De Haití a Venezuela: el cambio de la ayuda internacional de EU
A diferencia de la masiva ayuda a Haití en 2010, EU ofrece una respuesta mínima ante los sismos en Venezuela en 2026, ya que el gobierno de Trump prioriza el control petrolero y sus intereses políticos sobre la asistencia humanitaria
Por: Simon Romero
Cuando un terremoto gigantesco sacudió Haití en 2010, Estados Unidos puso en marcha una enorme operación de ayuda que incluyó más de 3 millardos de dólares, 7000 soldados estadounidenses sobre el terreno y la suspensión de las deportaciones de haitianos a su país devastado.
Esa respuesta eclipsa con creces lo que Estados Unidos ha prometido para Venezuela, un país devastado por los terremotos que, según el gobierno de Donald Trump, ahora está dirigiendo tras haber capturado a su líder este año. Hasta ahora, Estados Unidos ha aportado 300 millones de dólares, ha desplegado un contingente mucho más reducido de unos 900 militares estadounidenses y no ha anunciado que vaya a detener las deportaciones de venezolanos.
Fui uno de los primeros periodistas en llegar a la capital de Haití, Puerto Príncipe, en 2010. Hay grandes diferencias entre ambos desastres: Haití es más pobre que Venezuela, el número de víctimas de ese terremoto parece haber sido mucho mayor y, quizás lo más importante de todo, la forma en que Estados Unidos se relaciona con el mundo ha cambiado radicalmente.
Pero los paralelismos entre los desastres también son inquietantes: edificios de hormigón cuyos múltiples pisos colapsaron unos sobre otros, cuerpos que inundan morgues desbordadas, sobrevivientes que critican la respuesta del gobierno y civiles que lideran rescates desesperados de personas atrapadas entre los escombros.
Con paisajes urbanos ensombrecidos por el polvo de tantas estructuras en ruinas, las imágenes ponen de manifiesto el desmantelamiento de los servicios de emergencia, el empobrecimiento generalizado y la disfunción política tanto en Haití como en Venezuela.
Pero en los años desde que Estados Unidos lideró un esfuerzo internacional para ayudar a Haití, los funcionarios de Trump han mostrado su desdén por la ayuda exterior. Han destruido la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por su sigla en inglés), el principal organismo estadounidense encargado de distribuir la ayuda exterior, y han recortado drásticamente la asistencia a los países más pobres.
Al mismo tiempo, Venezuela, asolada por la crisis, ha pasado de ser uno de los mayores donantes de ayuda de Latinoamérica a necesitar ella misma grandes cantidades. En 2010, Venezuela estaba entre los principales donantes a Haití, y proporcionó alimentos, medicinas, cargamentos de petróleo de emergencia y alivio de la deuda.
Antes de que la economía venezolana se derrumbara hace una década, sus líderes socialistas presentaban esa ayuda como un contrapeso político a la política de Estados Unidos, que combinaba la recuperación con esfuerzos de reconstrucción nacional, para la cual canalizaba la mayor parte de la ayuda a través de USAID.
En Venezuela, el gobierno de Trump está dando ahora prioridad a las operaciones inmediatas de búsqueda y rescate y a la estabilidad política en un país que considera un Estado títere rico en petróleo, donde las empresas energéticas estadounidenses pueden hacer fortunas.
Tras incursionar en la capital de Venezuela y capturar a su presidente autoritario en enero, Trump dijo que iba a tomar el control del petróleo venezolano. Desde entonces, los funcionarios estadounidenses han dicho que están supervisando millardos de dólares en ventas de petróleo venezolano.
La pregunta es: ¿cuánto de ese dinero se usará para ayudar a los sobrevivientes del terremoto y reconstruir Venezuela, ahora que grandes extensiones del país están en ruinas?
Después de desmantelar y echar por tierra la USAID el año pasado, las autoridades estadounidenses ahora están enviando los 300 millones de dólares en ayuda anunciados hasta ahora a través de grupos como la Cruz Roja, organizaciones religiosas y las Naciones Unidas. La ayuda de Estados Unidos representa la mayor parte de los esfuerzos de socorro a nivel mundial, mientras que la Unión Europea y países como Australia ofrecen cantidades mucho menores.
John Barrett, el máximo representante diplomático de Estados Unidos en Venezuela, dijo la semana pasada que Estados Unidos esperaba seguir comprometido con la recuperación de Venezuela todo el tiempo que fuera necesario, y que las prioridades inmediatas son el alojamiento, la retirada de escombros, el suministro de agua corriente y la generación de electricidad.
Pero Barrett también dijo que la estrategia general del gobierno de Trump para Venezuela, priorizar la estabilidad política y el uso de los ingresos petroleros del país para financiar la recuperación económica seguían sin cambios a pesar del desastre.
“La reconstrucción se ve un poco diferente, claro, desde el devastador terremoto”, dijo Barrett a los periodistas, al tiempo que subrayó que la destrucción no había afectado a la industria petrolera venezolana. “Así que la producción sigue adelante y sigue aumentando gracias a las inversiones que Estados Unidos y empresas privadas de todo el mundo ya habían empezado a poner en marcha”.
Aun así, han surgido dudas sobre si la ayuda de Estados Unidos para Venezuela se acerca siquiera a lo que el país necesitará para reconstruirse. El Servicio Geológico de Estados Unidos ha estimado que las pérdidas por los terremotos podrían ascender a millardos de dólares.
