2025: un año que no olvidaré

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Opinión
/ 1 enero 2026

Sin contraste, la felicidad se vuelve invisible. Esta reflexión cobra especial sentido en estos días de balances y propósitos

La vida humana es una mezcla compleja de emociones, sensaciones, pensamientos y razonamientos. En ella conviven alegrías y tristezas, satisfacciones y frustraciones, miedos y esperanzas. Y no hay en ello defecto alguno. Es precisamente esa diversidad la que nos permite advertir lo que nos ocurre, darle sentido a la experiencia y reconocernos en ella. Por eso siempre me han llamado la atención esas posturas que colocan a la felicidad como la gran meta de la existencia; no sólo por la ingenuidad que supone pensar que algo así puede estar bajo nuestro control –cuando la inmensa mayoría de las cosas simplemente nos pasan, lo queramos o no–, sino porque, incluso si fuese posible alcanzar esa meta y permanecer allí, perderíamos la capacidad de notarla. Sin contraste, la felicidad se vuelve invisible.

Esta reflexión cobra especial sentido en estos días de balances y propósitos. Al cierre de un ciclo, uno puede –más o menos– hacer sumas y restas para concluir si el año que termina fue bueno o no, en términos generales. Y si bien mi 2025 no resultó ser el año que me había propuesto, viajando mientras trabajaba y viendo florecer mis proyectos, tampoco puedo decir que haya sido un mal año. Sí puedo afirmar, en cambio, que fue un año profundamente complicado.

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Mi intención era establecerme como nómada digital. Para que eso fuera posible, necesitaba duplicar mis ingresos. No parecía una apuesta descabellada: había sembrado proyectos, contaba con el respaldo de personas en las que confío y con un currículum sostenido en resultados, que abría la puerta a oportunidades como freelancer mientras los negocios maduraban. Con esa convicción me deshice de mis pocas pertenencias, me subí a un avión y comencé la aventura por Centro y Sudamérica. Sabía que, con lo que había reunido, mayo sería el punto de decisión: seguir o regresar.

El 10 de mayo llegó –la fecha que me había puesto como límite– y la decisión fue volver, aunque con algunas escalas pensadas para “aprovechar la oportunidad”, porque uno nunca sabe si regresará a ciertos rincones del planeta. Para mediados de junio ya estaba de vuelta, alojado en casa de mi hermano, donde sigo hasta hoy, con la esperanza persistente de retomar el viaje. Eso no ocurrió. Aquí sigo, varado. ¿Infeliz? No, de ninguna manera.

$!Ciudad de Panamá.

Los días se han transformado en una lucha constante por resolver el freno económico que me mantiene detenido. Pero, incluso en medio de esa tensión, han aparecido muchas pequeñas alegrías y satisfacciones; de esas que no generan ingresos, pero que enriquecen el alma. Confío en que en algún punto de la vida –ojalá no muy lejano– podré volver al camino. Pero tampoco me amarga pensar que quizá eso no sea posible. Si bien estoy convencido de que la meta de la vida no puede ser la felicidad, también lo estoy de que uno debe intentar hacer aquello que, en algún momento, ya lo hizo sentirse feliz.

$!Cataratas de Iguazú, en la frontera entre Argentina y Brasil.

2025 será un año inolvidable para mí porque viajé, conocí nuevos lugares, me reencontré con amigos entrañables y sumé otros nuevos; pero también porque regresé, y ese regreso me regaló la oportunidad de vivir momentos profundamente valiosos con mis seres queridos.

Quiero aprovechar estas líneas para agradecer a VANGUARDIA la oportunidad de compartir aquí algunas de mis experiencias viajeras. También por eso recordaré este año. Sin embargo, siento que es momento de suspender mis colaboraciones, al menos hasta que los viajes regresen y vuelva a tener nuevas vivencias y reflexiones que compartir. Les deseo un 2026 próspero, pleno en salud y en aprendizajes. Hasta que la vida nos vuelva a encontrar.

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