uelas del juicio... final
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Algo malo hicieron Adán y Eva -además de probar el fruto del árbol del conocimiento- cuando han heredado a su descendencia males a tal grado terribles, como las muelas del juicio.
¿A quién se le ocurriría nombrarle muelas del juicio a los últimos cuatro huéspedes que aparecen en nuestra boca? Circula por allí una hipótesis: el nombre les viene por la edad a la cual emergen -después de los dieciocho- pues, en teoría, a esas alturas de la vida ya se adquirió juicio, esa rara capacidad humana gracias a la cual podemos definir lo correcto. Ante la explicación a uno le queda poco margen de duda: a juzgar por su conducta, a muchos de nuestros congéneres nunca les brotaron las mentadas muelas esas.
Aunque, claro, eso aplica sólo si concedemos veracidad al cuento ese del juicio contenido en el calcáreo envase y enviado por las musas del Olimpo a través del elemento dental. Más allá de este mundano asunto, varias cosas llaman la atención en torno a la llegada de las referidas muelas.
El primero está relacionado con su excesivo número. ¡Son cuatro! ¿Tan mal andamos como para requerir de una tortura como ésta por cuadruplicado? Porque los infernales elementos dentales tienen la mala costumbre de castigarnos con su llegada. Su aparición se convierte en todo un acontecimiento, pero no por el júbilo ante tal adquisición, sino por el tormento en ello representado.
Relacionado directamente con el punto anterior se ubica lo prolongado del proceso. ¿No habría forma de que las muelas del juicio observaran el casi anónimo comportamiento de un incisivo cualquiera? Cuando se nos caen los dientes de leche y adquirimos los definitivos, prácticamente ni nos damos cuenta, pues las piezas dentales ubicadas al frente de la cavidad bucal son gentiles, discretas.
Sabedores quizá de su lugar privilegiado como portadores de la sonrisa, los dientes anteriores aceptan con humildad el proceso de eclosión y se mantienen casi al margen de nuestras vidas sin infligirnos daño alguno.
Pero ¡ah!, las muelas del juicio... Ésas son otra cosa.
Anuncian su llegada desde mucho antes que sea posible siquiera adivinar su presencia con el uso de la lengua y lo hacen en la forma más desagradable posible: torturándonos con un dolor lacerante, enloquecedor, casi perverso.
Durante meses -generalmente transformados en años- nuestras encías se inflaman, nos impiden comer, imposibilitan casi cualquier gesticulación y nos amargan la existencia en forma inmisericorde.
Y lo peor ni siquiera es eso, sino la falta de coordinación entre las infames piezas. No acaba uno de respirar aliviado por el cese de la tortura en el lado izquierdo de la encía superior, cuando el embate reinicia por el lado derecho de la inferior.
¡Parece un compló! Se antoja a venganza venida de nuestro pasado lejano, a algún castigo por la comisión de pecados de especie cuya expiación colectiva es exigida por algún dios menor, a quien el dolor alimenta y garantiza perpetuidad.
No hay remedio. Emulando a Job, uno se dispone a soportar con paciencia el tormento; a no contar los días, las semanas, los meses... Nos consolamos pensando en las ventajas seguramente representadas por la existencia de las benditas muelas y aguardamos -con la misma ansiedad que se aguardan los días de quincena y las vacaciones- la conclusión del martirio.
Y entonces... entonces aparece el dentista y nos da la fatal noticia: las mentadas muelas del juicio no nos hacen falta y es necesario extraerlas, so pena de sufrir perjuicios mayores en el resto de la dentadura. Y allí está uno: tirando al caño sus meses de paciente sufrimiento, los sacrificios realizados, las culpas expiadas por la vía dolorosa...
Ni modo, debemos decirles adiós y habrá de hacerse con estilo. Mauricio Echiburu, a quien he tomado prestada la parte final de este artículo, ha realizado un buen ejercicio sobre el particular, con su "Discurso de despedida a una muela del juicio":
"Oh, tú yaces aquí, pedazo de calcio inanimado. Sé que no me perteneciste, ni debo ser yo quien te dedique estas palabras, pero dados los raros designios de la rueda de doña fortuna, estoy aquí... hablándole a un diente.
"Tu importancia nunca fue bien ponderada, por eso, aquí yo te rindo tributo. Porque prestaste invaluables servicios al moler ese furibundo pedazo de asado, y lograste suavizar una dura caluga de frugales sabores. Esas cosas no las hace cualquiera. Eres un amigo que también serviste para dar una sensual carcajada y te mostraste con tapaduras y caries o restos de comida orgullosamente enarbolada en tus contornos.
"Gran amigo, magno molar. Aunque del juicio te llamen, sin traerle ese preciado valuarte a tu dueño. Yo te agradezco por él. Que descanses en paz y que en el cielo, junto a los ángeles incisivos y los arcángeles caninos, logres la grandeza de tu nombre. Que la gran placa de acrílico y la seda dental sea tu camino. Amen".
¡Feliz fin de semana!
carredondo@vanguardia.com.mx
Twitter: @sibaja3