Una actitud políticamente incorrecta
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Mauricio Merino
Profesor investigador del CIDE
Cuando escribo no me siento dueño de ninguna verdad absoluta, porque sé de sobra que los materiales con los que trabajo nunca la incluyen. Hay interpretaciones y aproximaciones modestas a la muy compleja realidad que vivimos y nos desborda todos los días y hay datos que se van construyendo, modificando o manipulando, para persuadirnos unos a otros de que las cosas no son exactamente lo que parecen o que son más bien como nosotros las vemos. Pero tras esos datos y esas teorías -que son casi siempre puntos de vista- también asoman las convicciones: esas razones que se entrelazan con los valores y que me ayudan a situarme en el mundo, aunque, como sucede con mucha frecuencia, también me dejen fuera de los círculos que comparten verdades herméticas.
Si las convicciones no alzaran la voz, quizá me indignaría menos el viejo acto de magia de la chistera y el conejo de donde salió el candidato del PRI al Estado de México, destapado en un evento en el que sus adversarios se convirtieron -gracias al poderoso influjo de la misma varita mágica que engendró al conejo- en indiscutibles aliados y mejores amigos. Y más rechazo me produce la certidumbre de que tras el performance está la mano del gobernador que quiere ser presidente de la república y que está usando todos los medios a su alcance para lograrlo, incluyendo el uso indiscriminado de los recursos públicos. Me indigna, porque se trata de la negación de la democracia y del regreso a los métodos clientelares, corporativos y autoritarios del más viejo cuño. Una vuelta a los años setenta, con las mismas promesas de lealtad, eficacia y seguridades a cambio de la obediencia.
Mi problema es que tampoco acepto la estrategia propuesta del otro lado, ni entusiasmarse con la consulta dizque popular que pugna por las alianzas PRD-PAN como única vía para derrotar a la vieja guardia del PRI, porque estoy convencido de que hacen lo mismo pero con otras siglas: renunciar a convicciones propias, echando mano de todos los medios con tal de vencer. Si el PRI dice que todo se justifica en aras de conservar el poder, los otros afirman que todo se justifica con tal de vencer al PRI.
Desde una perspectiva democrática, ese argumento no sólo cancela la posibilidad de elegir entre opciones claramente diferenciadas y convierte los comicios en un plebiscito (¿debe seguir el PRI en el gobierno?), sino que consolida la idea de la democracia de turnos (ya te tocó a ti, ahora nos toca a nosotros) y además legitima el uso de lo que sea para ganar de cualquier modo. La idea de la causa heroica detrás de esos argumentos está enderezada sobre el principio moral de los buenos contra los malos que no logro vincular con ningún proceso de consolidación democrática. Este apelaría más bien a someter a todos los partidos en pugna a las reglas del juego -electorales y de gobierno- para que sean los ciudadanos de veras los que decidan cómo quieren integrar sus poderes y no losdineros, las clientelas o los aparatos políticos.
Y para completar la distancia de casi todas las buenas conciencias, celebro con alegría que la Corte haya desechado el amparo que amenazaba el modelo de competencia electoral establecido en 2007, porque estoy convencido de que el problema principal de la compra-venta de propaganda en los medios electrónicos residía en el poder entregado a los vendedores, es decir, a las empresas oligopólicas que decidían a quién sí y a quién no le vendían espacios, a qué precios y en qué tiempos, haciendo a la vez negocios y política partidaria. Hoy al menos ya no podrán censurar ni condicionar el acceso de las distintas ofertas políticas a los medios masivos, en las pautas obligatorias establecidas por la Constitución.
Pero todas estas diferencias con las corrientes políticamente correctas que hoy dominan el escenario -y que le han caído a palos a la reforma del 2007, al IFE, a la Corte y a todos los que opinamos distinto- se originan en la convicción de que la democracia consiste en una competencia bien regulada entre partidos distintos, con programas políticos bien definidos y en condiciones más o menos equitativas, que buscan integrar gobiernos responsables, vigilados y controlados en su gestión por procesos legales de rendición de cuentas. De aquí que no pueda aplaudir esas otras versiones según las cuales la democracia es ganar o prevalecer como sea, con quien sea y al costo que sea, aunque todo eso se cobije bajo argumentos muy nobles.