampoco. Una abuela que encendía velas no demuestra por sí sola la supervivencia de una práctica criptojudía. Una tortilla de harina no es un fósil kosher y una figura parecida a una menorá tampoco identifica necesariamente la religión de quien vivió detrás de una ventana.

Incluso Alberto del Canto, convertido durante años en uno de los personajes predilectos de la narrativa sefardita del noreste, resulta bastante más difícil de atrapar de lo que la tradición quisiera.

https://vanguardia.com.mx/opinion/judios-israel-y-sus-masacres-HN13780896

Quizá ahí comienza realmente esta historia: no en la certeza de una sangre secreta que atravesó intacta cuatro siglos, sino en las grietas que dejó su transformación. Sefarad es el nombre con el que la tradición hebrea identifica a la península ibérica.

Después de las conversiones forzadas, las persecuciones y las expulsiones de finales del siglo XV, miles de judíos españoles y portugueses se dispersaron por Europa, el Mediterráneo, el norte de África y, eventualmente, los territorios americanos. Pero aquella diáspora no trasladó una identidad uniforme.

A la Nueva España llegaron judíos fieles a la ley de Moisés, conversos bautizados en el cristianismo, cristianos nuevos, descendientes de familias judías completamente integrados al catolicismo y personas que acudían públicamente a misa mientras conservaban dentro de sus casas determinadas prácticas religiosas prohibidas por la Inquisición. Una misma familia podía contener varias de esas posibilidades.

$!Sello del Tribunal de la Inquisición de México, institución cuyos procesos permiten documentar con mayor precisión la presencia de judaizantes en el noreste novohispano. Sus expedientes registraron denuncias, parentescos, prácticas religiosas y condenas como las que alcanzaron a varios integrantes de la familia Carvajal a finales del siglo XVI.

La identidad que buscamos, por lo tanto, ya estaba rota antes de llegar. La persecución dividió familias, convirtió los parentescos en evidencias potenciales y favoreció cambios de nombre y apellido.

Los hijos no practicaban necesariamente la religión de sus padres; los hermanos podían acusarse unos a otros y un nombre podía proteger, traicionar o desaparecer.

Una práctica religiosa podía convertirse, después de varias generaciones, en una costumbre doméstica cuyo significado original ya nadie recordaba. Por eso conviene colocar una advertencia antes de avanzar: portugués no significa judío, converso tampoco significa necesariamente judaizante y pertenecer a una red donde hubo personas perseguidas por practicar la ley de Moisés no convierte automáticamente a todos sus integrantes en judíos clandestinos. Dicho eso, los rastros existen y son suficientes para mirar otra vez.

Los primeros portugueses y la posible herencia sefardita en Saltillo

Entre los primeros pobladores relacionados con Saltillo aparecen varios portugueses y familias que participaron en las redes de colonización del noreste. Alberto del Canto, Alonso González y Ginés Hernández son los nombres más evidentes.

Alrededor aparecen también Juan Navarro, Santos Rojo, Baltasar de Sosa, Juan de Erbáez, Rodrigo Pérez, Manuel de Mederos, Juan Pérez Chocallo y Antonio Hernández Grimón, entre otros hombres que recibieron tierras, administraron agua, formaron familias y participaron en la primera distribución del poder regional.

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Martha Durón Jiménez, en una investigación publicada por la Revista Coahuilense de Historia, recuperó las listas de primeros pobladores propuestas por Vito Alessio Robles y Sergio Recio Flores y encontró algo importante: Alberto del Canto, Juan Navarro, Baltasar de Sosa, Santos Rojo y el sacerdote Baldo Cortés permanecieron en Saltillo, mientras que los cuatro primeros dejaron descendencia en la región.

$!Facsímil de la firma del padre Baldo Cortés, uno de los primeros pobladores vinculados con Saltillo. En 1589 denunció a Alberto del Canto ante la Inquisición y, años después, incorporó propiedades a la capellanía fundada sobre tierras de Alonso González y Ginés Hernández. Su presencia permite seguir cómo religión, poder y propiedad se entrelazaron en los primeros años de la villa.

