Agua mágica.

Opinión
/ 6 julio 2011

La oración dice así: "Casa Santa de Jerusalén, donde Jesucristo entró, el mal de pronto salió.". Junto con ésta plegaria, la curandera de mi colonia solía "barrerme" a solicitud expresa de mi madre, la cual decía que era necesario hacerlo periódicamente para alejar las malas vibras y los malos espíritus; fuese con agua mágica o bendita, un huevo o bien, con un limón.

Eran los días de mis mocedades, allá por las lunas de los años setenta y ochenta del siglo pasado. En aquel entonces y cuando este columnista iba a tomar sus clases o preparación para la Primera Comunión, la señora rezandera nos inculcaba no un temor, sino un terror de Dios y su carácter vengativo y feraz. El Apocalipsis era cotidiano y había demonios acechándonos en cada esquina con ojos inyectados de colores y sabores. Eran mis días de formación, la fe era inculcada de muchas y variadas maneras. Hoy, dicha fe la practico en soledad y en silencio. Sólo en soledad y en silencio.

El anterior liminar viene a contexto por lo que acaba de suceder en la beatificación del expapa de la Iglesia Católica, Juan Pablo II. Vi escenas vía televisión que me pusieron la carne de gallina. Pensé que dichos actos ya estaban superados y que la ignorancia y cuestiones mágicas y sin razón, estaban ya sepultados en el baúl de la historia. No fue así. Vi a un par de monjas con relicario en mano, llevando la "sangre" del exsacerdote, supuestamente con la cual una de ellas se había "sanado" o "curado" de los males que la afligían.

En fin, vi una vez más la ignorancia, la charlatanería y la venta de cuentecillas de vidrio como la manera de superar nuestros "males" y "problemas" endémicos. Inconvenientes que solicitan urgentemente atención terrena, no divina. Pero en fin. Vale primero y también, plantar el siguiente estandarte en el cual baso siempre mis escritos: el respeto. Respeto cualquier forma de religión o fe que usted profese, estimado lector; respeto cualquier manifestación religiosa de la cual usted sea practicante. Pero lo que no podemos tolerar, por decirlo así, es la manera en que una vez más la Iglesia Católica está envolviendo un producto y su venta a una sociedad que, una vez más, está siendo educada en la ignorancia, la chabacanería y el depositar su fe en agua mágica y en reliquias sin sentido.

Insisto, usted puede creer en lo que quiera y guste, pero por Dios, a estas alturas de nuestras vidas y el mundo convulso en que habitamos, no basta rezar como dice la canción, y sí, hacen falta muchas cosas para conseguir la paz. Santo ya es Juan Pablo II, el indio Juan Diego, el Padre Pro.

Esquina-bajan
Perdonadme entonces, lectores, pero por esto y no otra cosa, le hace mucha falta a esta ciudad y al país, un hombre del tamaño humano e intelectual de mi maestro, Antonio Usabiaga Guevara. Con su voz de trueno y en cátedra en el ISER, solía criticar toda la ramplonería anterior diciendo que había tantas reliquias del señor Jesucristo, por ejemplo, que si acaso las juntasen, se podrían coleccionar no menos de 35 fémures o 22 coronas de espinas, todas ellas naturalmente, "originales".

¿Por qué entonces la Iglesia Católica se está quedando sin fieles? Pues por lo antes escrito. Juan Pablo II tal vez no ocultó, pero sí tuvo mucho que ver con el ogro y depredador al cual cubrió con su manto, Marcial Maciel y sus Legionarios de Cristo -con ironía, don Antonio decía que eran los "Millonarios" por lo abultado de sus carteras de las cuales hacían gala siempre-. Bueno y Santo, Juan Pablo II tampoco fue.

Pero en fin e insisto, que cada quien hurgue en su conciencia y escoja de qué lado pelear. Que cada quien en su casa y en soledad, hurgue en su interior y elija la manera de pelear. Algunos lo harán marchando, en silencio y con veladoras encendidas y vestidos de blanco. Otros lo harán hincados y rezando a un nuevo Santo, Juan Pablo II.

Letras minúsculas
¿Quién lo dijo? La religión es el opio de las sociedades. Más de 100 años después, sigue vigente dicho aforismo.

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