Los vulnerables

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Opinión
/ 27 agosto 2010

Los migrantes peligran tanto como los bebés antes de nacer.
A los que quieren emigrar al sueño de la vida se les impide nacer. Esa frontera del alumbramiento frustrado es tan infranqueable -para las pequeñas vidas indefensas e inocentes- como  lo fue aquel muro de Berlín de pésima memoria.
Peligran también los migrantes que intentan cruzar la otra frontera que tiene río y tiene muro, tiene migra y tiene desierto y serpientes, tiene francotiradores y Ejército, vigilancia aérea robótica, tiene insolaciones y congelaciones y, después...deportaciones. Se ha refuerza ahora, de este lado, esa valla múltliple con cortinas de despojo y de acribillamiento para los que cruzaron la frontera sur. Aquéllos y éstos son ahora los más vulnerables. Se les niega a unos el derecho a vivir como si fueran injustos agresores o excremento desechable y a otros el derecho a trabajar, negándoles los papeles necesarios.
Son víctimas que están en la intemperie, sin protección legal, sin reconocimiento de su dignidad humana. Víctimas de la codicia que privilegia el poder y la fuerza opresora sobre el bienestar, la seguridad y la protección legítima.
La globalización solidaria anhela la civilización de la vida respetada y custodiada por todos los vivientes. Busca encadenar los eslabones del bien ser, del bien hacer, del bien estar y el bien tener pero no para unos cuantos sino para todos.
Frente al estropajo de codicias que pretenden un tener injusto, exagerado y excluyente, se levanta esa potente emigración hacia la vida y hacia el trabajo que no puede ser contenida sólo por una resistencia violenta o una agresión letal.
La comunidad da poder a sus representantes para que logren la paz en la justicia, abriendo a todos las oportunidades de plena realización. Los modelos viciados de desigualdad perpetúan y nutren enfrentamientos entre quienes podrían ayudarse y complementarse para una prosperidad común.
Todos somos responsables por omisiones o por comisiones, por recíprocas acusaciones en lugar de acuerdos, convergencias y realizaciones. Si se masacra la conciencia comunitaria ¿podrá lograr, siquiera el temor, lo que fue incapaz de lograr el amor?...

El autor de Claraboya, quien ha escrito para Vanguardia desde hace más de 25 años, intenta apegarse a la definición de esa palabra para tratar de ser una luz que se filtra en los asuntos diarios de la comunidad local, nacional y del mundo. Escrita por Luferni, que no es un seudónimo sino un acróstico, esta colaboración forma ya parte del sello y estilo de este medio de comunicación.

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