El dato no los convierte en judíos, pero modifica la dimensión de su presencia. Ya no hablamos únicamente de conquistadores que atravesaron el valle antes de continuar hacia otro sitio, sino de personas que se quedaron, contrajeron matrimonio, recibieron propiedades, heredaron tierras y produjeron generaciones posteriores. Una expedición se convirtió en familia y una familia, eventualmente, en ciudad.

¿Alberto del Canto era sefardita?

Alberto del Canto es el nombre inevitable. Portugués, soldado, explorador, alcalde mayor y figura central en la tradición fundacional de Saltillo, un documento de 1643 conocido como Documento de Parral le atribuye la fundación de la villa en 1577 bajo la jurisdicción de la Nueva Vizcaya.

$!Alberto del Canto, explorador y figura central en la tradición fundacional de Saltillo. Aunque algunos autores le atribuyen un origen sefardita y estuvo relacionado con las redes de Luis de Carvajal, las denuncias inquisitoriales conocidas en su contra no prueban que practicara el judaísmo clandestinamente.

Alejandro Pérez Cervantes y Argelia Isabel Dávila del Bosque lo describen incluso como un portugués de origen sefardita en su investigación sobre la herrería del Centro Histórico. La afirmación ha sido repetida tantas veces que terminó pareciendo un hecho, pero no lo es.

Del Canto fue denunciado ante la Inquisición. Baldo Cortés lo acusó en 1589 y fray Pablo de Góngora presentó otra queja cuatro años después. Sin embargo, las denuncias conocidas no hablan de guardar el sábado, encender velas de viernes, abstenerse de determinados alimentos o practicar clandestinamente la ley de Moisés.

Hablan de sexo, poder, conflictos políticos, violencia colonial y esclavización de indígenas. Tenemos, entonces, a un portugués relacionado con el mundo de Luis de Carvajal; tenemos una región donde sí hubo cristianos nuevos y judaizantes comprobados, y tenemos autores que atribuyen a Del Canto un origen sefardita. Lo que todavía no tenemos es el documento que cierre el círculo.

$!Luis de Carvajal y de la Cueva, gobernador del Nuevo Reino de León, organizó una empresa colonizadora que llevó familias hacia el noreste novohispano. Dentro de esa red hubo un núcleo judaizante documentado, aunque no todos sus integrantes compartieron esa identidad. Monumento en bronce ubicado en avenida Constitución y Serafín Peña, Monterrey; obra del escultor Mario Fuentes.

Quizá tampoco haga falta cerrarlo. Del Canto no necesita transformarse en un judío secreto para resultar históricamente interesante. Puede ser incluso más revelador pensar que se movió dentro de un mundo converso sin compartir necesariamente todas las creencias de quienes lo rodeaban. Las redes no transmiten solamente religión. También transmiten dinero, información, rutas, propiedades, matrimonios, parentescos, oportunidades y silencios.

https://vanguardia.com.mx/historias-de-saltillo/resistencias-contra-el-poder-en-saltillo-historias-de-saltillo-NF22507497

Luis de Carvajal y de la Cueva permite observar con mayor claridad aquel universo. Gobernador del Nuevo Reino de León, comerciante y colonizador, organizó una empresa pobladora que trasladó familias completas hacia el norte novohispano.

Rodolfo Escobedo Díaz de León recuperó una relación presentada en 1580 en la que aparecen 31 matrimonios, 44 personas solteras y 74 hijos vinculados con aquella migración. No todos eran judíos, pero dentro de esa constelación sí existió un núcleo judaizante documentado.

$!Lorenzo Suárez de Mendoza, quinto virrey de la Nueva España, asumió el gobierno en 1580, en los años en que avanzaba la colonización del noreste novohispano y comenzaban a consolidarse poblaciones como Saltillo. Su administración pertenece al mismo escenario político en el que se desarrollaron las expediciones, repartos territoriales y redes familiares que marcaron las primeras décadas de la villa.

La familia Carvajal lo demuestra brutalmente. En el auto general de fe de 1596 fueron condenados por practicar la ley de Moisés varios de sus integrantes, entre ellos Francisca Núñez de Carvajal, Leonor de Carvajal y Luis de Carvajal, el Mozo.

