María de Jesús Siller, la mujer que fue desenterrada en Saltillo para investigar su misteriosa muerte en 1812
Su madre acusó al marido, los vecinos hablaron de sangre y golpes, y un juez ordenó abrir la sepultura. ¿Qué pudo descubrir la justicia sobre una muerte que nadie logró explicar?
Tuvieron que desenterrarla. Sacar a María de Jesús Siller de donde la habían dejado descansar, volver a mirar su cuerpo, buscar en la materia muerta alguna explicación que los vivos no habían conseguido.
Fue en noviembre de 1812 cuando la justicia de Saltillo recurrió a algo extraordinario para resolver un asunto aparentemente doméstico: interrumpir una sepultura.
Como podrán suponer por las pistas que he mencionado, el problema era que María ya no podía contar su propia historia y quienes todavía podían hablar ofrecían versiones que parecían pertenecer a muertes distintas.
Su marido decía que había enfermado. Su madre sostenía que la habían asesinado. Algunas vecinas recordaban sangre, golpes y llanto.
Antes de seguir, creo necesario aclarar que no vengo a jugar con la memoria ni con el morbo. Me interesa esta historia por lo que puede demostrar. Así que retrocedamos un poco.
La historia la encontré en el libro Los niños en el Saltillo antiguo, libro publicado en 2016 por el Archivo Municipal de Saltillo.
En el capítulo «¿Cómo murió María?», páginas 51 a 56, Iván Vartan Muñoz Cotera, hoy director del Archivo General del Estado de Coahuila, reconstruye los acontecimientos a partir de un proceso conservado en el fondo Presidencia Municipal, caja 60, expediente 26, integrado por 32 fojas.
Es importante distinguirlo: el libro es una recreación narrativa basada en documentos históricos, no una reproducción íntegra del juicio. Su autor incorpora diálogos, escenas y expresiones para contar los sucesos. De modo que los hechos aquí referidos proceden de esa reconstrucción y de su referencia archivística.
El 10 de noviembre de 1812, María de Jesús Siller apareció muerta sobre su cama. La Villa de Santiago del Saltillo seguía formando parte de una Nueva España sacudida por la guerra de Independencia. Mientras la monarquía española enfrentaba una crisis política que también transformaba sus instituciones, dentro de una vivienda de la villa comenzaba una disputa sobre la muerte de una mujer.
María Guadalupe Flores, madre de la fallecida, señaló directamente a su yerno, Manuel Narro. Lo acusó de haber golpeado a su hija y solicitó una investigación. Según la reconstrucción de Muñoz Cotera, la mujer sostenía que había antecedentes de violencia y que durante aquella noche se escucharon gritos y llantos. El juez mandó detener a Narro. María, entretanto, fue enterrada.
Cinco días más tarde empezaron a acumularse las declaraciones.
María Antonia de la Trinidad aseguró haber visto sangre salir de la boca del cadáver cuando lo bajaban de la cama. María Nieto, quien ayudó a vestirlo, también recordó sangre, aunque no golpes visibles. Antonia de los Dolores Jaso afirmó haber observado a María pasear con su esposo y, después, vomitar y llorar. Teresa Flores dijo haber encontrado sangre en el rostro y moretones en la espalda.
Francisco Castañón declaró que Narro lo llamó alrededor de las seis de la mañana para que acudiera a ver a su mujer. Recordaba sangre y espuma en la boca. Juana Gertrudis, que se había levantado temprano para preparar el atole que vendería, relató una conducta distinta: el marido estaba frente a su casa, miraba alrededor, cerraba una puerta con llave, volvía a abrirla y terminaba cerrándola nuevamente.
La sangre no establece automáticamente un homicidio. Vomitar no demuestra una muerte natural. Una puerta cerrada puede despertar sospechas sin convertirse en prueba. Los moretones, de haber existido como fueron descritos, exigían determinar su origen y su relación con el fallecimiento. Pero hay algo que tampoco conviene perder de vista: varias personas dijeron haber observado señales que les resultaron inquietantes.
La investigación nació, precisamente, de la imposibilidad de reducirlas a una versión común.
Detrás de esa sucesión de testimonios asoma otro Saltillo. No el de las fechas solemnes, las genealogías ilustres o las grandes decisiones militares, sino el que despertaba a preparar atole para vender, acudía a misa de gallo, observaba quién entraba o salía de una casa y participaba en la vida ajena porque la proximidad entre vecinos también funcionaba como una forma de vigilancia.
Como dicen, otro Saltillo.
El 17 de noviembre, ante las versiones enfrentadas, el juez ordenó inspeccionar la vivienda y exhumar el cadáver. Participarían testigos, un médico facultativo y el propio Narro.
