TUNEZ, EGIPTO, LIBIA, ¿Y CUBA?...
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La segunda decena del siglo XXI sorprendió al mundo entero con estremecedoras revoluciones sociales en el norte de Africa. Todo comenzó en Túnez cuando un ingeniero graduado no pudo conseguir empleo en tres años dentro del esquema de la tiranía tunecina y tuvo que ganarse la vida vendiendo fruta en un puesto ambulante en el centro de una ciudad. En su desesperación decidió inmolarse en una plaza pública para que su muerte se entendiera como una protesta ante su impotencia y angustia. Este hecho fue suficiente para que estallara una revuelta que diera como resultado el derrocamiento de Zine El Abidine Ben Alí, un cavernícola africano. Si la peste bubónica no respetaba fronteras ni niveles sociales en el siglo XVI y XVII, la contaminación política, por cierto muy afortunada invadió, acto seguido, a Egipto, así como a otros países musulmanes y hasta ateos, como el caso de China. Hosni Mubarak también fue exitosamente derrocado por su propio pueblo después de ejercer una salvaje tiranía durante más de 30 años, durante los cuales se enriqueció a costa del tesoro público egipcio. Al igual que Marcos de Filipinas, Suharto de Indonesia, la dinastía Somoza, Fulgencio Batista, Papa Doc y Baby Doc, Francisco Franco, El Sha de Irán, Idi Amin Dada, Yasir Arafat y los jeques árabes, Moubarak se enriqueció como pocos mientras detentó el máximo cargo de su país durante 32 años, al extremo de que se le detectó en Europa un patrimonio de 72 mil millones de dólares. ¿Y Castro, es una carmelita descalza.?
La tormenta política se expandió hasta Libia, dominada por otro sátrapa como Gadafi, quien se apropió del poder político y económico de todo el pueblo libio. Por supuesto que tanto EU, como la Unión Europea ya detectaron escandalosas cuentas de cheques de 10 o más dígitos en sus respectivos bancos y compañías de corretaje. Al igual que Moubarak, Gadafi es otro bandido, sólo que mucho más sanguinario que sus depredadores colegas. La explosión, no sé si democrática, pero si revolucionaria en Africa, muy pronto afectará también, sin duda alguna, a Marruecos, en el entendido de que Mohammed VI haría muy bien en poner, de una vez, sus barbas a remojar.
En este orden de ideas, y en el entendido de que el huracán político en cualquier momento puede llegar a la península arábiga, ¿por qué los vientos renovadores musulmanes no cruzan el Atlántico para poder convertirse en un meteoro furioso que logre arrasar políticamente a la más grande de las Antillas? Por supuesto me refiero al derrocamiento de Fidel Castro, otro criminal dictador que ha acabado con la esperanza, con el presente y con la vida de millones de cubanos que han sido brutalmente aplastados por este salvaje tirano que ha superado en tiempo y en caos a cualquiera de los dictadores antes mencionados. Castro sabe que mandó asesinar, mando perseguir, mandó desaparecer, mandó mutilar y torturar, mandó espiar, mandó fusilar después de juicios sumarísimos sin posibilidades de defensa, a quien se negara a aceptar la adopción de su dictadura, ésta de izquierda a diferencia de Batista. Castro traicionó a los suyos, a sus compañeros de batalla y a quienes creyeron en él como constructor de una Cuba libre y democrática.
Ahí sigue en Cuba todavía, hasta nuestros días, la policía secreta que se ocupa de purgar al sistema de agentes nocivos o de hacer desaparecer a "quien piense peligroso." Castro violó, viola y violará cualquier principio de derechos humanos. Los tribunales dependen de su estado de ánimo. Los jueces dictan sentencias temerosos de ir a dar de cualquier de las cárceles clandestinas de la tiranía, en tanto el mejor negocio en Cuba es el de delatar a quien siquiera piense mal de Fidel. En Cuba no existe libertad de expresión ni de voto ni de pensamiento ni de cátedra ni de libre tránsito ni de empleo ni de asociación.
¿Porqué el pueblo tunecino, el egipcio, el libio y más tarde el marroquí, entre otros tantos más, sí pueden derrocar a los dictadores que los han tenido con la frente contra el polvo, aplastado por las botas militares y los cubanos, entusiastas, alegres, creativos, generosos, constructivos y leales, no han podido sacudirse a esa maldita plaga que impusieron los hermanos Castro desde hace más de medio siglo? ¿Qué podemos hacer los mexicanos para ayudar a los hermanos cubanos a quitarse del cuello esas manos mecánicas, heladas y furiosas que lo han asfixiado durante tanto tiempo? ¿Hay quien pueda siquiera dudar que Raúl y Fidel Castro tienen un gigantesco patrimonio fuera de Cuba como lo tuvieron Marcos, los Somoza, Batista, Yasir Arafat o el propio Mubarak? Cuando este par de bribones que han aplastado sin piedad alguna al pueblo cubano sean derrocados o se mueran durante los próximos cien años de muerte natural, se conocerá el importe del peculado cometido y se podrá hacer un balance completo de la macabra dictadura castrista, superior al que ya se puede hacer ahora mismo.
Queremos ver a los cubanos puestos en pie de guerra como lo han hecho los egipcios, los tunecinos y los libios. Es la hora de Cuba. Es la hora de la libertad, así comenzó esta segunda decena del siglo XXI y esperamos que continúe en su marcha democrática ascendente.
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