$!Manuscrito de Luis de Carvajal, el Mozo, integrante de la familia Carvajal y uno de los casos mejor documentados de judaísmo clandestino en la Nueva España. Él, su madre Francisca Núñez de Carvajal y otros familiares fueron condenados por practicar la ley de Moisés en el auto de fe de 1596.

Aquí ya no hablamos de apellidos interpretados cuatro siglos después. Hay procesos inquisitoriales, declaraciones, acusaciones y sentencias. La Inquisición hizo de la familia un mapa: cada parentesco podía conducir hacia otro sospechoso, cada nombre abría una puerta y cada puerta podía terminar en otra casa donde alguien quizá ayunaba, encendía una vela o pronunciaba una oración que no debía existir.

Saltillo, sin embargo, no pertenecía al Nuevo Reino de León, sino a la Nueva Vizcaya. La precisión importa porque con los años la geografía histórica se ha deformado hasta producir la impresión de que Carvajal gobernaba directamente la villa. No era así. La relación fue otra.

Las jurisdicciones separaban territorios, pero las personas los atravesaban. Soldados, comerciantes, ganaderos, propietarios, familiares, colonizadores y perseguidos se desplazaban de una región a otra. La frontera política tenía líneas; las familias no.

Escobedo Díaz de León sostiene que después de la caída de Carvajal algunos habitantes del Nuevo Reino de León pasaron a establecerse en la Villa del Saltillo. El propio investigador colocó la afirmación bajo un apartado titulado “Judíos sefarditas en Saltillo”.

La pista es extraordinaria, pero todavía insuficiente, porque no proporciona una nómina inequívoca de quienes se trasladaron ni permite saber con precisión quién llegó, dónde vivió o qué ocurrió después con sus descendientes. Ahí está uno de los grandes huecos de esta historia: sabemos que hubo movimientos, pero todavía no conocemos todos los nombres.

Luis de Carvajal y los judíos del noreste de la Nueva España

Por eso las familias que sí pueden seguirse documentalmente adquieren otro peso. Juan Navarro fue uno de los primeros pobladores que permanecieron en Saltillo. Estuvo casado con Inés Rodríguez. Una de sus hijas, Beatriz Navarro, contrajo matrimonio con Alonso de Sosa y Albornoz, soldado que participó en la expedición de Juan de Oñate.

De aquel matrimonio nació Ana de Sosa, quien después se casó con el alférez Alonso Farías. Beatriz enviudó y volvió a casarse, esta vez con Bernabé de las Casas, originario de Tenerife y participante también en la conquista de Nuevo México. Durón Jiménez señala que aquella unión produjo una descendencia numerosa extendida por el noreste novohispano.

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Navarro, Rodríguez, Sosa, Farías, De las Casas: los nombres empiezan a formar una telaraña. Hay que resistir, sin embargo, la tentación de convertir inmediatamente esa telaraña en un árbol genealógico judío, porque no lo es. Es una red familiar de los primeros pobladores y precisamente por eso resulta útil. Si alguna memoria conversa sobrevivió en Saltillo, no pudo hacerlo flotando sobre la ciudad como un fantasma durante cuatro siglos.

Tuvo que viajar como viajan las familias: mediante bodas, hijos, propiedades, disputas, herencias, silencios y nuevas generaciones. La genealogía puede reconstruir parentescos, pero también puede fabricar mitologías.

Las familias de los primeros pobladores de Saltillo

El parentesco fue una de las grandes infraestructuras de la colonia. Por ahí viajaban los nombres y también la tierra. Francisco Rodríguez Gutiérrez reconstruyó mediante libros de cabildo, testamentos, mercedes y protocolos notariales buena parte de los primeros repartos del Valle de las Labores.

Para finales del siglo XVI se habían distribuido 62.5 caballerías dentro de la jurisdicción de Saltillo. Una caballería equivalía aproximadamente a 42.8 hectáreas. Alberto del Canto recibió cinco, alrededor de 214 hectáreas; Santos Rojo obtuvo doce, más de 500; y Juan Navarro recibió cinco caballerías, un sitio de ganado mayor, otro de ganado menor, un molino y un solar para casa y huerta.

