Rápido y escabroso

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Opinión
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Gabriel Guerra Castellanos
Internacionalista


El escándalo suscitado por el operativo Rápido y furioso del gobierno estadounidense, sumado al revuelo por los cables filtrados a WikiLeaks en que el embajador de ese país en México se refiere a distintos asuntos, ha llevado a la relación entre vecinos a uno de sus más tensos y desagradables momentos.
Nunca ha sido cosa fácil la convivencia entre dos naciones con una frontera tan larga y porosa como las disparidades que dividen a ambos. Si a eso sumamos una historia de agravios reales e imaginados, de intervenciones y de invasiones y ocupaciones dolorosas, tenemos todos los ingredientes para la fricción, la sospecha y el resentimiento acumulados.
Repasemos sólo tiempos recientes: Los años 80 estuvieron marcados por el tema del narcotráfico y la corrupción en México, y la migración de mexicanos a EU. Las acusaciones de vínculos de altos funcionarios del gobierno mexicano con el narco y la corrupción en general empañaron la visita de Miguel de la Madrid a Washington, recibido por una nota de Jack Anderson en la primera plana del Washington Post que lo acusaba de haber acumulado una enorme fortuna. Poco tiempo después, el asesinato de un agente de la DEA en México (Enrique "Kiki" Camarena) desató una larga serie de recriminaciones entre ambos gobiernos. Esos, como los de ahora, fueron tiempos difíciles para la relación, agravados aún más por las diferencias de fondo en torno a los conflictos en Centroamérica, que colocaron a Washington y la ciudad de México en frecuencias distintas.
La siguiente década tuvo como sello el del acercamiento y la cooperación. A raíz de la propuesta de construir un acuerdo de libre comercio se intensificaron los vínculos entre los gobiernos, y el de México inició una costosa y ambiciosa labor de cabildeo en EU que resultó en la aprobación del TLC y la consolidación de lo que se llamó "el lobby mexicano" en Washington, que dio muchos frutos, incluida la rápida reacción estadounidense cuando, en 1995, nuestro país se encontraba al borde del colapso financiero. Si bien las críticas a distintos aspectos de México persistieron en los medios y en el Congreso estadounidenses, el clima era más favorable.
Con la transición política mexicana en el 2000 comenzó una brevísima luna de miel entre dos presidentes con botas que se juraron amor eterno y no se cumplieron, mitad por circunstancias ajenas, mitad por ineptitud propia y de sus respectivos colaboradores. El fiasco de la reforma migratoria quedó en ese caso como muestra inequívoca de que ni las aficiones compartidas ni los estilos campechanos pueden reemplazar al trabajo diplomático serio y profesional.
Todo eso nos lleva a la circunstancia actual, en que tanto la relación como la imagen de México en EU están severamente deterioradas. Si bien el tema que más lastima las cosas es el de la criminalidad, hay otros como la migración que no sólo siguen presentes, sino que se contaminan por el primero. De hecho, es casi imposible tener una conversación acerca de México en EU sin que asome su feo rostro el asunto del narco, y en una lectura simplista (que es la que muchos allá realizan) somos simultáneamente responsables del consumo, de la inseguridad fronteriza y de la "invasión" silenciosa de migrantes que amenazan la supuesta tranquilidad estadounidense.
La situación es grave porque afecta prácticamente todos los aspectos de la relación: el comercio, la inversión, el turismo, los trámites aduanales, el trato que reciben los mexicanos en EU, el envío de remesas, en fin, todo aquello que transita legalmente por la frontera está siendo dañado por lo que transita ilegalmente por la misma, en ambos sentidos.
En medio de todo eso pareciera que no tenemos cosas más importantes en que pensar que en los cables del embajador, es decir, reportes de lo que todos sabemos que sucede en México y que además recogen juicios menos severos que los provenientes de actores mexicanos todos los días, o en el cuestionable pero secundario operativo para rastrear el tráfico de armas a nuestro país, cosa en la que deberíamos ser nosotros los primeros interesados.
Rápidos para descalificar, furiosos para reaccionar, así son nuestros políticos. Lástima que sean tan lentos para darse cuenta de lo que le está sucediendo a nuestra relación internacional más importante, y tan melindrosos como para hacer algo realmente útil al respecto.

Comentarios: gguerra@gcya.net 

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