Pinocho en México

Opinión
/ 3 junio 2011

La poderosa metáfora es de un narrador y no de un politólogo, la tesis es del maestro Federico Cambpell, quien se ha dedicado buena parte de su vida a asediar de manera sistemática y obsesiva, a toda manifestación de poder. En especial, asediar al poder político, el más brutal de todos.

Ancilado su pensamiento en aquel libro y figura memorable del muñeco llamado Pinocho, de Carlo Collodi, Campbell habla de que México, el país, se le figura Pinocho: es decir, cuerpo de madera al fin, si se le queman los pies, éste no acusará recibo en sus manos. Menos en su cabeza. Si arden sus extremidades superiores, las inferiores no se darán por enteradas. No hay orden ni concierto, no somos un sólo México, unido y perfectamente cohesionado, no; sino que somos varios "Méxicos" que no acusamos recibo, como se debe.

La metáfora se cumple cabalmente entonces en lo siguiente: se inunda Tabasco o Chiapas y sólo pronunciamos "pobrecitos"; compramos en la tienda de conveniencia dos latas de agua y vamos al "Centro de acopio" más cercano a regalarlas. De lejos, sólo de lejos, observamos el "calvario" de nuestros hermanos del sur; éstos sufren vejaciones, rudeza y malos tratos a su paso por todo el territorio mexicano rumbo a lograr el sueño americano de mejor trabajo y oportunidades de vida. Pero no participamos activamente en mejorar dicho trayecto.

Y hoy, la poderosa metáfora creada por Federico Campbell en base a Pinocho y su cuerpo de madera insensible, se cumple a la perfección, cuando en días pasados y bajo el influjo de una repentina dignidad, los defeños en la capital de la república mexicana, dejaron una vez más solo (es decir, que se le queme la cabeza o los pies al país, faltaba más) al Presidente de México, al ya harto Felipe Calderón Hinojosa, cuando gritaron en la plaza "No es nuestra guerra". Uf.
 
¿Entonces de quién?

Lo anterior se dio en el marco de varias concentraciones de seres humanos (marchas se les llama) que salieron a la calle a protestar por la muerte del hijo del poeta Javier Sicilia, el jueves 7 de abril.
Allí e insisto, luego de años de ver de lejos lo que usted y yo lector, padecemos diario en este norte convulso, ardiente y bronco, los defeños salieron a la calle y dejaron solo a su guía, nuestro guía, querámoslo o no, al gritarle en plena Plaza de la Constitución, "Sí son nuestros muertos, no es nuestra guerra". Este es nuestro problema: se cree que la "guerra" es sólo de Calderón. No señores, ya es nuestra guerra. Desgraciadamente.

Esquina-bajan

Vemos con lejanía a Tabasco, a Oaxaca. si no es que los vemos con desdén y menosprecio. Hubo una vez que en Coahuila el desdén y el menosprecio fueron tan agobiantes, que se manifestaron oficialmente: hubo una redada de indígenas oaxaqueños que trabajaban en las calles de Saltillo. Los subieron a camiones urbanos y los regresaron contra su voluntad a sus pueblos en el sur de México. Nadie dijo nada. Eran tiempos de un "estadista" que terminó con un grillete en el tobillo en EU: Rogelio Montemayor Seguy. Este es el México real y es el norte que desprecia a sus hermanos del sur.

Y es esta división lo que ha caracterizado a México y varias de sus regiones por lustros. Escondidos contra sí mismos, los argentinos de Coahuila, los laguneros, miran pasar desde su butaca las estrategias del ajedrez político que se mueven desde la capital. Hace mucho tiempo son sólo espectadores y no protagonistas. ¿Por qué? Porque ni ellos mismos se ponen de acuerdo en su terruño. Así de sencillo.

Pinocho y Collodi están más vivos que nunca y la metáfora propuesta por el maestro Campbell se cumple para nuestra desgracia, una vez más. Este escritor lo ha publicado decenas de veces: en casi nada estoy de acuerdo con las políticas del presidente Felipe Calderón, pero hoy, tal vez es tiempo de unirnos en una sola voz, un solo coro y luchar juntos.

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