Termómetro Corruptor/ De los "Financieros"

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Opinión
/ 26 noviembre 2011

La psicosis va de la mano con la ineficacia pública. Lo percibimos así desde abril pasado cuando el llamado "virus porcino" -así lo conocimos de primera mano-, convirtió a México en la versión moderna del Valle de los Leprosos, estigmatizándonos por doquier. También ahora cuando hasta para entrar al gimnasio, ansiosos de salud, es necesario someterse al escrutinio inicial de un termómetro que apunta sobre la cabeza, como si de un arma se tratara, para posibilitar el acceso si la temperatura corporal lo permite. Cada día son más las barreras y mucho menos los refugios.

¡Cuán bien nos haría contar, ahora mismo, con un aparato similar para medir los grados y niveles de corrupción sin interpretaciones sesgadas ni partidistas! Bien sabemos que, al respecto, se manejan tres versiones según sean los contertulios:

1.- Entre panistas, claro, convertidos en los nuevos defensores del presidencialismo y la institucionalidad hasta en lo referente a la carrera sucesoria ya iniciada con tres años de antelación al desenlace, sólo se señala hacia el pasado para insistir en que, en todo caso, fueron bastante peores aquellos escenarios. Esto es como si se justificaran los "pequeños" excesos al comparárselos con los infernales y perversos mecanismos del priísmo hegemónico. ¿Cuántos periodistas fueron acribillados entonces? Pero nadie pregunta en tal entorno cuántos lo han sido desde el 2000. Dicotomía pura.

2.- Si se trata de priístas el discurso cambia. Nunca antes -dicen- se había dado un nepotismo cómplice -olvidándose de Coahuila, claro- como el que la derecha justifica en aras de sus acentos gregarios, esto es como si las dependencias públicas fuera una extensión de las privadas con las herencias incluidas. En la misma línea, en ejercicio de los corporativos afines, se multiplican los enlaces subterráneos que, obviamente, limitan al poder político. Y todo ello, insisten en este círculo cerrado, se debe en buena medida a la incapacidad de los usufructuarios del poder presidencial por enfrentar sus deberes y encauzar sus funciones específicas. Como no saben gobernar los panistas hacen lo que pueden: dinero, relaciones y, por consiguiente, compromisos.

3.- La tercera fuente de opinión, la de los perredistas dolidos -todos lo están aunque hayan anclado en horizontes diferentes, unos radicalizándose y otros aceptando los hechos consumados aunque sin deslindarse de sus desplantes-, resume el panorama aduciendo que "todos son iguales", entre panistas y priístas se entiende, y que, por ende, la corrupción es dramática y se extiende sin pudor a cada uno de los rincones de la vida pública. Nada ha cambiado, salvo el color partidista, sobre una nación que sigue siendo saqueada de manera inmisericorde. El "todo México", esto es cuantos piensan igual a quienes conforman la causa de la izquierda -con el PRD, el PT y Convergencia, claro-, no puede resignarse ni claudicar ante el atropello contumaz.

En un entorno en el que los usos facciosos se imponen al sentido común, cada quien puede asumir una de las líneas anteriores y defenderla hasta más allá de lo razonable, esto es por el linde entre el capricho y la mentira a golpes de medias verdades. En este sentido, la objetividad suele brillar por su ausencia y es uno de los elementos más incómodos entre cuantos se precian de contar con información suficiente para erigirse en jueces supremos sin la menor posibilidad de éxito para réplica alguna. Ustedes, amables lectores, ¿están libres de este pecado? Este columnista, lo confieso, no. Y por ello pretendo un desahogo.

Otra cosa, desde luego, es el análisis. Y tal nos obliga a observar el presente sin las patologías sectarias que suelen modificar la perspectiva interpretando los males como "necesarios" y oteando hacia el pasado para subrayar que, en todo caso, estamos mejor. Buen abrigo, sin duda, para los predadores contemporáneos, expertos en reacomodos y asimilaciones -el México corporativo pervive gracias a ellos-, y cuantos se proclaman aliados de la continuidad santiguándose cada que se avizora el cambio inminente de estafeta.

Acaso porque, desde pequeño, observé que cuantos se proponen santurrones suelen ocultar sus mayores pecados bajo la candidez de los rostros de monaguillos regañados es que desconfío tanto de éstos. Nunca he confiado en quienes se escudan en los iconos religiosos y en las tradiciones cristianas -por ejemplo, aquellos políticos rimbombantes que los domingos pasan las charolas de las limosnas para ser vistos por la feligresía-, para llevar adelante su personal proselitismo. Tampoco creo en quienes, para escalar la cima, denuncian males y corruptelas que luego asimilan, desdeñan y ocultan al ganar la posición. Éstos sí que son los peores.

Sobran los golpes de pecho, como las buenas intenciones, cuando no hay acciones que los justifiquen. Son tan alevosos como las confesiones de parte que exoneran de las pruebas.  


Polémica

Me temo que lo peor está por venir. ¿Cómo se cobrarán los empresarios por la incontinencia verbal del mandatario federal? No se olvide que, ahora mismo, el mexicano más "poderoso" e influyente, de acuerdo a los registros del conocido semanario Forbes, es Carlos Slim Helú, el tercero en el listado de los mayores multimillonarios del planeta, en una relación en la que no aparece el nombre de Calderón ni siquiera en la parte final. Comienza con Barack Obama y sitúa a Slim en el sexto sitio.

Por otra parte, ¿cuál será la reacción del régimen federal, y de quien lo encabeza, frente a los señalamientos, cada vez con tonos más exaltados, de cuantos se sintieron afectados por el ejercicio sectario del presupuesto? Lo más deplorable es que, como algunos esperan, llovieran expedientes prefabricados o armados al calor de los forcejeos verbales, con el único fin de extremar la ruta de los chantajes mutuos en plena descomposición política. Abundaremos, claro.

Lamentablemente cada que se traiciona a la democracia por el sectarismo toda coherencia, ideológica y moral, se pierde.


Por las Alcobas

Alfonso Martínez Domínguez, quien fuera presidente nacional del PRI y gobernador de Nuevo León amén de una prolongada y exitosa carrera parlamentaria, solía expresar a sus pares:

-En esto de la política hay que ser honrados. Muy honrados.

Y agregaba, seguro de su sentencia:

-Pero no tan, tan honrados que no se tenga peculio para costear una plana en los periódicos cada que nos acusen por ladrones...

Los viejos lobos de la política mexicana sabían muy bien lo que decían. En la actualidad, claro, no basta con una plana... es necesario contar con patrimonio suficiente para financiar una larga campaña publicitaria. Tal es, sin duda, el verdadero peligro... para la opinión pública.

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