Pero la cantidad de ayuda para la recuperación que ha anunciado el gobierno de Trump es solo una fracción de los 8 millardos de dólares que se estima que se ha llevado de Venezuela, después de que Estados Unidos destituyera al gobernante del país, Nicolás Maduro, en enero.
El gobierno de Trump ha presentado el control de EU sobre Venezuela como algo beneficioso para ambos países. Pero se ha negado a revelar exactamente cuánto ha recaudado con la venta de petróleo venezolano, ni siquiera cómo está utilizando esos fondos.
El presidente Trump dijo que los venezolanos estaban contentos gracias a todo el dinero procedente del nuevo comercio entre los dos países. Pero incluso antes de los terremotos, muchos venezolanos ya se quejaban de que la vida era igual de dura que antes de que Estados Unidos derrocara a Maduro: apagones constantes, caída del valor de la moneda y subida de los precios.
Javier Corrales, profesor de ciencias políticas en el Amherst College, dijo que sería difícil calificar de generosa la ayuda de 300 millones de dólares de Estados Unidos para el terremoto, cuando Estados Unidos controla los ingresos de la industria petrolera de Venezuela, que son muchas veces superiores.
Corrales dijo que esto encaja en la tendencia predominante de que Estados Unidos va a ayudar a otros países siempre y cuando haya más ganancia para Estados Unidos que para otras naciones.
Aun así, la experiencia de Haití ha demostrado que más grande no siempre es mejor cuando se trata de ayuda en caso de catástrofes.
Después del terremoto de 2010, los proyectos de reconstrucción de Estados Unidos abarcaban desde la construcción de una central eléctrica y nuevos edificios gubernamentales hasta la modernización de un puerto y la creación de una fuerza policial nacional.
Pero la mayoría de los proyectos de infraestructura supervisados por la USAID se retrasaron, tuvieron un costo mayor al previsto o tuvieron que reducirse, según descubrió la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno de Estados Unidos años después. En un caso, la agencia tenía previsto construir 4000 viviendas, pero solo construyó 906 debido a unos costos de construcción más elevados de lo esperado.
La enorme afluencia de ayuda exterior, que ascendió a unos 13 millardos de dólares en total, supuso un salvavidas, pero posibilitó que la corrupción y la disfunción política siguieran sin control, lo que dejó al gobierno de Haití con pocos incentivos para llevar a cabo las transformaciones institucionales necesarias para la reconstrucción.
Y lo que es peor, las fuerzas de paz de las Naciones Unidas en Haití contribuyeron a un brote de cólera tras el terremoto, que se cobró 10.000 vidas.
“La magnitud de ese desastre y la magnitud del fracaso en la respuesta han alimentado el sentimiento que se opone a la ayuda que vemos hoy en día”, dijo Jake Johnston, director de investigación internacional del Centro de Investigación de Economía y Políticas de Washington.
Durante su primera campaña en 2016, Trump se enfocó en las polémicas que rodeaban la ayuda a Haití, y acusó a Bill y Hillary Clinton de obtener ganancias con las operaciones de socorro. Bill Clinton, el expresidente de Estados Unidos, era enviado especial de la ONU para Haití y coordinaba los esfuerzos de ayuda internacional; Hillary Clinton era secretaria de Estado y se presentaba a la presidencia ese año. Ambos rechazaron esas acusaciones.
“Creo que ahora la gente mira atrás y ve la situación en la que se encuentra Haití hoy, en 2026, y argumenta que no fue un dinero bien gastado para el contribuyente estadounidense”, dijo Kenneth Merten, quien era embajador de Estados Unidos en Haití en el momento del terremoto de 2010.
“Pero yo diría que, en cuanto a salvar vidas y proporcionar refugio, comida y agua a la gente, fue realmente una operación muy bien gestionada por nuestra parte y por la de nuestros socios”, añadió Merten.
Mientras los venezolanos rebuscan ahora entre los escombros de su propia catástrofe, las secuelas de lo que ocurrió en Haití siguen ensombreciendo los esfuerzos de ayuda, dijo Sam Vigersky, un exfuncionario de la USAID que dirigió los equipos de respuesta ante catástrofes de la agencia y que ahora es investigador de asuntos internacionales en el Consejo de Relaciones Exteriores.
En la época del terremoto de Haití, “Estados Unidos estaba en todas partes, en todo momento y al mismo tiempo, en cuanto a su manera de abordar la ayuda humanitaria a nivel mundial”, dijo Vigersky.
Por el contrario, Vigersky dijo que el gobierno de Trump estaba adoptando más bien un “enfoque a la carta, en el que la ayuda humanitaria se vincula directamente a la política de Estado”.
Hoy en día, señaló, hay países como Somalia, Afganistán y Yemen que sufren inseguridad alimentaria y profundas crisis humanitarias, y en los que Estados Unidos ha recortado drásticamente la ayuda.
En el caso de Venezuela, el país importa para los funcionarios del gobierno de Trump por varias razones: es un vecino del hemisferio occidental, cuenta con algunas de las reservas de petróleo más grandes del mundo y actualmente sirve como caso de prueba en el que Estados Unidos colocó a una líder dócil al mando sin buscar un cambio de régimen total.
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