¿Qué es representar?

Opinión
/ 9 octubre 2010
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La teoría de la democracia, en todas sus vertientes, sostiene que la base de ese sistema reside en su representatividad. Esto quiere decir que quienes ocupan una posición en el poder para decidir qué reglas debe obedecer todo individuo, qué decisiones puede adoptar un gobierno y qué restricciones debe imponer la justicia entre ellos deben tener un serio compromiso con los ciudadanos que los han elegido o con los elegidos que los han designado. Esto podría resumirse en la vieja idea de que a "gobierno del pueblo" debe corresponder un "gobierno para el pueblo".
No obstante, la realidad de la experiencia difiere de esa concepción. La actividad de los representantes suele desviarse de la efectiva representación de sus electores a intereses propios o de partido, a las restricciones que impone la interacción con aliados y adversarios en las instituciones del Estado, a las fallas de las estructuras institucionales que hacen viables actos de corrupción y depredación, en suma, al ámbito específico del ejercicio del poder, que no es ni puede ser una simple extensión de la sociedad, sino una dominio con incentivos, reglas y protocolos propios.
Ahí reside el problema de la representación. Una solución fácil y utópica (irrealizable), es sustituir la democracia representativa por la democracia directa en la que, en teoría, todos los ciudadanos pueden participar directamente en las decisiones públicas. Normalmente, los debates conducen a esta bifurcación y a una aporía sistemática: bajo esta imagen conceptual no hay más que dos alternativas: conformarse con los defectos de la democracia representativa o darse contra el muro de un voluntarismo improbable.
La imagen es falaz y la alternativa falsa. Es evidente que en sociedades complejas, heterogéneas y numerosas la sustitución del gobierno por formas de democracia directa es imposible. También lo es que la separación funcional y estructural entre el gobierno y la sociedad es inevitable; no existe, hoy por hoy, otra manera de resolver la complejidad de la función pública y de las actividades sociales y particulares.
Pero la representación política de la sociedad en el Estado por medio de agentes electos y designados registra variaciones en la historia y la geografía. Un parámetro de medición es la instrucción y cultura de los ciudadanos, de entre los que surgen sus representantes. En sociedades más educadas aumenta la probabilidad de involucramiento de los ciudadanos en lo público y su intervención puede abarcar decisiones más allá del voto. Otra medida son las reglas de coerción que fuerzan al representante a representar y rendir cuentas: en la medida en que haya reglas y sanciones que fuercen al representante a vincularse con sus representados y le concedan a estos la autoridad para removerlos, el compromiso efectivo del representante con sus representados aumenta. Desde luego, estas dos medidas sólo son ejemplos de la dilatación de la representación en casos concretos, que contrastan con su adelgazamiento en casos opuestos, con baja instrucción y malas reglas.
Pero el problema de fondo, que es un desafío teórico y científico no meramente académico, es que la representación sí puede ser distinta en función de múltiples factores, como el modo en que se organiza a los partidos políticos, las facultades de los ciudadanos para intervenir en la política y en las decisiones que se toman sobre sus asuntos a través de los gobernantes, más allá del acto electoral de nombrar a los representantes.
La idea de que luego de votar el ciudadano debe retirarse a sus asuntos privados mientras los gobernantes hacen su tarea es limitativa. En los hechos, el desarrollo de la sociedad civil, los cambios en el aparato cultural por la aparición de los medios electrónicos y la simultaneidad de la comunicación aumentan las capacidades de intervención individuales y grupales.
La democracia representativa es una vía distinta a la democracia delegativa y al populismo cesarista. La democracia representativa permite pensar en formas ampliadas de intervención, con regulaciones claras y precisas sobre quiénes y bajo qué circunstancias deben participar en las decisiones de determinado carácter. Se distingue de la democracia delegativa porque no reduce al ciudadano a un mero elector de representantes, sino que lo concibe en interacción continuada con estos. Y se diferencia claramente de las concepciones populistas de democracia plebiscitaria que invariablemente concluyen con la identificación en el líder de una "voluntad general" que no es sino la personalidad del propio líder y, por consiguiente, el camino del autoritarismo.
El desafío más importante de la democracia representativa es salir de la infancia en la que se encuentra desde el siglo 18. Que entonces la discusión fuera, en esencia, la misma que hoy en cuanto a sus polos enfrentados es indicativo de esta infancia. En esa tarea, la política y la inteligencia deben unir esfuerzos para proponer nuevas fórmulas.
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Director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales - México. Sus actuales líneas de investigación son la teoría de las instituciones y la decisión social, las reformas del Estado, las reformas constitucionales y el conflicto político, así como la filosofía política de la justicia.

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