$!A finales del siglo XVI, los primeros pobladores de Saltillo no sólo ocuparon el valle: comenzaron a repartirse y transformar el territorio. Alberto del Canto recibió cinco caballerías de tierra; Santos Rojo, doce; y Juan Navarro, además de cinco caballerías, obtuvo sitios para ganado, un molino y un solar para casa y huerta

En conjunto, sus propiedades habrían alcanzado alrededor de 2 mil 750 hectáreas.

Los primeros pobladores no solamente llegaron: se repartieron el paisaje. Y eso modifica otra de las preguntas más seductoras: ¿dónde vivieron? A finales del siglo XVI la ciudad todavía no podía leerse mediante nuestras direcciones.

Los documentos colocaban a las personas dentro de otra cartografía: junto al ojo de agua, detrás del cerro, cerca del molino, dos leguas al norte, en la estancia de alguien o dentro de las tierras regadas por determinada acequia. Antes de que Saltillo tuviera direcciones, tenía propietarios.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/la-infidelidad-que-acabo-en-muerte-y-pleito-entre-los-fundadores-de-saltillo-y-monterrey-HC8631797

Alberto del Canto aparece relacionado con el Ojo de Agua y las haciendas de Los Berros, Buenavista y San Juan Bautista de Arriba. Juan Navarro, con su molino y la hacienda de Santa Ana.

Santos Rojo, con San Juan Bautista de los González. Juan Pérez Chocallo recibió tierras al norte de la villa que terminaron formando San José de los Bosques, mientras Alonso González y Ginés Hernández cultivaron detrás del cerro del Saltillo, donde sus propiedades acabaron integrándose a San Nicolás de la Capellanía.

¿Dónde vivieron los primeros pobladores de Saltillo?

Es precisamente ahí donde esta historia empieza a incomodar cualquier idea demasiado sencilla sobre una identidad conservada. Rodríguez Gutiérrez identifica a Alonso González y Ginés Hernández como portugueses de aquella primera generación.

Cuando Alonso González murió en 1596 poseía aproximadamente 192 hectáreas y pidió a Ginés Hernández que fundara una capellanía para pagar misas por su alma. Hernández incorporó aquellas tierras a las suyas y dejó ordenada la fundación en su testamento de 1603. La institución quedó protocolizada en 1606 y alcanzó cerca de 500 hectáreas.

Tenemos entonces a un portugués de la primera generación de Saltillo financiando misas católicas por el alma de otro portugués. No es precisamente la imagen romántica del criptojudío que durante siglos conserva intacta su religión detrás de una puerta cerrada.

Es más interesante, porque si alguno de aquellos hombres procedía de un mundo converso, una posible memoria anterior también podía terminar dentro del catolicismo. La capellanía era fe, pero también propiedad.

José Cuello, citado por Rodríguez Gutiérrez, calculó que la capellanía tuvo un valor inicial superior a 9 mil pesos y producía más de 450 pesos anuales. Después Baldo Cortés incorporó nuevas propiedades y hacia 1614 la hacienda alcanzaba unas 663 hectáreas. La salvación del alma tenía tierra, capital y rendimiento.

Con el tiempo, aquellas propiedades pasaron mediante herencias y matrimonios a familias como los Flores, Ramos, Aguirre, Zertuche y Cárdenas. Eso tampoco convierte a sus descendientes en sefarditas.

Muestra otra cosa: una influencia histórica puede continuar operando mucho después de haber perdido su nombre y puede transformarse en parentesco, propiedad, institución, religión e incluso en una manera de organizar el territorio. La asimilación también deja descendientes.

Portugueses, catolicismo y asimilación en el Saltillo colonial

Después viene un gran silencio y, siglos más tarde, la búsqueda cambia de material. Ya no son testamentos, sino ventanas.

En 2022, Alejandro Pérez Cervantes y Argelia Isabel Dávila del Bosque comenzaron a fotografiar fachadas del Centro Histórico de Saltillo. Encontraron una figura ramificada en la protección metálica de una ventana. Después otra y luego otra. Al final documentaron al menos doce piezas relacionadas visualmente con menorás y janukiás.

