Los primeros instantes
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Qué difícil es desprender tu mente y tu corazón de casa, ver difuminarse la imagen de tu madre para comenzar con el pasillo más solitario que puede haber, un aeropuerto en cuyas salas está la espera de los sueños más encarnados del espíritu viajero de la juventud.
Diez horas de vuelo en una silla de 1 por 1, con un compañero de viaje que ni se inmuta de tu presencia, valen la pena para las maravillas que existen más allá de las paredes de tu hogar, más allá de tu bandera y de tus tradiciones, simplemente más allá del otro lado del charco.
A primera vista España deja asombrado a cualquiera que pone un pie en su tierra, pero para un ojo perspicaz es inevitable darse cuenta de la máscara con la que se disfrazan al saberse de una situación de crisis, de diferencias culturales irrefutables, de reinos que no quieren unirse en un solo estandarte.
Llegar a Villaviciosa fue fácil, de 30 a 40 minutos entre el metro y el bus, un sistema de transporte colectivo con una exactitud como de reloj suizo, escuchando el particular acento de los lugareños, y ver la tranquilidad de su estirpe que nos lleva a un pequeño pueblo de gente mayor.
Fue algo extraño llegar a casa, una nueva cama que no se adapta a tu columna vertebral, inquilinos de sangre diferente (un húngaro nacido en Perú con raíces argentinas, una brasileña reventada y una chilena madura).
Pero la diosa fortuna jugó un papel importante, los mexas, los aztecas, los nuestros, viven enfrente de donde estamos aterrizados. El acento capitalino siempre presente, un poco de Veracruz y los fieles hermanos saltillenses. Sufrir no será una opción.
Caminar por las calles de Villa simboliza la relación con otras culturas. Una tienda china, los turcos y sus kebabs, extranjeros de todo tipo que dejan ver la diversidad cultural con la que uno se topa en el viejo continente.
Hay que hablar del dinero, sale más barato beber que comer, es una maravilla tener a la mano cualquier alimento en un solo digito, pero al hacer la balanza con la equivalencia mexicana, hace llorar al bolsillo, aunque hay un viejo adagio que ayuda: "el que convierte no se divierte".
Hay pocas cosas que unen a este país, pero sólo una es la que se puede ver en bares y restaurantes, en cada esquina; el futbol une al mundo, Barca y Real Madrid enfrascados en una contienda que es analizada en cada charla de camión. Hay deporte y eso alivia.
Se acerca el primer día de clases, es horrible pensar en levantarse temprano cuando son las 4 de la mañana y tú miras al techo por no dormir, pensando que en México son las 9 de la noche. Pero hay que acostumbrar al cuerpo, adaptarlo a la nueva vida, al frío europeo, a la nueva aventura.