Hay de perros a remedos de perro

Opinión
/ 17 febrero 2012

`Dolor y Añoranza, Noches Infinitas en Espera de Luz'

Radical. Extrema. Inflexible. Sin dejar espacio a la duda. Su Adelita, querido lector, se olvidará de los busca-huesos para abocarse en cuerpo y alma a los auténticos sabuesos. En este periodo de guardar silencio `intercampañeante' y a falta de candidatos que espulgar, he decido formar un movimiento a favor de los derechos caninos y en contra del uso y abuso de su buen nombre.

Sí señores. Su Adelita inaugura la cruzada nacional: el perro es perro, los hombres no.

¿Por qué? Pues porque me cansé e intoleré de que se manche el buen nombre de la especie canina, en aras de describir a lo peor de otra: el hombre `canibilis ojais est'.

Sí queridos fabuleros y fabuleras, y con todo respeto para aquellos que probablemente renegarán de los postulados que enarbolaré, ¡ya estuvo suave!

En el movimiento ciudadano `yo amo a mi perro, el mejor contraejemplo del hombre' no permitiremos ni un injurio más: "No salgas con Juan porque es un perro"; dos días de arresto domiciliario por el uso erróneo del adjetivo.

"Todos son unos viles perros"; 30 días de salario mínimo y trabajo de levanta "pastelillos" caninos en el Parque México por la ofensiva aseveración.

Lo escribo aquí sin ambigüedades: NINGUN HOMBRE ES PERRO. Ya quisieran. Si lo fueran serían el mejor hijo, el mejor marido, el mejor padre, el mejor novio, el mejor amigo, el mejor amante. y no, no nos engañemos, no lo son.

El perro no miente:

Efectivamente, el can no miente con ninguno de sus afilados dientes. A lo más destantea. Juega al engaño pero nunca esconde sus intenciones. Mambo, mi primer perro en forma, solía entrar a pies juntillas a mi habitación. Alzaba las patitas y flotaba literalmente sin emitir un solo ruido por la recámara al acecho. Esperaba el menor movimiento o rastro de que yo había despertado, para entonces, con toda su brutalidad "rotweilleriana" y su peso, dejarse caer en mi cama y lamerme el rostro en señal de buenos días. Estaba ahí esperando dar el brinco, pero por el brinco no salía con el típico se me torció la pata, me duele un diente o cualquier engandrijo alucinante para conseguir el objetivo.

El perro no suelta la piedra y esconde la mano:

Jamás he visto a mi perro renegar de sus errores y mucho menos hacerlo sosteniendo la mirada. Un hombre niega que estuvo con Mengana, que amaneció con Peresengana, que se jugó la quincena en una partida de poker. Se rehúsa a confesar que mintió aunque la mentira sea del tamaño de una casa y, a pesar de que uno esté dispuesto a disculparle el hierro. Ellos, machos, se sostienen en su falso. De hecho en el camino de su Adelita cruzó un hombre cuyas palabras conserva aún como un mantra: "No te puedo decir qué inventé para estar aquí contigo -en el cine, no se azoten- porque sabrás que sé mentir. No quiero que conozcas con que facilidad engaño". En contraste querido lector, los perros, una vez apañados, bajan la cabeza, encojen el cuerpo, esconden la cola y en el caso de mi Canuta se auto-castigan. Hace tan sólo dos días, no terminaba yo de insultar que "quién se había orinado en mi piso de mármol" cuando la inocente perrita corrió hasta su quenel, enredó la cola y soltó un berrido. Su Adelita deseó consolarla, pero aún así eché cerrojo a su celda y la exoneré en media hora.

Imagina usted a un hombre explicando: "¡ayy cariño! te puse el cuerno, pero tantito; tú eres como el caviar y se me antojó un taquito de nana, pellejo y anexas". Nunca.

El perro no tiene segundas intenciones:

Un can se te acerca, te huele y si quiere se mantiene a tu lado esperando la caricia o el apapacho. Si de paso lo atraes con un hueso, en ningún momento insinúa que no va tras del hueso. Se te acerca toma el hueso y corre. No miente para que le sueltes la costillita, la caderita o la piernita. Pero ¿el hombre? Cuánta barbaridad sale de su boca, cuánto obsequio de su cartera y cuánta sonrisa ocultando la mirada lasciva cuando va detrás del sexo. Ellos mienten para acostarse y también para retirarse. El perro no oculta sus deseos: si le gusta la perra la monta, no promete amor. ¡Qué va! Hace lo propio y sin explicar se retira.

El perro es fiel:

Este postulado no merece explicación. El perro es capaz de morir al pie de la tumba del amo. No exige divorcios, no se enfrasca en segundos y terceros frentes. No necesita de dos amos: con uno le basta y sobra. En cambio, el hombre se autodenomina leal en defensa propia: sabe a quien quiere, pero es posible que la pueda engañar. Amar y sexar no es igual. El Hombre más fiel es Sabinista: "de todas sabes que eres la primera, pero te engañaría con cualquiera". Mi recomendación Adelina es que si tu instinto dice que te engañan, te engañan. No busques verdades con el que será juzgado.

El perro no espera nada a cambio. Toma lo que das y para amar no exige ni que engordes, ni que enflaques; ni que te peines o despeines; ni que hables o no hables.

El perro no traiciona, ni se traiciona a sí mismo. Dicho de otro modo: "Si lo amas déjalo ir, si es tuyo volverá, si no. es que se perdió en el parque".

El perro roba. pero jamás la estima. Algún defecto tenían que tener. Su Adelita no conoce rateros más grandes que su perrada. Un descuido y adiós manzana. Son tragones, puercos, pero no trompudos. En cambio el hombre cuando te deja suele llevarse de paso tu amor propio. Si la mujer suplica, ahí queda la auto-estima y posibilidad de ser verdaderamente amada.

En estricto apego a la verdad, el único paralelismo perro-hombre se refiere a la `cacazón' (ajá, aunque suene mal). Una vez que la riegan, perro u hombre, ninguno se queda a resolver el batidero.


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