$!Representación de una menorá de siete brazos, uno de los símbolos más reconocibles de la tradición judía. Su forma resulta clave para comparar las herrerías documentadas en el Centro Histórico de Saltillo, aunque la semejanza visual, por sí sola, no permite determinar quién las encargó ni qué significado tenían originalmente.

Las que consideran más antiguas se encuentran en Comandante Leza, antes de Bravo, y en Nicolás Bravo con Melchor Múzquiz. Ambas fueron fechadas aproximadamente hacia 1920. Otras aparecen en Manuel Acuña y Lerdo de Tejada; Juan Aldama y Emilio Carranza; Salazar y Cristóbal Colón; Allende y Mariano Escobedo; Juan Antonio de la Fuente y Morelos; Miguel Ramos Arizpe y Acuña; y Pérez Treviño y Cuauhtémoc. La mayoría corresponde tentativamente a las décadas de 1950 y 1960.

Una sola menorá podría ser una casualidad. Doce ya hacen ruido. Pero las fechas tampoco salieron de contratos o escrituras.

$!Primer cuadro de la ciudad de Saltillo, Coahuila, donde se ubican los ornamentos encontrados en las ventanas de las viviendas que aparecen en el documento citado.

Los investigadores las estimaron mediante los materiales utilizados, la forma de las varillas, el hierro retorcido y el empleo de soldadura eléctrica. Sabemos dónde están y aproximadamente cuándo fueron fabricadas. Lo que no sabemos es quién las pidió, quién las diseñó ni qué significaban para quien vivía detrás de ellas.

Las figuras ni siquiera son idénticas. Algunas tienen cuatro, seis u ocho brazos. Otras incorporan remates interpretados como flamas u hojas. La forma se deforma, se simplifica y se mezcla con otros motivos ornamentales.

$!Representación de menorá de nueve brazos en la herrería de una ventana en el Centro Histórico de Saltillo. Calle Ramos.

Puede tratarse de símbolos religiosos adaptados o de diseños copiados por un herrero. Puede ser una forma repetida por personas que conocían su significado o por personas que no tenían la menor idea. El símbolo está ahí; su significado todavía se esconde. Una casa también habla, pero no siempre sabemos quién le enseñó sus palabras.

Las menorás del Centro Histórico de Saltillo

Entre los portugueses del siglo XVI y aquellas ventanas existen más de trescientos años y no podemos rellenarlos con entusiasmo. De hecho, una presencia judía documentada durante el siglo XX vuelve todavía más compleja la interpretación.

El apellido es Kenig. Rodolfo Escobedo Díaz de León propuso que algunas de aquellas herrerías podían estar relacionadas con una familia judía polaca de ese apellido. Durante algún tiempo la referencia pareció casi fantasmal, hasta que aparece Sara.

Un registro del Douglas E. Goldman Jewish Genealogy Center del ANU Museum of the Jewish People identifica a Sara Kenig, nacida en Saltillo el 9 de febrero de 1926. Era hija de José —también llamado Yossel— Kenig y Berta —Belke— Edelson, y tenía un hermano llamado David.

La propia institución advierte que ese material genealógico fue aportado por usuarios y requiere corroboración mediante registros civiles. Con esa reserva, sin embargo, la ficha permite identificar provisionalmente algo que hasta entonces parecía difuso: una familia judía viviendo en Saltillo durante la década de 1920. José Kenig, Berta Edelson, Sara y David. Por primera vez tenemos nombres, una familia, una fecha y una ciudad.

$!Representación de menorá de siete brazos en la herrería de una ventana en el Centro Histórico de Saltillo. Calle Comandante Leza. Diciembre de 2024

Entonces aparece otra precisión capaz de arruinar una leyenda demasiado hermosa: no eran sefarditas, sino asquenazíes. Su historia estaba relacionada con las comunidades judías de Europa central y oriental, no con los judíos expulsados de España y Portugal. Eso modifica por completo la interpretación.

La familia Kenig no demuestra que los conversos del siglo XVI conservaran clandestinamente su identidad durante trescientos años. Demuestra otra llegada, otra migración y otro judaísmo.

