Agnus Dei

Opinión
/ 27 junio 2011

La palabra "Agnus Dei", cuyo significado se ha atribuido como el "Cordero de Dios", que tiene una connotación de "Puro; sin mancha; inocente", concepto que en la antigüedad se aplicaba a los animales o bestias ofrecidas en sacrificio sagrado o religioso. Luego, el cristianismo le atribuyó una simbología especial, al representar a Jesús como el "Agnus Dei", el Cordero de Dios.

En aquellos tiempos, sacrificar corderos jugaba un papel muy importante en la vida del pueblo judío y su sistema religioso. La tradición de matar al cordero de la Pascua y aplicar su sangre en los postes de las puertas de las casas, era una costumbre que buscaba lograr que el ángel de la muerte pasara de largo ante aquella gente "cubierta por la sangre". Los sacrificios que incluían corderos, eran ejecutados a diario en el Templo de Jerusalén. Por la mañana y por la tarde en el Templo se sacrificaba un cordero, por los pecados del pueblo.

El relato de San Juan Bautista revelando a Jesús como el Cordero de Dios evoca la muerte como aquel cordero pascual cuya sangre los protegería en el juicio final. Los judíos que lo oyeron decir que Jesús era "El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo", seguramente se imaginaron cualquiera de los sacrificios importantes en su calendario. El primer pensamiento pudo haber sido el sacrificio del Cordero de la Pascua, una de las principales fiestas judías y celebración en recuerdo de la liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto.

Así, cuando Isaías profetiza acerca del siervo de Dios, lo describe como un siervo sumiso y doliente, como un cordero llevado al matadero. Quizás por eso, tras su entrada a Jerusalén, Jesús fue visto como un rival o enemigo del poder romano, y se le trató como a un delincuente, se le juzgó y condenó a morir crucificado.

Durante el trayecto al Monte de los Olivos, fue flagelado y coronado con espinas a manera de burla y se le crucificó junto con dos ladrones, Dimas y Gestas; su muerte representó al cordero que se ofreció en sacrificio para la salvación del mundo, de acuerdo a la tradición cristiana.

Un apunte curioso es que la hora tradicionalmente conocida de la muerte de Jesús en la cruz, corresponde a la misma en que se llevaba a cabo el sacrificio de la tarde en el Templo. Los judíos en esa época estarían familiarizados con los profetas Jeremías e Isaías del Antiguo Testamento, cuyas profecías anticipaban la venida de Aquel que sería traído ".como cordero inocente que llevan a degollar..." y cuyos sufrimientos y sacrificio proveería la redención para Israel.

Pero en tiempos modernos, la idea de un sistema sacrificial puede resultarnos extraña, pues parecería la vuelta a la barbarie y al viejo concepto del pago o restitución mediante la muerte o sacrificio de un animal. En el sistema político actual, el cordero de los viejos ritos, sólo es sacrificado por débil y torpe, y no para el perdón de nuestros pecados. Y es que la condición de desechable de este "pobre corderito" encuentra sentido por sus propios berridos.

Porque así como en la liturgia católica los feligreses, cuando mencionan al Cordero de Dios "que quita los pecados del mundo", todos en el templo se dan tres golpes de pecho y le piden piedad, también le pedimos a este Cordero que cuando hable en público tenga piedad de nosotros.

Unidos de las manos le decimos al Cordero de este dios pagano, que quita los adeudos del mundo, tenga piedad de nosotros. Le suplicamos a su Cordero que dice tonterías a diario, nos dé la paz. Le suplicamos al Cordero que infla los salarios de todos, que tenga piedad de nosotros.

Y aunque usted y yo sabemos muy bien que este ruego tiene un carácter bizantino porque es prácticamente inútil que la súplica para que este "Agnus Dei" tenga piedad de nosotros y la plegaria sea escuchada por su dios, dueño y propietario, que se ha cansado de demostrarnos su sordera infinita, nos conforma por lo pronto con esperar a que se repita la historia, de que al final los corderos de Dios siempre son sacrificados (en este caso políticamente), para que así nos deje a nosotros en paz en la tierra.

Columna: Dogma de fe

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