Western

Opinión
/ 2 febrero 2011

Nuestra realidad se ha tornado muy parecida a un western.

Como en las viejas cintas de vaqueros, las armas de fuego son hoy la medida de todas las cosas.

Igual que en las películas del viejo oeste, los héroes son ahora quienes deciden tomar la justicia por cuenta propia (recuerde el caso de don Alejo, o más recientemente el de Alfredo Sandoval, bautizado "El Héroe de Palomas" por asesinar a tres maleantes que se introdujeron en su propiedad para robarlo).

En los clásicos filmes de revólveres, caballos y sombrerudos, el representante de la ley y el orden era apenas una figura ornamental con placa, justo como ocurre en nuestra más cotidiana realidad.

Claro, una cosa es que la vida sea hoy día muy semejante a un western, pero cuando de plano, parado en una esquina, comienzo a escuchar la música de Ennio Morricone, me pregunto si no es hora de acudir con un profesional del diván para descartar la ni tan remota posibilidad de que la psicosis me esté haciendo pasar un mal rato.

O ni tan malo. Como usted sabe, Morricone es un soberbio compositor que, entre otras cosas, le puso la banda sonora a los mejores trabajos del cineasta Sergio Leone. El spaghetti western no sería lo mismo sin su correspondiente soundtrack.

Acudí hace un par de años a un concierto del maestro Morricone y es fecha que no encuentro mejor adjetivo para su música que "gloriosa".

Bien, como dije, estoy parado en una esquina y se deja escuchar el celebérrimo leitmotiv de "El Bueno, el Malo y el Feo". Eso me pone en alerta.

Me doy vuelta (siempre en extreme close-up), esperando encontrarme a algún empistolado de ojos torvos, vestido de negro.

Pero no es el temible Angel Eyes el que está a mi acecho. Todo lo que veo es un rudimentario aparatejo tragamonedas, un tanto decrépito, que por alguna razón toca una versión rudimentaria del que es por antonomasia el tema de los duelos entre vaqueros.

El aparato en cuestión es uno de los llamados minicasinos, que hace no tanto la autoridad municipal se decidió a erradicar.

Realmente, el problema con estas maquinuchas robamonedas es uno que yo colocaría al final de la lista de prioridades por resolver, pero lo traigo a colación para reflexionar sobre lo lánguida que es la voluntad de nuestra autoridad.

Para ser honestos, yo poco tengo en contra de los minicasinos. Si la gente quiere ir a dejarles todo su sueldo en morralla, pues allá cada quién. Pero yo tenía entendido que estaban proscritos y que lucrar con ellos ameritaba una sanción.

Se suponía que habrían de ser erradicados, pero tal cosa no ocurrió. ¿Por qué?

Sólo encuentro dos posibles explicaciones: o bien, la industria de las maquinitas-casino es un emporio muy poderoso, o de plano la autoridad municipal -administración tras administración- es tan incompetente que no puede ni con un problema de tan insignificante calibre.      

Debo insistir en que el tema hoy y aquí no es en sí el de los minicasinos, sino el dudoso rigor con que se hacen cumplir los estatutos en nuestra comunidad.

Pero si una cosa tan anodina como estas maquinitas tragamonedas, instalados en tienditas, expendios y changarros, pululan en las narices de los representantes de la ley, ¿qué puede esperarse entonces de la venta de alcohol, la prostitución, y otras actividades supuestamente reguladas por el Ayuntamiento?

Queda claro que los reglamentos son letra muerta, se aplican de manera discrecional, a conveniencia, con un sentido más recaudatorio que regulativo, y que entonces el espíritu que mueve a alguien a buscar la Presidencia Municipal -o un sitio en su administración- no es el de procurar el orden social y el beneficio comunitario, sino otro, ignoro cuál, pero otro muy distinto.

Y entonces, cuando la ley es una pura cuestión ornamental, se dan las condiciones propicias para que los ciudadanos vivamos al más puro estilo del salvaje oeste.

petatiux@hotmail.com

Columna: Nación Petatiux

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