No sabemos todavía dónde vivieron los Kenig, a qué se dedicaba José ni cuánto tiempo permanecieron en Saltillo. Sobre todo, no sabemos si encargaron una sola de aquellas herrerías. La coincidencia cronológica es seductora: las piezas más antiguas fueron fechadas aproximadamente hacia 1920 y Sara nació aquí en 1926.

Pero una coincidencia no es una genealogía. Todavía habría que atravesar catastros, actas del Registro Civil, directorios, escrituras y padrones para colocar a los Kenig frente a una casa concreta.

La familia Kenig: judíos en Saltillo durante la década de 1920

Sefarad no explica a los Kenig. Los Kenig tampoco explican todavía las menorás. Y las menorás no pueden viajar hacia atrás tres siglos para convertir a los portugueses del XVI en judíos. Quizá esa sea precisamente la parte más interesante de esta búsqueda: la herencia judía de Saltillo no forma una línea, sino interrupciones.

Otra aparece en 2012. Ese año, el Centro Cultural Hebreo de Saltillo anunció públicamente su fundación y estableció su sede en la calle 27, esquina con Ocho, en Lomas de Zapalinamé. Según la cobertura publicada entonces por un medio local de cuyo nombre no puedo acordarme, la comunidad reunía alrededor de 35 personas y se encontraba vinculada con Brit Brajá, encabezada por el rabino Jacques Cukierkorn.

$!Representación de menorá de nueve brazos o Janucá en la herrería de una ventana en el Centro Histórico de Saltillo. Calle Bravo. Enero 2025.

Por primera vez encontramos algo que los documentos coloniales no permiten localizar en la antigua villa: una institución judía reconocible, un domicilio y personas que hablan públicamente de su religión.

Rubén Hernández, también llamado Reuven, fue presentado como uno de sus fundadores. Su esposa, Carmen Sánchez, declaró que sus padres eran originarios de Saltillo y habían dejado un documento donde se reconocían como judíos descendientes de la familia Sánchez Navarro.

$!Representación de menorá de nueve brazos en la herrería de una ventana en el Centro Histórico de Saltillo. Calle Acuña. Marzo, 2004.

La declaración resulta sugerente por otra coincidencia documental: una fotografía publicada en la Revista Coahuilense de Historia identifica una antigua vivienda de los Sánchez Navarro en la esquina norponiente de Bravo y Aldama.

Tenemos una casa, un apellido y una memoria familiar, pero todavía no la cadena que una las tres cosas. No conviene inventarla. El testimonio no deja por ello de importar; simplemente ocupa otro lugar. Es una pista, no una prueba.

En 2013 otras personas recibieron documentos de judeidad después de un proceso de estudio religioso. Entre ellas estaba Lydia Ventura Vega, quien adoptó el nombre hebreo Hefziba. Ventura relató que sus abuelos acostumbraban reunir a la familia los sábados y que aquella práctica adquirió otro significado cuando comenzó a investigar sus apellidos y la historia del judaísmo.

Ahí surge una pregunta mucho más difícil que identificar un apellido en un archivo: ¿dónde termina la memoria y dónde comienza la reconstrucción? Quizá sea una frontera imposible de fijar.

Las identidades no solamente se heredan, también se buscan. Hay personas que reciben una religión dentro de casa; otras encuentran indicios. Algunas regresan a los gestos de sus abuelos y descubren significados que nadie les explicó.

Otras estudian, reconstruyen y eligen. Eso no vuelve menos reales sus identidades presentes, pero tampoco permite construir retrospectivamente una comunidad judía continua desde Alberto del Canto hasta Lomas de Zapalinamé.

No la encontramos.

La comunidad judía contemporánea de Saltillo

Lo que encontramos es algo bastante más raro y probablemente más humano: portugueses entre los primeros pobladores de Saltillo y un mundo converso documentado alrededor de Luis de Carvajal; familias que permanecieron durante generaciones; tierras que cambiaron de manos mediante matrimonios y herencias; agua, molinos, testamentos y una capellanía fundada por portugueses; movimientos de población después de la caída de Carvajal cuyos nombres todavía esperan en algún archivo; una familia judía polaca en Saltillo durante la década de 1920; una docena de candelabros de hierro distribuidos por el Centro Histórico; una familia contemporánea que conserva una memoria vinculada con los Sánchez Navarro y una comunidad judía organizada públicamente desde 2012.

