La violencia es el pan de cada día en la antigua Mesopotamia
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Una de las jornadas más letales fue el pasado domingo 30, durante la cual 37 personas fueron destrozadas por bombas escondidas en automóviles por Al Qaeda
El reinicio de los atentados dinamiteros y los ataques armados en Irak retornaron hoy a la antigua Mesopotamia a los días más violentos desde la invasión militar estadounidense de 2003. En el noveno mes del año gregoriano, 365 personas perdieron la vida en ese país, la mayoría transeúntes desprevenidos que tuvieron la pésima fortuna de estar en el lugar equivocado en el momento más inoportuno, según las estadísticas oficiales.
Una de las jornadas más letales fue el pasado domingo 30, durante la cual 37 personas fueron destrozadas por bombas escondidas en automóviles y detonadas a distancia por mandato de la red Al Qaeda, según las alegaciones de las autoridades.
La secuencia de explosiones comenzó en la ciudad de Taji, donde la detonación de dos autos cargados de explosivos y metralla mataron a ocho personas e hirieron a casi cuatro decenas, acorde con las estadísticas oficiales.
Esas serían solo las primeras de una secuencia de actos similares que abarcaron las localidades de Madain y Tamiyah, y Bagdad, la capital, donde otro vehículo convertido en ingenio explosivo fue detonado por su conductor con saldo de un civil y tres militares muertos.
Así, el domingo fue el tétrico colofón de un lapso que se extiende desde fines de agosto, cuando en el norte del país, una serie de ataques armados contra militares y de atentados dinamiteros que se extendieron hasta Baquba y otras localidades meridionales habitadas por musulmanes de la secta chiíta.
Hechos semejantes han devenido la actualidad anecdótica iraquí, aunque en su reflejo pasan por alto la esencia de la crisis: la pugna interna en la administración del primer ministro Nuri al Maliki, un miembro del partido al Dawa (La Llamada, chiíta) opositor a ultranza del gobierno del derrocado expresidente Saddam Hussein.
Maliki gobierna basado en una coalición de entidades formadas por políticos de su misma secta, en contraposición a los ministros también musulmanes, pero de la escuela de pensamiento sunita que integran su gabinete.
Las pugnas intestinas llegaron a su clímax semanas atrás cuando un tribunal iraquí condenó a muerte al fugitivo vicepresidente Tariq al Hachemi, asilado en la vecina Turquía, según versiones, acusado de planear y ordenar el asesinato de altos oficiales militares y políticos chiítas.
Además de sus cruentas repercusiones internas, el hecho tuvo un significativo impacto en la diplomacia regional debido a la decisión del primer ministro iraquí de declinar la semana pasada una invitación a visitar Turquía.
De probarse ciertas las alegaciones contra al Hachemi, proveerían una posible explicación a las constantes erupciones de violencia en ese antiquísimo país del Medio Oriente, cuya vida sufrió un desgarramiento existencial desde la invasión militar estadounidense de 2003.
El entonces presidente norteamericano, George Bush, adujo varios pretextos, pero el fundamental fue la alegada posesión por el gobierno iraquí de armas de destrucción masiva, que el tiempo se encargaría de desmentir, y cuyo superobjetivo fue establecer una presencia militar en Irak y ampliar la existente en el Golfo Pérsico.
Los propósitos tienen como fin cerrar el cerco sobre el gobierno islámico iraní, enemigo acérrimo de la política hegemónica de Washington, crítico de su injerencia en los asuntos del Levante y aliado a ultranza de Israel.
De aquella operación militar solo queda un mal recuerdo, un incremento sustantivo en Irak del rencor a Estados Unidos y, como pan de cada día, una violencia que parece Indetenible cualesquiera que sean los partidos en el poder.