Hablar de Dios 2/3
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En ocasiones y al levantarme en la mañana, no creo en Dios. Mejor dicho, creo poco. Lo veo de reojo. Pero luego y cuando avanza el día, mi fe se nutre y siento su presencia y sí, termina el día y mi fe se rejuvenece en él. No siempre. Pero bueno, así es mi mundo y fe de contradictoria. Tengo años leyendo la Biblia en la noche. La anoto, la subrayo. Ayer acentué lo siguiente: "Sobre los malos hará llover calamidades; fuego, azufre y viento abrasador será la porción del cáliz de ellos./ Porque Jehová es justo, y ama la justicia." Salmos 11.6-7. Es una promesa. Sólo Dios sabe cuándo la cumplirá. Para eso es Dios, pues.
Era joven. Lo quería leer y ver todo. Vi todo el cine posible. Leí todo lo disponible a la mano y de todos los temas habidos. Recuerdo un libro, "Por qué no soy cristiano", de Bertrand Russell. Sus argumentos ya no los retengo del todo en mi pálido alfabeto, pero el título sigue siendo válido. Leo al filósofo ibérico Juan Arias y este esgrime un buen argumento el cual a la vez, se lo platicó en animada tertulia, Monseñor Oscar Romero: es ya irrelevante poner en una balanza si es mejor creer o no creer en Dios. Lo realmente importante, le dijo Romero al ibérico, si es que existe Dios, éste creyese en nosotros. Lo dudo.
A Monseñor Romero, todo mundo lo sabe, lo acribillaron a tiros en el altar de su capilla por defender a los pobres y jodidos salvadoreños, los cuales buscan su pedazo del reino de Dios aquí en la tierra, no en el inexistente cielo. A Monseñor Romero lo acribillaron por defender a los pobres y enseñarles que éstos tienen derecho a la dignidad, a la libertad y a una vida decorosa. ¿Dónde está Dios en esta historia? Pues en algún lugar, pienso. Aunque no lo veo por ningún lado. Dios tal vez ya no cree en nosotros, los humanos. Por eso no se presenta. Por eso rara vez se manifiesta.
Vestía de lino blanco. Guayabera en su sitio. Pantalón del mismo color. Zapatos negros. Era verano. Cuando llegaba el invierno hostil saltillense, vestía del mismo color y con las mismas prendas. Siempre limpias, siempre en su sitio y bien planchadas. Sólo un compuesto más: un sweater azul ya ajado por el paso del inclemente tiempo. Era don Antonio Usabiaga Guevara. Eran Navidades y mis compañeros del ISER le regalaron varias chamarras, sacos afelpados de marca y prendas abrigadoras, necesarias para el invierno crudo de Saltillo, su ciudad adoptiva a la cual amó. Don Antonio las recibió con agrado.
Esquina-bajan
Cuando días después se le cuestionó por dichas chamarras -don Antonio traía su sweater de siempre-, éste con la risa burlona de sus mejores días, dijo que todas las había regalado a gente que verdaderamente las necesitaba en una comunidad rural, al sur de la ciudad. Alguien le preguntó, "¿Y usted don Antonio?" a lo cual el rector de Fátima atajó: "¿Y yo para qué iba a querer tanta chamarra? Si solo tengo una espalda."
En seres humanos como don Antonio, como Monseñor Romero, Dios claro que cree. Ignoro si crea en el protagonismo de Raúl Vera. Pero no cree en nosotros, tristes y rebeldes mortales que en mi caso, cuestiona todo y no está a gusto con nada. Por lo demás, a estas alturas de mi vida, tampoco creo en la diosa Chicomecoatl o en Tlaloc. Después de la sangrienta conquista española, los ibéricos que trajeron la espada y la cruz, inspiraron los siguientes versos en el "Chilam Balam".
"Llegaron los extranjeros de barbas rubicundas, los hijos del sol. ¡Ay entristezcámonos porque llegaron!... este Dios Verdadero que viene del cielo, sólo de pecado hablará, sólo de pecado será su enseñanza. Inhumanos serán sus soldados, crueles sus mastines bravos. la tristeza entró a nosotros con el cristianismo. ése fue el principio de la miseria nuestra, el tributo y la limosna, el principio de los atropellos, la esclavitud y las deudas."
Letras minúsculas
En este Dios creen los panistas; pero no, yo no creo en este "Dios cristiano."