Lo que no encontramos es una cuerda capaz de amarrar todos esos puntos. Quizá nunca aparezca.

Quizá una parte de esa historia se perdió precisamente porque durante siglos convenía que se perdiera. La Inquisición enseñó a esconder y la integración enseñó a olvidar. El matrimonio mezcló familias, la religión cambió, los apellidos viajaron, las casas cambiaron de dueño y las siguientes generaciones aprendieron a llamar costumbre a cosas que alguna vez pudieron significar otra cosa.

Por eso un apellido no basta. Una receta tampoco. Una menorá, por sí sola, tampoco. Quizá la herencia sefardita de Saltillo resulte mucho más interesante cuando dejamos de buscarla como pureza y comenzamos a observarla como transformación.

Está en la proximidad de Alberto del Canto con un mundo converso que podemos documentar mejor que su propia práctica religiosa. Está en Alonso González y Ginés Hernández, portugueses cuyas tierras terminaron financiando una capellanía católica. Está en Juan Navarro y en una descendencia que se extendió por el noreste. Está en las propiedades que sobrevivieron a sus primeros dueños, en los desplazamientos posteriores a Carvajal que todavía esperan nombres, en aquello que cambió y también en aquello que desapareció.

Sefarad no sería entonces la raíz secreta de Saltillo, sino uno de sus sedimentos: una presencia mezclada con la historia indígena, tlaxcalteca, católica, colonial y migrante de la ciudad hasta resultar difícil de distinguir.

No hay motivo para que hubiera ocurrido de otra forma. Cuatrocientos años son demasiadas bodas, demasiadas muertes, demasiadas migraciones, demasiadas conversiones y demasiadas maneras de olvidar.

Tal vez por eso las ventanas resultan tan poderosas. Una figura de hierro puede sobrevivir a quien la encargó, permanecer después de que la casa cambia de propietario, oxidarse, recibir otra capa de pintura y perder su explicación. Puede seguir ahí, mirando hacia la calle, aun cuando nadie recuerde exactamente por qué fue colocada.

Toda genealogía desea llegar a una raíz. La historia suele ser menos amable. Uno escarba un poco y las raíces se cruzan, se parten, entran en terrenos ajenos y beben de otras aguas.

La historia de Saltillo no necesita inventarse antepasados judíos para resultar más interesante; ya es suficientemente extraña. Enmarañada entre espíritu indígena, tlaxcalteca, portugués, converso, católico, colonial, asquenazí y migrante.

Una historia de poblaciones perseguidas y también de poblaciones perseguidoras; de tierras repartidas, agua negociada, apellidos transformados, religiones abandonadas o recuperadas y símbolos cuyo significado quizá sobrevivió más tiempo que la memoria de quienes los colocaron.

Toda ciudad desea una historia sencilla: una fecha, un fundador, una raíz de la cual descender sin contradicciones. Saltillo no tuvo esa suerte.

Lector, escritor, periodista y diseñador de contenidos digitales, César Javier Gaytán Martínez es actualmente Coordinador de Innovación Editorial en Vanguardia. Desde esta posición, lidera proyectos de experimentación narrativa, mejora de procesos, creación de nuevos contenidos e implementación de inteligencia artificial en la redacción.

Escribe mensualmente para Historias de Saltillo, una sección dedicada a explorar la memoria colectiva de la ciudad. También coordina Rodeo Capital, una revista enfocada en la cultura western y la vida vaquera, y asesora proyectos de contenido patrocinado. Además, gestiona las entrevistas semanales que se publican en A La Vanguardia y, desde 2019, impulsa la creatividad y metodología en las ediciones anuales de Círculo de Oro.

Como narrador, César escribe sobre tecnología, cultura pop, ciencia ficción e historias híbridas que combinan el surrealismo con lo cotidiano.

Interesado en el periodismo narrativo, busca personajes inusuales, momentos íntimos y relatos que desafían lo convencional. Sin embargo, a pesar de todo eso, siempre elige la ficción para entender el mundo.

Reflexiona con angustia sobre el lenguaje, la literatura, el periodismo y el diseño de futuros.

Es, además, un aspirante a patafísico.