Juárez de puño y letra

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Opinión
/ 21 marzo 2011

"El 21 de marzo de 1806 nací en el pueblo de San Pablo Guelatao de la jurisdicción de Santo Tomás Ixtlán en el Estado de Oaxaca. Tuve la desgracia de no haber conocido a mis padres Marcelino Juárez y Brígida García, indios de la raza primitiva del país, porque apenas tenía yo tres años cuando murieron.
Como mis padres no me dejaron ningún patrimonio y mi tío vivía de su trabajo personal, luego que tuve uso de razón me dediqué hasta donde mi tierna edad me lo permitía a las labores del campo. El algunos ratos desocupados mi tío me enseñaba a leer, me manifestaba lo útil y conveniente que era saber el idioma castellano y como entonces era sumamente difícil para la gente pobre, y muy especialmente para la clase indígena, adoptar otra carrera científica que no fuera la eclesiástica. Estas indicaciones y los ejemplares que me presentaban algunos de mis paisanos que sabían leer, escribir y hablar la lengua castellana, y de otros que ejercían el ministerio sacerdotal, despertaron en mí un deseo vehemente de aprender.
Además, en un pueblo corto, como el mío, que apenas contaba con veinte familias y en una época en que tan poco o nada se cuidaba de la educación de la juventud, no había escuela; ni siquiera se hablaba la lengua española, por lo que los padres de familia que podían costear la educación de sus hijos los llevaban a la ciudad de Oaxaca con este objeto, y los que no tenían la posibilidad de pagar la pensión correspondiente los llevaban a servir en las casas particulares a condición de que los enseñaran a leer y escribir". Este texto surgió del puño y la letra de Don Benito Juárez en "apuntes para mis hijos".
Juárez narra en un relato autobiográfico su vida que lo llevó de regidor, diputado federal, Gobernador, Ministro de Gobernación, Presidente de la Suprema Corte de Justicia y Presidente de la República. Juárez describe como en 1859 expidió, con el apoyo de Ocampo, Lerdo y los liberales las Leyes de Reforma que nos dieron la independencia del Estado respecto de la Iglesia; la ley sobre matrimonio civil, y sobre el Registro Civil, la de panteones y cementerios, y de paso de los bienes de la Iglesia a la nación.
No incluye porque sucedió después de sus "Apuntes", como tras su reelección declaró una moratoria de dos años de su deuda externa, encontrando una respuesta brutal de parte de las naciones acreedoras: la invasión. Francia, ambiciosa y con ánimos de conquista instaló al archiduque austriaco Fernando Maximiliano como emperador en 1864 lo que desató la guerra que finalizó con la ejecución de Maximiliano en el Cerro de las Campanas, el 19 de junio de 1867.
Seis años pasaron desde el momento en que abandonando la Ciudad de México, el indio de Guelatao cargó con la patria a cuestas encarnando el éxodo de la soberanía nacional transitando por los desiertos de la Laguna de Coahuila, donde vestido de levita negra depositó el Archivo General de la Nación y que a su paso por Saltillo desconoció la anexión de nuestro estado al de Nuevo León.
Nada mal para alguien que a los trece años, sin hablar el "castilla", había abandonado su pueblo en la búsqueda de oportunidades. De quién con determinación y patriotismo imponía el principio de la no intervención y la autodeterminación de los pueblos que deberían constituir un faro en asuntos tan penosos como la intervención en territorio mexicano que erosiona nuestros principios de independencia a una velocidad "rápida y furiosa".
No cabe duda que la legitimidad y el amor a México no se adquieren con el cargo. Y es que ni aún en los momentos de grave riesgo Juárez, se disfrazó de militar o cedió soberanía. En "Apuntes para mis hijos" Juárez lo dijo: "A propósito de malas costumbres había otras que sólo servían para satisfacer la vanidad y la ostentación de los gobernantes como la de tener guardias de fuerza armada en sus casas y la de llevar en las funciones públicas sombreros de una forma especial. Tengo la persuasión de que la respetabilidad del gobernante le viene de la ley y de su recto proceder y no de trajes ni de aparatos militares propios sólo para los reyes de teatro". Lo dicho, son estos tiempos prosaicos para hombres de talla normal.

Columna: Dogma de fe

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