La diligencia buscaba establecer si las lesiones denunciadas podían explicar la muerte.
De acuerdo con el relato publicado por el Archivo Municipal, el reconocimiento no encontró heridas ni golpes que demostraran haberla causado. El juez pidió un informe detallado al médico y después se dispuso un nuevo entierro.
Ese resultado modificó el curso de la investigación, aunque no resolvió la pregunta fundamental.
Hasta aquí podemos cuestionar varias cosas, tomando siempre en cuenta la pertinencia histórica. Estamos hablando de un caso de hace más de 200 años. Pero también nos daremos ciertas licencias.
¿Qué posibilidades tenía una mujer de denunciar la violencia dentro de su matrimonio en aquellos años? ¿Hasta dónde llegaba la autoridad del marido sobre la esposa? ¿Cuántos golpes podían considerarse un asunto doméstico antes de considerarse violencia?
No son preguntas ajenas a la época. En la sociedad novohispana, el matrimonio estaba sostenido por una organización religiosa, jurídica y moral que atribuía al hombre la autoridad familiar y esperaba de la mujer obediencia. La violencia conyugal podía ser tolerada como parte de ese orden, aunque también existían mecanismos para denunciarla y solicitar la intervención de las autoridades.
La historiadora Teresa Lozano Armendares ha estudiado cómo el miedo, el honor y la dependencia atravesaban las relaciones matrimoniales durante la Colonia. Su investigación permite reconocer una contradicción: la misma institución que ofrecía protección a las mujeres también podía someterlas a la autoridad de quienes las maltrataban.
Pero no nos desviemos tanto.
En Fuentes para la historia de la medicina en Saltillo, 1717-1940 puede encontrarse una ruta para investigar la formación de los saberes locales que nos atañen. Y los estudios reunidos en Causas de muerte: aportes metodológicos a partir de fuentes preestadísticas y médicas recuerdan que las explicaciones históricas sobre el fallecimiento de las personas deben examinarse dentro de sus propios sistemas de conocimiento.
El 23 de noviembre comparecieron los hijos del matrimonio. Juan José Narro tenía quince años; otro muchacho, cuyo nombre no aparece identificado en la narración publicada, tenía once. Sus declaraciones desplazaron nuevamente el sentido de los acontecimientos.
El mayor señaló que sus padres habían bebido y se encontraban contentos. Recordó que durante la madrugada su padre llevó a una niña pequeña a dormir junto a él porque lloraba. Por la mañana, Narro le pidió que revisara cómo estaba su madre. La encontró rígida, sin responder. Avisó a su padre y después salió a buscar a los vecinos.
El menor coincidió en que sus padres habían consumido vino. Dijo haber escuchado a su madre toser y vomitar durante la noche. Recordó también que su padre buscó ceniza para cubrir lo derramado en el suelo, antes de que él mismo se quedara dormido en la cocina.
Manuel Narro sostuvo su versión. Aseguró que su esposa había vomitado después de beber, que se recostó y que él terminó durmiéndose. Por la mañana abrió la habitación que utilizaba como sombrerería, volvió a buscarla y descubrió que no respondía. Rechazó las acusaciones de su suegra y cuestionó la credibilidad de los vecinos.
La sombrerería constituye uno de esos detalles mínimos con los que un documento permite entrever las condiciones materiales de una vida.
A pesar de esto, el médico no identificó golpes que explicaran su muerte. El juez escuchó versiones enfrentadas y terminó desechando la querella, según la reconstrucción de Muñoz Cotera.
En la historia judicial de Saltillo, el caso puede dialogar con otros procesos sobre violencia, moralidad y control social, como los estudiados en Sociedad y delincuencia en el Saltillo colonial, de Carlos Manuel Valdés, o con las transformaciones institucionales que aborda el artículo universitario El control de la vagancia y la criminalidad. Saltillo, 1810-1836.
No porque esos trabajos resuelvan la muerte de María, sino porque permiten formular preguntas acerca de la sociedad de entonces.
¿En qué condiciones podía una mujer denunciar la violencia de un hombre dentro de su propia familia? ¿Qué valor adquiría la palabra de una vecina frente a la del marido? ¿Qué podía probar un médico y qué quedaba fuera de sus posibilidades? ¿Cuándo una sospecha se convertía en asunto de justicia y cuándo terminaba absorbida nuevamente por el silencio doméstico?
No tenemos todas las respuestas.
Mientras investigaba sobre este caso, recordé algo que ocurrió en 2010, cuando tenía apenas 5 meses de comenzar a hacer periodismo, aunque el testimonio público se conoció hasta 2016.
