Wilber en la niebla
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Neblina sobre la ciudad. Poco a poco la ha envuelto. Las plantas se sumergen en su humedad con alas. El mundo se abre en huellas breves frente a los ojos, pequeños campos de claridad; el resto queda sumergido en el misterio de la bruma. Cada que se avanza, se devela otro poco y el territorio anterior desaparece, sin embargo todo existe: lo mirado y lo oculto. Y más allá incluso.
La presencia de la niebla me devuelve a un matrimonio con el mundo por encima de la visión, relacionada con lo invisible y lo intocado, como esas luces fuera de nuestro rango de percepción galáctico o esos escuadrones de células que luchan en nuestro cuerpo para salvarnos de la enfermedad. La belleza del húmedo manto de partículas que flota, me recuerda el concepto de conciencia de unidad que refiere Ken Wilber.
Así, acudo a la lectura de Wilber, una de las voces con más vastos estudios la conciencia, quien ha logrado encontrar puntos de unión entre oriente y occidente. En uno de sus libros, "La conciencia sin fronteras", cita las palabras del físico Britjof Capra: "Las dos teorías básicas de la física moderna muestran, pues, todos los rasgos principales de la visión oriental del mundo. La teoría de los cuantos ha abolido la noción de objetos fundamentalmente separados, ha introducido el concepto de participante para reemplazar al de observador y ha llegado a ver el universo como un entramado de relaciones recíprocas cuyas partes sólo se definen mediante sus conexiones con la totalidad".
Y añade su propia reflexión: "En esencia, la gran similitud reside en que tanto la ciencia moderna como la filosofía oriental no ven la realidad como algo hecho de fronteras y de cosas separadas, sino como una trama no dual de universos imposibles de separar, un átomo gigantesco, un entretejido sin costuras ni demarcaciones".
Para oriente, señala Ken Wilber, no hubo más camino que el Tao, el Dharma, que señalaba una unidad por debajo de las líneas divisoras de los mapas dibujados por el hombre. Es por eso que oriente se anticipó milenariamente a lo que los físicos occidentales descubrieron hasta 1925.
Heisenberg, de la generación de Einstein, le dio "el tiro de gracia" a la física clásica cuando estableció lo que llamó la disolución del marco rígido. Habló de los electrones y dijo que éstos resistían todas las formas de localización objetiva, es decir, no sólo desobedecían las leyes establecidas, sino que ni siquiera existían como entidades separadas.
En esos momentos cambió el viejo esquema del átomo como un diminuto sistema solar en miniatura por el de una nebulosa. Los bloques de construcción de la realidad occidental no podían ser localizados. El hecho de que estas partículas no fueran susceptibles de medición exacta, fue lo que Heisenberg llamó el principio de incertidumbre .
Para Wilber, estas ideas del campo universal sin costuras, interdependiente, es similar a la doctrina budista del Dharmadhatu, que significa campo de realidad o ámbito universal. El principio más importante de esta doctrina se llama Shih shih wu ai. Lo que quiere decir es algo así como. "Entre todas las cosas y sucesos del universo no hay separación".
Y es que para Wilber: " Uno nunca ve realmente una sola entidad, sino un campo de textura rica y compleja". ¿Hay alguien que sólo vea una ola y no vea el mar y la totalidad del paisaje?
En realidad, como dice Wilber, "no vemos demarcaciones o fronteras, las fabricamos". Y ese no es un problema, el problema empieza una vez que tomamos estas invenciones como la realidad, porque entonces el mundo real se convierte en algo "fragmentado y descoyuntado". Por eso la visión budista del universo como un collar de joyas que brillan reflejando en sí mismas al resto, sin omisión ni falla, es mi preferida.
Sigo así con mayor asombro la danza de las partículas de niebla.
claudiadesierto@gmail.com