Esclavos en Saltillo
COMPARTIR
Hubo comercio de esclavos en nuestra ciudad, igual que en "La cabaña del tío Tom". Los indios comarcanos eran apresados y vendidos para trabajar en las minas, o en las labores de la tierra. Precios muy buenos alcanzaban, y muchos españoles se dedicaron al inhumano tráfico, hasta el punto que rancherías enteras de indios desaparecieron.
Los padres franciscanos se angustiaban viendo aquella persecución infame, y escribían ocursos y memoriales en muchas fojas útiles y vuelta suplicando a todas las autoridades habidas y por haber que suspendieran aquel tremendo genocidio. No les hacía caso nadie, pese a que en teoría la obra de la Conquista se inspiraba en el más profundo respeto a los naturales, tanto así que en el archivo de Saltillo hay copia de un edicto fechado en 1644 en que se ordena a los alcaldes que vigilen a los religiosos de modo que no usen a los indios en trabajos "personales''. Existía un cargo llamado "Protector de los Naturales", pero no parece haber dado muy buenos resultados: en 1668 llegó a Saltillo una real cédula prohibiendo que se hiciera a los naturales objeto de vejaciones.
La opresión en que se hallaban los indios daba lugar a lances muy diversos. Una historia de amor se lee entre las líneas de fríos documentos, como aquel de 1678 en que se contiene una denuncia hecha por Rodrigo de Morales, sargento mayor, contra el indio borrado Francisco, que se llevó a una india de su hacienda.
Los niños eran también comprados y vendidos. En 1674 el labrador Diego García fue a dar con sus huesos a la cárcel por no pagarle a Cristóbal Castillo "un indiecillo" que le vendió. En 1673 el general Diego de Valdez acusa al indio xuma Lázaro de haberle "sonsacado" una india que estaba a su servicio. No nomás a la india sonsacó el tal Lázaro: también se llevó unas mulas.
A veces los indios se rebelaban contra esa opresión. Un tal Juan de Farías pedía en 1659 que se obligara a los indios que estaban "bajo su amparo" a regresar a sus labores, pues se negaban a trabajar tomando a la letra el edicto que prohibía abusar de los naturales.
Fuera de esos comercios que ahora nos parecen inhumanos, los otros comunes y corrientes estaban sujetos a las mismas contingencias, penalidades y sobresaltos que los de ahora. Cien años después de la fundación de Saltillo tenemos noticia de la primera auditoría a los comercios que se registra en la historia de nuestra ciudad. En 1676 el entonces alcalde de la villa, Pedro Alonso de Carijal y Salinas, visita las tiendas y revisa con celo ejemplar las pesas y medidas usadas por los comerciantes y los precios de las mercaderías que vendían. Como se ve, no hay nada nuevo bajo el sol.
A otras vigilancias estaban sometidos algunos pobladores del Saltillo. Caso curioso es el de Diego de Aguirre, dedicado a cosas del comercio. Había caído en el funesto vicio del juego. Su esposa puso una queja en contra suya, pues el hombre estaba agotando el caudal de la familia. Entonces el Cabildode la ciudad ideó una manera de reducir los excesos de don Diego: le hicieron jurar que pagaría 100 pesos a la Cofradía del Santísimo cada vez que alguien lo sorprendiera apostando dinero. De esa manera todos los saltillenses se convirtieron en vigilantes del tahúr.
Las apuestas son muy malas. Yo siempre huyo de ellas. Apuesto que con esa medida don Diego dejó el juego para siempre.