Puedo estar agraviado, mas no afrentado
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El Quijote II, 32
En la casa de los Duques, el Eclesiástico, personaje a quien Cervantes no menciona por su nombre, sostiene una agria discusión con don Quijote. Gira en torno a la existencia, o no, de la caballería andantesca. El religioso dice que en realidad nunca hubo tal y quien sí lo crea es un mentecato, bobo y loco.
Don Quijote, quien desde luego sí cree en la existencia histórica de la caballería y de los caballeros andantes, uno de ellos él mismo, lleno de coraje y “temblando de los pies a la cabeza como azogado, con presurosa y turbada lengua” pronuncia un formidable alegato en defensa de su punto de vista y convicción. Está tan bien estructurado y escrito este pasaje, que bien vale la pena leerlo aun en forma suelta; por su extensión no es posible transcribirlo aquí.
Mohíno por el curso que toma la discusión, la cual divierte mucho al Duque, el Eclesiástico procede a retirarse.
El Duque dice entonces a don Quijote que no se sienta agraviado por la actitud del Eclesiástico. Y el caballero responde que en efecto así es, pues “el que no puede ser agraviado (refiriéndose al religioso) no puede agraviar a nadie”. Y menos aún hay razón para considerarse afrentado.
Explica la cuestión así:
“Porque entre el agravio y la afrenta hay esta diferencia, como mejor vuestra excelencia sabe: la afrenta viene de parte de quien puede hacer, y la hace, y la sustenta; el agravio puede venir de cualquier parte, sin que afrente. Sea ejemplo: está uno en la calle descuidado, llegan diez con mano armada, y, dándole de palos, pone mano a la espada y hace su deber, pero la muchedumbre de los contrarios se le opone, y no le deja salir con su intención, que es vengarse; este tal queda agraviado, pero no afrentado”.
Luego de poner otro similar ejemplo, don Quijote concluye: “Y así, según las leyes del maldito duelo, yo PUEDO ESTAR AGRAVIADO, MAS NO AFRENTADO”.