"Los Mundiales son otra cosa, pero no hay nada como los Juegos Olímpicos. Es la mejor reunión que se produce en el mundo, todos dejamos de ser extranjeros. Estuve en dos, Tokio 1964 y en México 1968, es fabuloso." Foto Archivo/Vanguardia
Carlos Barrón/Excélsior
México, D.F..- El rostro de Ignacio Trelles siempre luce esperanzador. A los 93 años es el patriarca del futbol mexicano. Este hombre, que recibe en la estancia de su casa, con sus familiares y las fotos de su matrimonio guardándole las espaldas, es el que más historias en el futbol mexicano tiene.
Con orgullo terso de ser fiel a la colonia San Miguel Chapultepec, ha pedido a sus hijos, que cuando se vaya, sus cenizas sean esparcidas desde lo más alto del Castillo, "mi segunda casa, ahí iba con mi esposa a caminar y a escuchar a las orquestas los domingos", dice aferrado a su asiento y con una vivacidad que impresiona al ver una foto del archivo de Excélsior donde con 50 años menos, mira la punta de los pinos; "es que quiere que sus restos se conserven en Chapultepec", interviene su hija María Eugenia a punto de llorar por tantos recuerdos.

En esa colonia pasó toda su vida "porque era muy futbolera y había muchos españoles y alemanes", comenta. Por lo que de ahí sacó a los ocho amigos de su infancia que juntos se autodenominaban la palomilla. Dos de ellos crecieron con él y los considera los mejores camaradas: Daniel Pérez Alcaraz y Manuel Tamez, "porque en el futbol sólo me hice de compañeros. Ese grupo de amigos fue lo mejor en mi vida, todos éramos vecinos."

Y es que de futbol y de la vida, don Ignacio sabe un rato. Porque ha vivido toda clase de sobresaltos y promesas, igual vicisitudes "como que me llegaran a pagar con quesos cuando dirigí al Cuautla en 1952, que por los problemas económicos ni terminó la temporada", confiesa, al mismo tiempo que suelta la primera sonrisa de la tarde, misma que se fue desmoronando como los rayos del sol que se filtraban por la ventana de su pequeña pero acogedora casa al sacar el pasado.

Es que dice "soy serio, no enojón, pero siempre seco", un Ignacio Trelles que tiene el récord de más partidos con el Tri en el banquillo con 117, que dirigió tres mundiales para México, que obtuvo el primer punto en Suecia 1958 al empatar con Gales y a su vez el primer triunfo en Chile 1962, al derrotar a Checoslovaquia; además, claro está, de ayudar a Antonio la Tota Carbajal a completar cinco Mundiales al ponerlo solamente en el último partido de la Copa del Mundo de Inglaterra 1966 ante Uruguay porque se enfermó de gripe, "y eso que Carbajal no tenía estilo, Jaime el Tubo Gómez era de más porte y personalidad, pero la Tota estuvo en los Mundiales". A Trelles, en esas largas travesías por barco le tocó el síndrome que bautizó con su mote José Jamaicón Villegas, "pero él era el único, los demás eran muy abiertos. Le costaba trabajo no extrañar su casa a pesar de platicar con todos nosotros. Sus mismos compañeros lo reprobaban en el viaje", afirma con esa voz cavernosa, llena de temblor, sobre todo al rememorar que no tomó el Mundial de 1970 en México por culpa de los periodistas.

"Antes eran bien duros, más que ahora. Me peleé mucho con Antonio Andere, con Manuel Seyde, que nos puso los Ratones Verdes en Excélsior, Flavio Zavalla Millet; no les iba a dar el gusto de destazarme en mi propio país. Por eso dejé a Raúl Cárdenas y me hice asesor.

"Los Mundiales son otra cosa, pero no hay nada como los Juegos Olímpicos. Es la mejor reunión que se produce en el mundo, todos dejamos de ser extranjeros. Estuve en dos, Tokio 1964 y en México 1968, es fabuloso."