En enero de ese año, un joven de diecinueve años consiguió salir de una fosa del Panteón de Dolores después de que sus agresores, creyéndolo muerto, lo cubrieron con tierra.
Se llamaba Juan Manuel Encino Lara y estudiaba Enfermería en la Universidad Autónoma de Coahuila. Había aceptado la invitación de una compañera para reunirse con otros jóvenes, supuestamente interesados en formar un grupo musical. Tocaba la batería. Aquella noche acudió a una vivienda de la colonia Bonanza, sin imaginar que terminaría enterrado.
Según su testimonio, recogido por Vanguardia, la reunión se prolongó hasta que decidió regresar a casa. Los demás insistieron en llevarlo al Panteón de Dolores, ubicado junto al bulevar Jesús Valdés Sánchez, donde supuestamente continuarían hablando de música.
Una vez dentro, cinco de sus acompañantes comenzaron a golpearlo. Utilizaron tubos, palos, piedras y otros objetos. Entre quienes lo agredieron había una compañera de estudios a la que preguntó por qué estaban haciéndole aquello.
La respuesta fue tan breve como desconcertante: «Ya estás metido en esto».
Juan Manuel no pudo explicarse el motivo. Tampoco logró establecer si los hechos estaban relacionados con algún ritual, como llegó a especularse entonces. Para detener los golpes dejó de moverse y fingió estar muerto.
Sus agresores comenzaron a cavar.
Todavía consciente, aunque gravemente herido, escuchó que preparaban el lugar donde pretendían abandonarlo. Lo introdujeron en una fosa poco profunda y lo cubrieron con tierra. Esperó hasta estar seguro de que se habían marchado para intentar salir.
Consiguió incorporarse, retirar la tierra y dirigirse hacia la entrada del cementerio. Allí permaneció hasta que llegó el vigilante, alrededor de las ocho de la mañana.
El episodio fue investigado por la Fiscalía de Coahuila. Las autoridades identificaron a varios presuntos participantes y analizaron si las agresiones podían constituir tentativa de homicidio o lesiones. La investigación también permitió descartar algunas versiones iniciales que atribuían a todos los involucrados la condición de estudiantes de Medicina.
No es necesario suponer una ceremonia macabra para reconocer la violencia de aquellos acontecimientos. Tampoco conocemos, a partir de las notas consultadas, una resolución judicial definitiva que permita establecer la responsabilidad penal de cada participante.
Lo documentado resulta suficientemente perturbador: Juan Manuel sobrevivió porque consiguió convencer a sus agresores de que estaba muerto. Salió de la tierra y pudo contar lo sucedido.
Casi dos siglos antes, María de Jesús Siller había sido desenterrada por una razón inversa. Su muerte necesitaba una explicación y ella ya no podía ofrecerla. Otros hablaron por ella. La justicia examinó su cuerpo, escuchó las declaraciones y terminó desechando la acusación contra su marido.
Los dos acontecimientos son distintos y no pretendo establecer entre ellos una relación que no existe. Pero ambos permiten observar algo sobre la manera en que construimos nuestros relatos: lo que sabemos depende también de quién sobrevive para contarlo, quién puede declarar, quién es escuchado y qué consigue demostrar.
Regreso entonces a lo que advertí al principio. No me interesa desenterrar lo que le ocurrió a María por el espectáculo de una muerte misteriosa, sino porque su expediente permite observar algo más profundo que las circunstancias de un fallecimiento.
En esas 32 fojas también quedó registrada una forma de entender el mundo. La autoridad del marido, la intervención de las vecinas, los vínculos familiares, las posibilidades de la medicina y los límites de la justicia.
Pero, sobre todo, la manera en que una sociedad distinguía entre aquello que podía tolerarse, lo que merecía ser denunciado y lo que finalmente conseguía demostrarse.
El expediente tampoco es un reflejo transparente de la realidad. Es el resultado de preguntas formuladas por una autoridad, testimonios pronunciados bajo determinadas condiciones y conocimientos que entonces se consideraban suficientes para establecer una verdad.
Son apenas fragmentos distantes.
María de Jesús Siller fue enterrada dos veces. La primera, después de su muerte. La segunda, cuando la justicia dio por terminado el caso sin que hoy podamos saber con certeza cómo murió.
Más de dos siglos después, su historia nos recuerda que cerrar un expediente no significa resolver todas sus preguntas. Algunas permanecen, precisamente, porque ya no queda nadie que pueda responderlas.
Al menos aquí, intentamos impedir que el olvido la entierre por tercera vez.