La ley por sí no basta

Opinión
/ 5 octubre 2011

Hay algunas nociones erróneas que socavan la convivencia en nuestras sociedades.

Una de éstas es la de que la legislación puede per sé solucionar un problema. Pero por supuesto que no basta con promulgar una ley para erradicar una conducta reprobable.

 "Se castigará con cárcel de 10 a 15 años a quien se hurgue la nariz y pena de 20 a 25 años -sin derecho a libertad condicional- al que deje adherido el producto de dicha auscultación en la propiedad o persona de terceros".

Sería una hermosa ley, un sueño legislativo vuelto realidad. Pero no creo que por bien redactada que estuviera, o por muy graves consecuencias que anticipara para el infractor, pudiera dicha ley refrenar un impulso tan ancestral como el mismo ser humano. Sólo sucedería que la gente redoblaría sus esfuerzos de clandestinidad.

La ley por sí sola no puede erradicar un hábito tan bien asentado en nuestro cerebro de primates. Lo dicho: no basta legislar para acabar con una conducta perniciosa.

Ahora que, también hay quienes se llegan a pensar que legislar en un sentido opuesto (despenalizar) es igual a fomentar el comportamiento aberrante, al grado de llevar a una sociedad a los lindes que cruzaron en Sodoma y Gomorra (y nadie quiere que su propiedad sea destruida por Dios porque ello deprecia su valor en el mercado de bienes raíces).

Desde que se discutía la despenalización del adulterio, las mentes más obtusas se temían que ello significaba dar manga ancha al despapaye y al degenere. Que ello daría al traste con la fidelidad y por ende con la familia.

Calma, dije entonces. Nada de eso. La gente se seguirá amando de la misma forma, tan constante o tan veleidosamente como siempre. Sólo se ha entendido que perseguir penalmente a quienes sostienen una relación clandestina no es práctico para nadie.

Además, uno desea que la persona amada permanezca a nuestro lado por convicción, no por miedo a caer en el bote.

Si fuera tan fácil como emitir leyes, pues de plano habría que promulgar una contra la pendejez, en todas sus modalidades: pensamiento, palabra, obra y omisión. Pero sabemos que no opera así de sencillo (¡qué bueno fuera!).

Y reiterando, tampoco obra a la inversa. Quitarle la categoría de delito a algo no lo vuelve más deseable, delicioso o apetecible de lo que ya es.

En algún momento de la historia se proscribieron las drogas (algunas) y la humanidad ha venido drogándose que es un contento, no obstante las penas impuestas a quien cultive, transporte, venda, compre, porte, distribuya o se meta alguna sustancia del catálogo maldito.

Quizá algún timorato sí haya declinado fumarse algún porro por miedo a las consecuencias judiciales, pero serían los menos. La prohibición no disuade significativamente el consumo en la sociedad.

Ahora las drogas están parcialmente despenalizadas. Se puede portar una dosis personal. ¿Qué le hizo esto a la población que no se droga ya sea por principios o porque no es propensa a las adicciones?

Nada, esta despenalización parcial difícilmente generó más adictos. Tan sólo es una disposición mediante la cual se deja de perseguir como criminales a quienes gustan de fumarse, inyectarse o empacarse lo mismo que ha hecho felices a tantos personajes ejemplares de la Historia.

Para mí es muy claro que la modificación de las leyes no modifica nuestra conducta.

Es tan simple como que la privación de la vida está penada, implícita o textualmente, en cualquier ley, desde el decálogo divino que le entregó Dios a Moisés. Mas no por ello el asesinato ha dejado de ocurrir en ninguna sociedad de la que yo tenga conocimiento.

Nadie dice que porque ocurre sea bueno o aceptable. Sólo decimos que la legislación hace una parte de la tarea, no toda. La legislación cumple con advertirnos sobre las conductas inapropiadas y con castigarlas en el mejor de los casos. Pero no disuade al indómito espíritu humano.

Ya cuando alguien le enfadó las gónadas al prójimo lo suficiente como para considerar despacharlo al otro mundo, de poco servirá la Constitución, el Manual de Urbanidad de Carreño, o el Código de Hammurabi para que reconsidere.

Las leyes ya hicieron su parte y tendrán luego otra misión que cumplir, pero en tanto, habrá que esperar a que obre la naturaleza humana.en su peor aspecto, el más animal, primitivo y censurable, nos guste o no.

Aunque en teoría, una de las funciones de la ley es ser disuasiva, desalentar el delito, pero ello no deja de ser una visión idealista, casi utópica.

En algún punto de este texto iba a conectar todas estas ideas con el aborto, pero el espacio se acabó y habrá que hacerlo en la siguiente entrega. Le suplico me acompañe y hago votos para que nada más apremiante se nos atraviese en el camino.

petatiux@hotmail.com

Columna: Nación Petatiux

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