Miguel Hidalgo; `Padre' y no por ser sacerdote sino por el amor que le tuvo a su patria...
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QUERIDOS LECTORES:
Y, para culminar con la conmemoración del Bicentenario de la Independencia de México, otra página del bello libro de lectura "Juventud", que, como les decía ayer, fue mi libro de lectura de cuarto año de primaria.
Hoy, mi sencilla contribución, es un texto escrito por Manuel Gutiérrez Nájera, y que tituló El Padre.
Festejemos el Bicentenario de la Independencia de nuestra Patria, honrándola, amándola, respetándola. Ella lo merece. Nosotros tenemos el deber.
ANA
EL PADRE
No fue Hidalgo un genio para la guerra, como lo fue Morelos; ni un batallador como los Galeana; pero ese humilde cura párroco, de alma y cabellos blancos, fue el primero que oyó el quejido de los opresos, como se oye en un confesionario la confidencia del dolor. A ese curato de Dolores fue el indio desvalido en busca del buen sacerdote que había de socorrerlo. Y aquel insignificante cura bautizó la libertad.
Sentimos amor a todos los insurgentes; pero de ellos ninguno es más querido que ese viejecito de canas inmaculadas; a él volvemos la mirada en los conflictos, a él solamente le llamamos padre.
Y es padre, no por investidura sacerdotal, es padre por el amor que nos tuvo. Sus manos fueron hechas para bendecir, y bendijeron a una nación recién nacida. Es padre en el sentido altísimo de ese vocablo: en el que expresa un absoluto desinterés y un infinito amor.
Gloria del clero humilde, del que pena en villorrios y cortijos, es el que en Dolores alzó el estandarte de la libertad. Iturbide podrá representar un ejército bizarro. Hidalgo encarna todo un pueblo. Iturbide se unió a la causa de la Independencia cuando ésta era rica y vencía. Hidalgo la abrazó, levantándola del suelo, cuando, muy niña, se moría de hambre, de sed y de frío. Iturbide fue emperador. Fue Hidalgo fusilado.
¡Oh, qué buen cura de almas! ¡Cómo quisiéramos revivirlo para besar sus canas! Es como el padre ya muerto, como el padre que nos quiso tanto y al que no podremos enseñarle ya la hermosa nieta. ¿Cómo sacarle del sepulcro, cómo despertarle, cómo decirle: -Tú que tanto sufriste por nosotros, ve el hogar que hemos formado.
Llegó la libertad a esa parroquia de Dolores, como pidiendo limosna. Llegó recomendada por una buena y noble dama, por la Corregidora Domínguez. Fue indigente, desnuda casi, al curato hospitalario. Y allí le dieron pan y besos. Allí la Virgen de Guadalupe le prometió la victoria. Morelos fue el hombre de la energía y del valor: Hidalgo el de la bondad y la fe. Aquél fue el héroe; éste, es el padre.
¿No os parece oír como un rumor de confesión llegando a los oídos del cura Hidalgo? Se confesaba la Nación entera y al confesarse, en desahogo de su corazón, decía penas sufridas y perennes congojas y nobilísimos anhelos.
Mientras los primates le perseguían y anatematizaban, ese cura que pedía limosna para dar limosna; ese que oía el azote y escuchaba la voz lastimera e imprecante del pobre indio; ese tuvo amor y compasión, y tuvo fe. Fue sacerdote en el excelso significado de esta palabra.
¿Quiénes suavizaron la condición del mexicano en la época de la conquista? Las Casas, los buenos misioneros españoles. ¿Quién nos dio patria? Un cura: Hidalgo.
Esos que, de cerca, oyen latir el corazón del pueblo; esos que han padecido en la misión, en el curato pobre, en la cabaña de adobes y carrizos, esos son los que nos han hecho beneficios.
La bondad no bajó de lo alto: subió de la masa oscura y olvidada.
Padre Hidalgo, tus canas reflejan, en la obra de nuestra Independencia, el misterioso resplandor del alba.