María Ignacia Azlor y Echeverz
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Ahora que iniciaron las clases, donde existe la oportunidad de que estudien tanto niños como niñas, resulta pertinente recordar a una religiosa originaria de San Francisco de Patos, hoy General Cepeda, Coahuila, que destinó su fortuna a la creación de un centro de educación especialmente para las niñas en la ciudad de México.
María Ignacia Azlor y Echeverz nacida en 1715 era hija de Joseph Azlor y Virto de Vera, segundo marqués de Aguayo, título que obtuvo al contraer nupcias con doña Ignacia Javiera Echeverz  Subiza y Valdés, descendiente del capitán Francisco de Urdiñola.
Pese a pertenecer a una familia acomodada, la vida en el entonces Coahuila debió de ser enormemente difícil. Las condiciones en una sociedad de lento crecimiento debieron de estar llenas de dificultades. Así al menos lo delata el hecho de que de las ocho hijas que procreó el matrimonio de Joseph e Ignacia Javiera, sólo sobrevivieran dos:Â Josefa Micaela y María Ignacia.
El padre, oriundo de Zaragoza, del reino de Aragón, España, era descendiente de fieles servidores a la Corona. Al unirse con Ignacia Javiera, unió e incrementó su riqueza. Dueño de tierras en los ahora estados de Durango, Coahuila y Zacatecas, fue Gobernador a partir del 16 de noviembre de 1719 y a su cargo estuvo la expedición a la provincia de Texas para recuperarla de los franceses. Participó, tiempo después y de manera protagónica, en el poblamiento de Texas.
María Ignacia heredó de su padre el arrojo en un momento en el que las mujeres estaban destinadas a quedarse o en el hogar o a recluirse en los conventos por ser éste el único lugar donde de alguna manera pudieran dar rienda a sus intereses intelectuales, como sería el caso de la Décima musa.
Con esto confirmaban lo que sentenciaba un dicho alemán, que confinaba a las mujeres a la cocina, al cuidado de los niños o a realizar los menesteres de la iglesia.
Mujer de carácter, María Ignacia tomó el hábito en España. Obtuvo allá el permiso para fundar un convento de la Compañía de María en México. En 1753, un año después de haber logrado este permiso, regresó a nuestro país, donde junto con varias compañeras que trajo del país ibérico, fundó el Convento de Nuestra Señora del Pilar. Costeó ella misma este convento, uno de los primeros colegios de la ciudad dedicados a la educación de las niñas en la capital, pero también a la educación de las pequeñas niñas indígenas. Esta compañía, que llegaría a tener cuatro conventos en México fue precursora fundamental al hablar de la educación infantil femenina. Tomemos en cuenta que incluso en el siglo pasado, en nuestro país, el mayor porcentaje de analfabetas estaba constituido por las mujeres.
Hubo en México grandes precursoras de la enseñanza dedicada a las mujeres. La esposa de Melchor Múzquiz, doña Joaquina Bezares, al quedar viuda, se vio obligada, para subsistir, a abrir un colegio para niñas, en donde se enseñaban clases elementales, a donde asistió quien se convertiría en esposa de Miguel Miramón, Concha Miramón, un lugar para ella entrañable y de muy gratos recuerdos.
En nuestra ciudad el antecedente data de principios de siglo pasado. Para 1908 ya existía en Saltillo la Escuela Modelo para Niñas Núm. 2.
La modernidad en la que vivimos insertos, la forma en que han cambiado las cosas en los últimos años, la celeridad con que lo presenciamos, nos hace a ratos olvidarnos de cómo fueron antes las circunstancias en que nuestras madres y abuelas y las madres de nuestras abuelas se enfrentaron al conocimiento. Cuáles eran las posibilidades, cuáles las oportunidades y cuáles las personas que maduraron ideas que se convirtieron en hermosas realidades para quienes ahora disfrutan del acceso al conocimiento y participan activamente en el mundo laboral.
María Ignacia, que destinó dinero, joyas y hasta ganado; Joaquina Bezares de Múzquiz y tantos otros más precursores de la educación femenina en México son personajes a los cuales hay que agradecer y tener presente siempre.
Aquí, en nuestro estado, para recordar a María Ignacia, haciendo honor a su noble labor, sería de justicia realizarle un homenaje erigiéndole una estatua en un lugar emblemático. Hace poco, visitando la Alameda Zaragoza, escuché a un niño referirse a las estatuas que ahí pueden apreciarse preguntando a un adulto que le explicaba lo que había en el paseo: "¿Y qué me dices de las estatuas? ¿Por qué están aquí?,¿ qué hicieron esas personas?" .
Hay personajes, como doña María Ignacia, como doña Joaquina, que sería bueno recibieran ese homenaje que les debemos, para que los niños y las niñas de ahora sepan qué tan grande fue lo que hicieron y cuánto les debemos.